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Reportaje:

'Desacuerdos': el eterno retorno

Fuera del circuito más convencional de los museos y centros de arte, se plantea un proyecto de discusión teórica sobre los modelos historiográficos que han dominado la escena artística española de las tres últimas décadas. Desacuerdos. Sobre arte, políticas y esfera pública en el Estado español es también una exposición que se desarrolla en el Macba y en el Centro José Guerrero de Granada. Babelia ha convocado a cuatro artistas para discutir sobre el tema de la muestra.

Sobre la línea recta de la transición española existe un eterno retorno, como el más sugerente y terrible laberinto del que hablaba Borges. Es el retorno de los acontecimientos que el tiempo ha desplazado sobre su línea y que ahora resuenan en forma de proyecto. Desacuerdos. Sobre arte, políticas y esfera pública en el Estado español conforma esa distancia frente al espejo de nuestro pasado, y el punto aleatorio que la recorre abre múltiples posibilidades para el debate y la investigación. Para hablar de esta exposición, Babelia ha reunido en el Macba a cuatro artistas que vieron desplegado su trabajo en algún suceso de los últimos 35 años: el cineasta Pere Portabella (Figueres, 1927), Isidoro Valcárcel Medina (Murcia, 1937), Soledad Sevilla (Valencia, 1944) y Antoni Mercader (Banyoles, 1941).

PREGUNTA. Tras la exposición

Pere Portabella: "No sólo han quedado obsoletas las formas tradicionales de funcionamiento de los partidos políticos, también de los museos"

Antoni Mercader: "El museo debe abrirse a las propuestas de mutación, de conversión sustancial, de estudio y análisis, informarlas y exponerlas"

]]> Arte y utopía,
el pasado verano en el Macba, uno tiene la sensación de que lo que el museo plantea ahora en Desacuerdos sería un arte y heterotopía. ¿Se ha convertido el museo en ese espacio ideal donde las alternativas pueden tomar forma o donde se puede establecer más eficazmente la crítica a las normas y a los procesos establecidos?

ANTONI MERCADER. No disponemos de un modelo historiográfico propio, por tanto no estamos dotados de una historiografía rigurosa, eficaz y contrastada. Tampoco podemos hablar de una investigación competente en historia de arte contemporáneo. Solemos, como mucho, referirnos a iniciativas, casos aislados, individualidades... Desacuerdos no disuelve nada, es un intento coral y tiene que demostrar que es una alternativa. El museo, como agente comunicador que es, debe abrirse a las propuestas de mutación, de conversión sustancial, de estudio y análisis, informarlas y exponerlas. Es de esperar que potencie la lectura crítica de lo contrahegemónico. Está claro que los museos de arte contemporáneo no están preparados, la mayor parte son arquitectura selecta, ni siquiera han asumido los estatutos del ICOM (modificados en 2001 en la asamblea general de Barcelona) que hablan del estudio, educación y goce de lo tangible y lo intangible. Estoy con la línea del Macba.

ISIDORO VALCÁRCEL MEDINA. Para mí la heterotopía no es algo distinto a la utopía, y he de decir que ambas cosas me parecen nefastas, porque, como se dice de las banderas, están manchadas de sangre. Los museos pasan olímpicamente de lo que puede ser una actitud renovadora y eso no significa que estén incapacitados para ello sino que las directrices no "aconsejan" someterse a un desacuerdo verdadero. Estemos, pues, en desacuerdo para dar un primer paso en estar de acuerdo con lo utópico. Aunque, insisto, me fastidia la utopía, prefiero dar el callo en el "topos" real y tangible. Por tanto, no nos emplacemos ni siquiera a un desacuerdo, porque yo en desacuerdo estoy ya, antes de llegar a ningún sitio. Su pregunta tiene trampa, ¿para qué la heterotopía, si tenemos la utopía y no la hemos cumplido?

PERE PORTABELLA. El historicismo es una manera de lanzar una tenue reflexión en un intento de homogeneizar o de apoderarse de lo que son todas estas fluctuaciones críticas de los, llamémosles, procesos de producción, un intento de laminar, de controlar e intentar que esto no se separe de lo que es la visión de continuidad causa/efecto, que es la Historia del Arte. Hay que diferenciar lo que es la política de un museo como el Macba en relación a otros, no se trata de decir si están preparados o no. El Macba se enfrenta a lo que viene siendo esa concepción historicista y a la función de todos esos museos que han hecho ese selecto almacenamiento y exhibición casi obscena de lo que significan los valores de cambio más que de uso del arte. Lo digo todo en minúscula, no quiero caer en tópicos demagógicos. Hoy los museos tienen que replantearse, en un escenario distinto, todo el contexto general, el de la globalización, que ha dado unos cambios radicales estructurales que afectan a las identidades del individuo y la colectividad, desde la economía, la ciencia, la informática, los movimientos sociales. Los movimientos éticos en los países más o menos avanzados en relación a los poderes establecidos tienen más presencia, credibilidad y fuerza que los propios poderes establecidos clásicos. El historicismo lo que hace es cosificar, homogeneizar y restablecer una zona de estabilidad en relación al "topos" anterior perfectamente controlado con un sistema de valores que se mantiene. Y el Macba lo que pretende aquí es establecer nuevas formas de codificación lingüísticas que significarán en el futuro nuevas formas de narrativa.

SOLEDAD SEVILLA. El museo es un espacio de poder que impone su criterio y su ley. Y lo que plantea una exposición como ésta es un puro contrasentido, porque el museo es la norma, la norma incluso en artistas marginales, y desde el momento que el museo los exhibe entra en cuestión esa marginalidad. En Desacuerdos el Macba dice, cuidado, yo no soy responsable, esto ocurrió hace cuarenta años y aquí se lo presento a ustedes. Muchos de los artistas que estamos aquí con nuestras piezas, que desde mi punto de vista es arqueología pura, estamos también en activo, pero eso es precisamente lo que nos impide estar en este museo, porque no entramos dentro de cierta línea elitista.

P. P. Mientras yo estuve en las vanguardias políticas y en los momentos más difíciles de la dictadura, donde mejor fuimos acogidos fue en las iglesias de Barcelona, y nunca tuve la sensación de que eso pesara sobre mí, al contrario, siempre habíamos ganado nosotros, simplemente porque la policía no nos pillaba. Es la idea del okupa, o del que subvierte el espacio del museo.

P. ]]> Desacuerdos... arranca en 1972, con los Encuentros de Pamplona, que supone la primera tentativa de la vanguardia artística española de construir y apropiarse de nuevas esferas públicas y de indiferenciar la alta cultura y la cultura popular; pasa por el cuestionamiento de estructuras como Arco o los procesos de transformación del espacio público urbano (el caso del llamado Modelo Barcelona) y finaliza con el análisis del impacto de las nuevas tecnologías en el arte y la aparición de las nuevas voces críticas, que Antonio Negri y Michael Hardt denominan "multitud". ¿Una de las posibles conclusiones, después de ver la exposición, podría ser que por fin en España existe una auténtica sociedad civil? ¿Y de qué forma podría esta sociedad civil articular un nuevo paradigma estético?

P. P. Los cambios estructurales de que hablaba antes son los que están haciendo mover las cosas. No sólo han quedado obsoletas las formas tradicionales de funcionamiento de los partidos políticos, también de los museos. Sobre el discurso único, sobre la cobertura de la mundialización de la economía, cae esta realidad de la que hablamos. Vivimos bajo una especie de bóveda, muy sólida, como una cúpula renacentista, el universo hecho realidad palpable y a la medida del individuo. Toda producción artística funciona dentro de esta bóveda en la que cabe cualquier otra actividad. No se puede hablar del arte como de un problema sino que el arte es una forma de la expresión del problema general. Lo difícil es estar ahí y aceptarlo, debemos meternos en la mierda, como dicen los conservadores, que es donde se está bien.

I. V. M. Esta mañana he oído decir a alguien que es una pena que exista Desacuerdos, porque esta exposición invalida que se hagan otras más. No es mi opinión. Pero quería decir, y lo siento porque no puedo dejar de "escaparme", que el término "sociedad civil", que no sé muy bien lo que es pero es lo que hemos conocido hasta ahora, no es lo opuesto a sociedad religiosa o sociedad militar, o a sociedad fabril, no nos liemos con los conceptos.

P. Estaría ligada a la acción, una sociedad que contesta y protesta.

P. P. Ahora existe más que nunca. Incluso diría que los menos marginados del futuro son los que están hoy marginados, los que no votan, porque el que no vota es una voz más compleja y mucho más adaptada a una realidad, también compleja.

I. V. M. Pero eso es una entelequia, en cuatro mil años hemos dado mentalmente unos pocos pasos. A mí me pasma. Y tú, Soledad, has dicho que el artista cuando entra en el museo asimila y acepta ciertas cosas. Ahora bien, el artista tiene la obligación de dar ese pasito y al minuto desdecirse de ese pasito. Yo soy virgen en cuanto a tener obra en museo, probablemente porque no la han querido, pero eso para mí es un mérito. Y me dicen de venir aquí y no pongo objeción. Me digo a mí mismo, "esto es arqueológico".

S. S. Hay dos tipos de artista, el que experimenta el arte como técnica para vivir y aquellos para quienes el arte es una forma de vida. En tu caso es una forma de vida, por tanto te da igual estar o no en el museo. Pero un artista tiene derecho a vivir de su arte sin estar influenciado por las tendencias que le marca el museo.

P. P. Esto es muy divertido, porque tú, Isidoro, has dicho que tu obra no está en ningún museo. Mi caso es distinto, nunca pude imaginar que mi obra acabaría en un museo, ni siquiera en un festival de cine, en una gasolinera sí [risas]. Jamás he separado mi práctica de cineasta de mi vida, he cuestionado los códigos, no los argumentos; nunca he militado en un partido, pero he sido un ciudadano militante. Soy un cineasta puro y duro que ha entrado en el museo, como un okupa, y ahora formo parte de la colección, y siento que esto me es útil.

A. M. Lo mismo hicimos el Grup de Treball, cogimos todo lo que teníamos en un taller de Sant Just Desvern y lo depositamos aquí, en el Macba, a cambio de nada. Quiero decir que a mí me interesa mucho el título de la exposición, es un auténtico hallazgo. Para historiar hay que ponerse de acuerdo, yo leo el título con un guión, des-acuerdos, el prefijo des tiene un significado de intensificación, en el sentido de des-gastar, de insistir. A medio camino entre los dos focos que hay en nuestro mundo "patrimonial" del arte, que pasa de la autosatisfacción a la causticidad sistemática.

P. P. También hay desconfianza. Todo el mundo está desconcertado. Antes, en los setenta, con los nuevos caminos que se abrían en el arte, sabíamos qué hacer, ahora, yo no sé qué hacer. Pero estoy tranquilo, porque sé lo que no tengo que hacer. Y enseguida pienso en que hay momentos en que tienes que quedarte así.

S. S. Todo se desvirtúa y al final las palabras pierden su peso.

P. P. La palabra "efímero" ha irrumpido y desestabilizado a mucha gente del mundo del arte. Todo lo que se hizo hasta los setenta partía de la mentalidad del artista artesano.

I. V. M. Lo que tendría que haber es un desacuerdo entre la moda y el modo. Los artistas tenemos que representar el modo. Igual que he dicho que ha de haber un desacuerdo entre el arte y el museo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 12 de marzo de 2005