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Crítica:LOS OCHENTA, RETRATO DE UNA GENERACIÓN

El desencanto del desencanto

Como no caben burlas con el pasado, que siempre es algo muy serio, no conozco nada más triste que los chistes antifranquistas, y de entre todos el que más tristeza me produce aún es el que decía que a Franco le iban a dar el Premio Nobel de Física "por haber inmovilizado el Movimiento". El chiste es malo porque dice lo mismo al derecho y al revés, se le puede dar la vuelta y decir lo contrario pareciendo decir lo mismo. Por ejemplo, si a la dictadura sucedió la explosión de libertad que llamamos la movida (tras el 23-F, cuyo fracaso liberó los miedos, claro), ¿quién la detuvo, quién la paró, quién "inmovilizó la movida", a su vez -o a su pesar- para que le den un premio parecido? Pues los mismos que la inventaron, voto a bríos.

Fue una época gloriosa,

pues permitió pensar a sus protagonistas que habían sido los héroes de una historia que terminó bien y que además como eran jóvenes tenían toda una vida por delante. Pero lo importante de una vida es haberla tenido cuando estaba cargada de sentido y en su momento, esto es, cuando todavía alentaba para poder hacerlo. La movida fue una explosión de alegría porque algo había terminado bien, pero ninguno de sus protagonistas hicieron nada por haberlo conseguido, fue un hecho natural, como los amaneceres, la sucesión de los días y las noches, las lluvias y las estaciones, el sol y las tormentas. De hecho el único resultado de la movida fue que la industria cultural hizo su agosto a través de una serie -pocos, un puñado- de artistas, músicos, cantantes, cineastas, pintores (y diseñadores, horror) que duraron lo que un merengue en la puerta de una escuela, y que ahora se empeñan en resucitar aquellos inverosímiles resultados, cada vez más efímeros porque están ya casi todos gratis en Internet.

Lo malo de la movida no estuvo en sus contenidos, sino en sus formas, pues nos entregó atados de pies y manos a una orgía de diseños (y lenguajes) espantosos, que gracias al cielo no significaban casi nada: no tuvo demasiados contenidos, sino un exceso de formas. Por lo que estoy diciendo, no estoy muy a favor de la movida, no me tocó para nada -cuando murió Franco yo tenía ya cuarenta años y no había votado jamás-, pero no lo estoy tanto por sus contenidos sino por la orgía de formas desordenadas e ininteresantes con que se nos inundó. De ahí que siempre intente salvar los restos del naufragio, esto es, los que respetaron las formas para no hacer tablarrasa con todo, para seguir construyendo salvando algo de lo bueno que nos había quedado, si no en la superficie, sí en el fondo al menos. Pues hay que desmentir algo que tuvo mucho de manipulación mercantil más que de otra cosa. Aquel intento señalando que "la vanguardia es el mercado", que pretendió seducir a quienes ya estaban seducidos identificando "la vanguardia" con "la movida" y sanseacabó.

Julio Llamazares (Vegamián, León, 1955) nació en un pueblecito desaparecido bajo las aguas del pantano del Porma, que por entonces construía Juan Benet escribiendo Volverás a Región, cosa que el joven no le perdonó jamás, abanderando ecologismos excesivos en su contra, como no le perdonaría a Cela haber creado en El viaje a la Alcarria los modelos de la actual literatura de viajes en español de la que el joven llegaría a ser un nuevo maestro. Pues empezamos bien, al menos con dos rebeldías concretas, algo es algo y sus orígenes, rurales y poéticos, le salvaron del desorden de la movida posterior que le acogió. Irrumpió como poeta con dos libros, La lentitud de los bueyes (1979) y Memoria de la nieve (1982), que mostraban una poesía caudalosa, lenta y majestuosa, pero luego aprovechó la novela para introducirse en uno de los efímeros momentos sucesivos de "nueva novela" que fatigaban el mundo editorial y triunfó primero a través de Seix Barral con Luna de lobos (1985, escenas de la guerrilla antifranquista) y sobre todo La lluvia amarilla (1988, donde se hizo el campeón de la literatura ecológica). Se dedicó con éxito a los libros de viajes en El río del olvido (1990), Trás-os-Montes (1998) y Cuaderno del Duero (1999), y volvió a la novela con una mezcla de relatos en Escenas de cine mudo (1994), cultivando también artículos, reportajes y cuentos, que ha reunido en otras recopilaciones, mientras pasaba a ser una de las estrellas de Alfaguara, avalado por sus éxitos en sus guiones de cine, en películas de Icíar Bollaín y Benito Zambrano, por ejemplo.

Su literatura hunde sus raíces en el mundo rural, en los viajes, en la ecología, por lo que conserva el espíritu poético de sus orígenes, a los que nunca ha vuelto, pero que conserva en su estilo. Es dueño de una prosa tradicional, respetuosa y nada rupturista, por lo que, siendo un producto "de la movida", nunca adoptó sus formas, pues es más realista que imaginativo. De hecho, ésta es su única novela urbana y la más hilada de las suyas, como si el encuentro con Madrid (y su cielo, por artificial que sea) le hubiera proporcionado al final el paraíso original que las aguas del Porma le negaron. Además, aquí le ha nacido un hijo (llamado Julio), al que le dedica este libro estructurado según los tres círculos de la Divina Comedia de Dante, salvo el primero, dedicado al Limbo, nombre de un bar quizá por Malasaña donde se reúnen los actores o personajes de esta novela que quiere ser coral pero que apenas llega a un baile de siluetas más generacional en todo caso. En el Limbo (que a su vez posee un cielo virtual, oscuro y estrellado como el de Madrid). En el fondo se trata de la autobiografía imaginaria -que el empleo de la primera persona subraya siempre, en una trampa de doble sentido, hacia el lector y hacia el autor- que traza un pintor vocacional tardío triunfador al final, en medio de una movida confusa, cuyas escenas y figuras describe en medio de una insatisfacción general que lo domina todo.

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EL CIELO DE MADRID

Julio Llamazares

Alfaguara. Madrid,2005

258 páginas. 19 euros

El cielo de Madrid
]]> es una

novela que describe la movida sin caer en sus trampas, sin excesos formales. Es un libro cuidadoso, bien escrito y estructurado, que hunde sus raíces en su lirismo inicial, en su realismo rural (aunque aquí sea urbano) reordenado según los círculos de un Dante donde todo es más comedia que tragedia lo cual es tomar su obra literalmente al revés. Como el final, donde el narrador salva el libro para su protagonista al dedicárselo al hijo que no sabe cómo ha tenido, tras tantos sucesivos ligues infructuosos, ni con quién, ni cómo, pero que le sirve para contar algo que entonces sí puede contar, aunque no sabe ni por qué, ni para qué. La trampa de la primera persona se adelgaza hasta el extremo de tomarlo todo por real cambiando la profesión del narrador de pintor en escritor. Al final, a pesar del triunfo de los dos, la foto de la movida se ha quedado en un desencanto del desencanto. La foto, pese a su respeto tradicional, le ha salido algo movida, como todas las fotografías, pues todos nos movemos cuando las sacamos; y el mundo también se mueve a nuestro pesar.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 12 de febrero de 2005

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