Cartas al director
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La ciudad perdida

Para todos aquellos que hayan compartido alguna vez humo, cine y música, éstos son días tristes. Algunas de las mejores noches que he pasado han girado en torno a esas tres cosas, por separado o todas juntas al tiempo, como las tres tes de Tres tristes tigres. Y la literatura, cómo si no. La muerte de Trostsky, la historia de un bastón y el lenguaje, un juego. El que no haya leído las noches prerrevolucionarias de Arsenio Cué y compañía difícilmente puede entenderlo.

Yo tuve la suerte de leer por primera vez a Guillermo Cabrera Infante en La Habana, su ciudad prohibida. Vista del amanecer en el trópico -un ejemplar lleno de polvo, resistiendo silencioso la miserable censura-, me inyectó el sabor áspero de una isla que justo empezaba a conocer.

Ya en Barcelona, tiempo después, Tres tristes tigres era la manera perfecta de volver. Al Malecón, a La Zorra y el Cuervo, a la ciudad prohibida, hoy ya perdida.

* Este artículo apareció en la edición impresa del 0022, 22 de febrero de 2005.

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