Columna
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Sinsentidos

Pueden llegar a romperse los dientes, los huesos o los tendones antes de eliminar al adversario en esos combates, mal llamados deportivos, de esa disciplina ultra moderna de nombre casi irreproducible. Miren ustedes, lo de menos es si con buena o mala fe y conocimiento, si despistados o no, tal o cual alcalde de Mislata autorizó o promocionó ese tipo de espectáculo violento que señalan como Vale tudo, desconocido hasta ahora entre la mayor parte del vecindario. Lo verdaderamente grave es que ese espectáculo tiene tanto que ver con las virtudes y excelencias del deporte como la pureza ingenua y virginal con las artes amatorias bucales de la becaria de la Casa Blanca que se dieron a conocer en todo el mundo globalizado. Y no es una comparación exagerada, si nos ayuda a distinguir la diferencia que hay entre el deporte y eso, entre el sentido y el sinsentido, entre la razón y la sinrazón. De hecho, las comparaciones, y no sólo las evangélicas, se pusieron muchas veces al servicio del aleccionamiento moral.

Bertolt Brecht, por ejemplo, sabía mucho acerca de ese carácter aleccionador de las comparaciones. El escritor germano es sin duda el maestro de la parábola moderna que sustituye El reino de los cielos es semejante a... con la historia del hijo pródigo, por Si los tiburones fueran hombres... para explicar con claridad y eficacia la injusticia humana de quienes devoran y someten a los pececillos. Y Brecht y sus parábolas siguen ayudando a discernir, intentando dar sentido a cuanto sucede en tiempos conflictivos. Unos tiempos de pateras y seres humanos, maltrechos y hacinados por los tiburones, en cualquier barco carguero.

Esas narraciones cortas y aleccionadoras de Brecht, en estos detartalados tiempos, pueden aportar discernimiento y claridad en temas tan espinosos como el del nacionalismo o plan soberanista del vasco Ibarretxe, o el ridículo e irracional tema del secesionismo lingüístico de una parte de la clase política valenciana. Pues este último secesionismo es también independentista y soberanista, y no se atiene a razón, realidad o discernimiento, fijándose siempre en cuanto separa y no cuanto nos une. En una pieza corta de mucha eficacia, titulada Patriotismo: odiar las patrias, escribe Brecht que no considera necesario vivir en un país determinado, porque en cualquier parte se puede morir uno de hambre. Eso dice al menos el protagonista del cuentecillo, hasta que se encuentra en una ciudad ocupada, y uno de esos ocupantes se cruza con él por la calle y le obliga a bajar de la acera. "¿Por qué razón - se pregunta- me convertí por un instante en un nacionalista?" Y se constesta: "Porque me topé con un nacionalista". Es decir, el choque, el frentismo y la visión parcial de la realidad, que con tan buen tino intenta esquivar Rodríguez Zapatero.

Parcialidad, choque y frentismo atizados, sin embargo, por los secesionistas lingüísticos de aquí, intentando crispar a todo cuanto se mueva. La declaración de algún portavoz del Gobierno valenciano, de cuyo nombre mejor olvidarse, sobre la verdad que muestra la realidad y la verdad política o leguleya, desdeñando la primera y promoviendo la suya, la segunda, es digna de la parábola sobre la estupidez lingüística de algunos dirigentes políticos, que Brecht dejó por escribir. Pero Brecht se quedó con el no nacionalista que se cruzó en la calle con el nacionalista, y concluyó que es preciso extirpar la estupidez, pues vuelve estúpidos a quienes se cruzan con ella.

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