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SAQUE DE ESQUINA | FÚTBOL | 35ª jornada de Liga
Columna
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Cita en Estambul

Benítez ha vuelto a Europa por la puerta principal: se jugará la copa de las copas con Carlo Ancelotti.

Sus méritos lo acreditan; en nueve meses de vértigo ha montado un equipo cuyo juego progresa con el sonido envolvente de una hormigonera. Es la música de los engranajes, el golpeteo que sólo puede oírse en las canteras y las factorías; como un acompañamiento natural distingue a toda industria donde las ruedas compiten con los martillos. Dicen los críticos que practica un fútbol de supervivencia. Tienen razón, porque no se inspira en la sensibilidad, sino en la necesidad. Es, en síntesis, una dura prueba de persecución en la que los futbolistas se relevan como los perros de la jauría. El primero gruñe, el segundo ladra y el tercero muerde.

A sus órdenes, el viejo Liverpool no es, pues, una suma de talentos; es un concurso de esfuerzos. Con el doble compromiso de la rapidez y la contundencia, sus jugadores se atienen a la división del trabajo y a otras reglas de la productividad. No se comportan como esas geométricas formaciones de gimnastas en las que cada cual compone su propia figura para organizar un arabesco. Su código sólo exige que todos pasen por el lugar convenido a la hora exacta y, aún más, que alarguen la zancada, hinchen el cuello y mantengan el pulso mientras se entregan al oficio de acorralar.

Con ese fin Rafa les transmite normas sencillas, instrucciones que no exigen interpretación alguna y que son una mera exaltación de la evidencia. Bajo el axioma de que uno juega tal como se entrena, les indica que en la duda hay que simplificar, que la proximidad entre líneas cierra los poros del equipo y que la velocidad es el segundo nombre de la eficacia.

En un principio, vivir para ver, Rafa era uno de aquellos nuevos estrategas que discutían si el secreto del resplandeciente Milan de Van Basten se llamaba Arrigo Sacchi o Franco Baresi. ¿Quién marcaba los tiempos de su defensa basculante? ¿Serían una creación de aquel entrenador tan fino o una improvisación de aquel central tan tosco?

Su rechoncha figura de fray zampabollos no le ayudaría gran cosa en un mundo que veneraba la fotogenia. Los engolados directivos de la época se resistían a pensar que aquella cabeza tonsurada, con sus carrillos de padre hortelano, pudiera tener alguna idea original. Pronto se convirtió en el entrenador ideal para una crisis: aprendió a vivir al día, a administrar las reservas de músculo y a mirar bajo la alfombra del vestuario.

Años después, campeón pero amargado, se fue del Valencia. Luego reapareció en Liverpool y hoy es tan feliz como el pirata de la canción: Asia a un lado, al otro Europa, y allá, a su frente, Estambul.

Lo celebramos, Rafa. Por aquí, todos ful.

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