Columna
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Memorias de Rosalía Sender

Sobra decir, por sabido, que los valencianos -y españoles en general- no somos proclives a dejar por escrito nuestras memorias. Pudor, agrafia, vacuidad biográfica o vaya usted a saber porqué, lo cierto es que apenas contamos con testimonios directos de nuestro pasado reciente o lejano. De ahí que cuando aparece una obra de éste género deberíamos rendirle el merecido tributo, empezando, como mínimo, por dar cuenta de la novedad. Ya sería prodigioso y digno de una sociedad más madura, dedicarle un comentario crítico, siquiera sea por gratificar públicamente la laboriosidad del memorioso o memoriosa, como es el caso que glosamos.

Me refiero aquí y ahora a la obra de Rosalía Sender Begué, Nos quitaron la miel. Memorias de una luchadora antifranquista, editada por Publicacions de la Universitat de Valencia. Quisiera ser desmentido, pero tengo la impresión de que, como tantos libros malditos, ha tenido la desventura de concitar la indiferencia de los medios informativos, que para el caso son únicamente los escritos, con muy pocas excepciones. Ignoro la razón, si hay alguna. Podría ocurrir que el texto no interesase, lo que no exime de argüirlo: o podría acontecer que los nuevos críticos literarios en ejercicio sintiesen alergia aguda ante la mera invocación de una dirigente comunista, de cuando los comunistas eran algo muy distinto a una facción ideológicamente desganada y ambigua. A lo peor, a Rosalía Sender le están pasando factura por los tiempos en los que su partido hegemonizaba las páginas literarias de los periódicos y únicamente daba la venia a los escritores de su cuerda. Incluso tamaña arbitrariedad habría que divulgarla.

Sea lo que fuere, lo bien cierto es que, con o sin críticas y reseñas, las Memorias de Rosalía merecen la pena de ser leídas y son insoslayables para quienes se propongan conocer en sus entretelas del principal -¿o sería único?- partido de la oposición al franquismo en el País Valenciano, al menos desde 1967, cuando la autora se avecina en Valencia junto a su entonces marido y dirigente, Antonio Palomares, el duro, torturado y riguroso comunista, agente comercial de la Fosforera Española, cobertura que le permitió transitar con un viso de legalidad.

La memorialista cuenta con pelos y señales los episodios cruentos que padecieron en los calabozos policiales muchos militantes de su partido -y que se compadecen mal con la pacífica e injusta transición democrática-, al que estuvo entregada plenamente hasta el año 1986, cuando el PCE se desploma y fragmenta. Desde entonces emprende otros rumbos profesionales, sin renunciar a sus arraigadas lealtades a un ideario y un partido que a lo largo de su vida había sido su ideal primero. Primero, incluso, por encima de la familia. Un género de abnegación que hoy nos ha de resultar anacrónico o pintoresco, pero que en su momento fue el principal -¿no sería único?- fermento de la lucha por la democracia en este país, tan ingrato, que no lúcido.

Y una nota discrepante. Cuenta Rosalía que Cal Dir, periódico del PCPV, fue fundado para contrastar opiniones. Ésa debió de ser la intención, pero no la realidad, que respondió al dogmatismo propio del partido. Que no practicasen la libertad de expresión, ni tuviesen zorra idea de ella, no les desmerece la lucha por la democracia, que la autora relata con realismo y sinceridad.

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