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Entrevista:SYLVIA EARLE | Exploradora submarina

"Sólo conocemos el 5% de los océanos"

Seis mil horas de buceo son muchas horas en la vida de alguien. A Sylvia Earle no le bastan. Se enamoró del mar a los tres años cuando una ola la tiró en una playa de Nueva Jersey y ahora, con 69, dice que sólo le falla la salud cuando transcurre mucho tiempo sin sumergirse. Ella es enjuta, y su currículo apretado: ha dirigido 60 expediciones, vivido nueve veces bajo el mar, regentado la agencia atmosférica y marina de Estados Unidos (DOER, siglas en inglés) y escrito más de 100 artículos y libros.

"Sólo se conoce el 5% de los océanos. Únicamente una vez, en 1960, ha bajado el hombre al fondo del mar, a 11 kilómetros de profundidad. Y sin embargo todos suben kilómetros en el aire a diario cuando toman un avión. Yo misma, para venir aquí", dice con tono didáctico la Señora de las Profundidades. Así se la conoce en el mundo de los aventureros porque posee el récord de profundidad (1.000 metros) de buceo en solitario.

"La pesca de arrastre de fondo es como cazar ardillas con 'bulldozer' en pleno bosque"

De sus muchas caras (oceanógrafa, investigadora, exploradora, escritora, pionera) hoy muestra la de conservacionista: ha venido como representante de la Coalición para la Conservación de los Fondos Marinos (DSCC), integrada por 40 ONG internacionales. Quiere convencer a los políticos españoles para que apoyen en junio ante la Asamblea de las Naciones Unidas una moratoria sobre la pesca de arrastre de fondo en alta mar. "Es extremadamente dañina. Como si en un bosque se utilizase un bulldozer para cazar unas cuántas ardillas", dice. "He visto el antes y el después con mis propios ojos, a 800 metros de profundidad en un pequeño sumergible".

España se cuenta entre los 11 países que usan esta manera de pescar, que para obtener unas pocas especies "destruye corales de 10 metros de altura y 1.000 años de antigüedad y peces abisales". Meros ejemplos de la ingente biodiversidad (hasta 10 millones de especies, estima la coalición) que esconden las cordilleras submarinas. Ocurre que más de la mitad de los océanos, en aguas internacionales, son "como el lejano oeste", alerta Sylvia.

Aquel flechazo infantil hizo que a los 17 años se apropiara de una escafandra de cobre, como las de los buscadores de esponjas, para explorar un río de Florida. Por entonces, dice, se creía que el mar lo tragaba todo, que tenía posibilidades infinitas de recuperación. "Pero en los últimos 50 años hemos aprendido más sobre los océanos que en toda la historia. Y ahora sabemos que tenemos el poder de dañarlos y que eso nos afecta a todos, porque gobiernan la forma de trabajar del planeta, la temperatura, el oxígeno..."

Se las arregló para entrar en una universidad que no podía pagar y enrolarse después en expediciones científicas cuando sus hijos eran bebés. Tras asombrar a sus colegas con una tesis doctoral sobre las plantas marinas del Golfo de México, bajó en sumergible a más de 30 metros de profundidad... en el cuarto mes de gestación. Corría el año 1968. En 1970 consiguió dirigir el primer equipo de mujeres que vivió bajo el mar. "Era una época en la que a los buzos se les llamaba acuanautas, y a nosotras acuanenas o acuamuñecas", cuenta con ironía, "y es famoso lo que dijo el director del programa: 'Bueno, si la mitad de los peces son hembras, podemos incluir unas cuantas mujeres, ¿no?". Las cinco nenas del proyecto Tektite pasaron dos semanas a 18 metros de profundidad en las islas Vírgenes y buceaban hasta 12 horas al día. Se convirtieron en residentes, en una especie más entre esas otras, hoy amenazadas: "En sólo 50 años, hemos perdido el 90% de los grandes peces. Porque nuestra capacidad para encontrarlos y pescarlos ha sido mayor que en toda la historia. La amenaza se cierne sobre atunes, bacalaos, pargos, tiburones. La industria pesquera puede colapsarse".

En unas horas se sumergirá en Suráfrica como exploradora de National Geographic, y en un par de meses viajará a Galápagos con sus tres hijos y sus cuatro nietos. Todos (incluso el pequeño, de seis años) bucearán. "Mi madre lo hizo a los 81 años y cuando volvió me reprendió. Me dijo que por qué no le había llevado antes. Cada buzo se enamora al ver todo lo que hay allá abajo. Se convierte en un embajador de los océanos".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 22 de mayo de 2005