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Crónica:LA CRÓNICA

Dinámica de grupo

El que iba a contarlo era este Ramón Córdoba, entonces un joven con poco más de 20 años y ahora, más de 40 después, delicado enmarcador, que es el oficio de sostener la pintura sin que se note. Córdoba venía de Suiza, donde había estudiado vagamente arquitectura. Se fue hasta allí por un asunto de ciclostil, cuyos detalles ha borrado de su memoria y ha regalado a otros, más necesitados. Era el hijo de un médico y una de las mejores sonrisas de la ciudad. En un pequeño taller de la calle de Margenat empezaba con los cuadros y sus marcos, simplemente porque es así y porque la vida ocurre. Alguien le llevó a Ca l'Estevet, por vez primera. Un pintor, probablemente, o un fotógrafo de los que iba tratando. Habrá vuelto unas 3.000 veces. Si hiciera números dice que le saldrían 3.000 veces.

Historias del restaurante Ca l'Estevet. A un pintor que lo frecuentaba le llamaban Tintoretto... porque llevaba el pelo teñido

La cuestión es que se ha abierto la noche de Ca l'Estevet, y están Català-Roca, Jordi Alumà, Jaime Buesa, Oriol Maspons, Joan Miró, Paco Noy, Guino-Guino-Guinovart y otros, diseminados en muchos años y en muchas mesas. Está Manolo, el camarero. Antes de serlo también estaba cada noche en el restaurante. Se sentaba a una mesa y por allí pasaban las mujeres. Una le pedía tres, otra cinco y alguna 10. Manolo vendía condones y los llevaba en una maleta. Hasta que la autoridad mandó cerrar los burdeles. Català-Roca cuenta en sus memorias que la medida se produjo a causa de la entrada de España en la Unesco. Fue en 1953. Es lógico: había que adecentar la casa y aún no se hablaba de la cultura de la prostitución. Aquel Manolo dejó los condones y se puso a repartir cenas. Al cabo de los años era, sin duda, una prostitución.

En el grupo destaca Català-Roca. Es uno de los hombres más seriamente graciosos que haya conocido la tierra. Está observando la entrada de un tal Oliva, que fabrica somiers y bebe. Ya se acerca a la mesa. Català susurra, antes de que llegue:

-La oliva va rellena.

Entre los que ríen está el pintor Truco. Lleva un lacito a lo Rusiñol y es un hombre de gran finura.

-Tintoretto, pásame el vino, -dice Català.

Y el pintor Truco se lo acerca solícito y feliz. Al pintor le gusta que le llamen así. Ya sabe que es una exageración obvia; pero el apodo le estimula y en cierto modo supone un reconocimiento a su trabajo, y sí, es verdad, además, da la casualidad, y está bien que los amigos lo hayan visto, que en su pintura hay algo de la fragilidad del veneciano.

Tintoretto murió sin saber que se referían a su pelo teñido.

Se ha acercado otro más, pero los años no dejan ver ni el entrevero ni el brillo. Trae una noticia sensacional. Una historia formidable. Los de la mesa se agrupan como el agua en un embudo. La historia trata de un hombre de letras de la ciudad de Barcelona, malcasado.

-...Y llevaba mucho, mucho tiempo intentando separarse. Y nada. La mujer, como si lloviera. Y apoyada en todo por su familia. Que lo hubiera pensado antes. Llega el día de Navidad y la comida formal en la casa de los suegros. Como cada año. Toda la familia, y muchos niños. De repente nuestro hombre se levanta, bajo la mirada de toda la mesa. Se pone en el centro del salón, se quita la chaqueta, se baja los pantalones, los calzoncillos y se caga en la alfombra. ¡Se caga en la alfombra! ¡Se caga, chavales! ¿Lo entendéis, lo veis? ¡Se cagaaaaaa! Y así consiguió que lo respetaran. Que lo echaran de la familia y que nunca quisieran saber nada más de él.

Aunque con mucha menor asiduidad que en el tiempo autorizado de los burdeles, alguna mujer cena y descansa en cualquiera de las mesas del fondo. Córdoba es todavía muy joven y la juventud de su época no puede pasar del puterío. Ha vivido experiencias desconcertantes. Una noche le llevaron al Grill Room, de Escudellers. La particularidad de las mujeres del Grill es que eran mudas. La desnutrición fabrica mudos. Lo cierto es que el amo le dijo con una risa que el tiempo ha convertido en una mueca sarnosa:

-Y lo mejor es que si un día viene usted a bailar con su novia, ellas... ¡chitón!

Han pasado 40 años y mientras lo explica persiste un malestar. Leve, pero visible. La mudez. No las putas. Las putas no le ocasionan graves trastornos morales. Tiene una salida para el fondo de crisis que deja la experiencia, al decir del experto Juan Marsé, del Lolita's Club. Córdoba logra enamorarse intensamente en tan sólo 10 minutos. Y pierde la incredulidad con la facilidad del vicioso lector de novelas.

-Conozco uno -sonríe- que se besa con la chica, la chica le dice qué dulce y él se pone como un pavo, y contesta que besar siempre se le ha dado muy bien, y así está como un pavo hasta que la chica se va, y mientras se cepilla los dientes y saca la barriga, se pasa la película de la noche, repite el "qué dulce" e inmediatamente empieza a reírse como un tonto, recordando que se había echado en la boca un buen trago vaporizado de Halazon.

Ahora suele ser él el que habla en las mesas. Alguna vez, todavía, en la de Ca l'Estevet. El grupo. El grupo es fundamental en la vida. Dice Judith Harris en El mito de la educación que es el grupo, más que la voluntad de los padres y casi tanto como los genes, lo que determinará la conducta del adulto. Pero Harris añade que, paradójicamente, el olvido barre la mayoría de esos momentos grupales decisivos que ocurrieron en el patio del colegio o en la penumbra de los primeros bares. Creo que no. Cuando a la mayoría de los hombres se les pide un recuerdo, se oye un coro.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 18 de abril de 2005