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CIENCIA FICCIÓN

Donde se cuenta la relación de Don Quijote con las máquinas

"MIRE VUESTRA MERCED que aquellos que allí se parecen no son gigantes, sino molinos de viento, y lo que en ellos parecen brazos son las aspas, que, volteadas del viento, hacen andar la piedra del molino". La aventura más conocida del valeroso Don Quijote, al confundir molinos con gigantes (parte I, capítulo VIII), nos sirve de inicio para comentar algunos aspectos tecnológicos presentes en la obra.

A finales del siglo XVI, en pleno reinado de Felipe II, la industria (si puede llamársele así) española se centra en campos como el naval, el armamentístico, la manipulación textil, sobre todo de la lana, y la molienda. Barcos y armas para el exterior, molinos y batanes para el interior, como indica el ingeniero César Castaño. Los molinos de viento existían en muchos lugares de España y el resto de Europa, donde se empleaban desde el siglo X; pero eran una novedad en los campos manchegos, donde las noticias documentadas de su presencia datan de 1575 (Campo de Criptana, Ciudad Real).

Situado en lomas y cerros, generalmente en grupos (Don Quijote ve "treinta o pocos más desaforados gigantes"), el molino manchego típico es una construcción cilíndrica con cubierta cónica en cuya parte superior se abre una tronera por donde asoma un eje de madera al que van sujetas cuatro aspas. Éstas soportan unas lonas de cinco a seis metros de longitud. El efecto de la rotación provocado por el viento permitía mover una maquinaria interna sencilla pero eficiente para la molienda del grano. Su correcto funcionamiento requería una velocidad del viento de cuatro a siete metros por segundo.

Las aspas daban 12 vueltas por minuto. La potencia desarrollada era de unos 12 caballos de vapor (nueve kilovatios). En comparación, un aerogenerador moderno típico de tres palas que barren una circunferencia de 76 metros de diámetro, montadas en un mástil de 60 metros de altura, tiene una potencia de 400 kilovatios para la misma velocidad del viento y, en condiciones óptimas, de 2.000 kilovatios para vientos de 18 metros por segundo (www.windpower.org).

El encontronazo de nuestro hidalgo con el gigante-molino debió ser mayúsculo. Si se supone un choque elástico entre el aspa cuyo extremo gira a una velocidad lineal de siete metros por segundo y un Rocinante-Quijote a galope tendido a 17 metrso por segundo, caballo e hidalgo (asumida una masa tres veces inferior a la del aspa) saldrían lanzados hacia atrás a 19 metros por segundo (68 kilómetros por hora). A algo menos si se tiene en cuenta el lamentable estado de hombre y animal tras el topetazo: parte de la energía cinética involucrada en la colisión se emplea en la deformación elástica de los cuerpos (rotura de huesos, ligamentos, etcétera).

En Barcelona, Quijote y Sancho descubren la imprenta. En esta ciudad se venían imprimiendo libros desde hacía más de cien años (la primera obra está fechada en 1475). "Sucedió, pues, que, yendo por una calle, alzó los ojos don Quijote, y vio escrito sobre una puerta, con letras muy grandes: Aquí se imprimen libros; de lo que se contentó mucho, porque hasta entonces no había visto emprenta alguna, y deseaba saber cómo fuese". (II, XLII). Cervantes da aquí cuenta de su interés por esta tecnología que tanto había de contribuir, a la postre, a la difusión de su propia obra.

En otro famoso lance, el del imaginario vuelo de Clavileño, se han querido ver antecedentes aeronáuticos. Pero no pasa de ser una jocosa aventura que parodia un tema habitual en las novelas caballerescas y que parece tener su origen en un relato de Las mil y una noches.

El supuesto viaje se realiza a bordo de un caballo volador de madera: "Clavileño el Alígero, cuyo nombre conviene con el ser de leño, y con la clavija que trae en la frente, y con la ligereza con que camina. Con la clavija, que volviéndola a una parte o a otra el caballero que va encima, le hace caminar como quiere, o ya por los aires, o ya rastreando y casi barriendo la tierra..."(II, XLI). Faltaban aún 350 años para que Clavileño se convirtiese en el helicóptero.

Apunte final: Pedro Santana, de la Universidad de La Rioja, nos ha hecho ver que en la obra quijotesca hay una referencia astronómica que pasamos por alto. Sancho, el "rústico iletrado", da muestra de su conocimiento práctico de los cielos al explicar cómo saber la hora nocturna: "A lo que a mí me muestra la ciencia que aprendí cuando era pastor, no debe de haber desde aquí al alba tres horas, porque la boca de la bocina está encima de la cabeza, y hace la media noche en la línea del brazo izquierdo". (I, XX) Se refiere al uso de la constelación de la Osa Menor como reloj. Existía, incluso, un instrumento medieval: el nocturlabio, que facilitaba este cómputo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 5 de mayo de 2005