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Reportaje:ARTE

Eldorado desenterrado

El pasado 19 de diciembre abrió sus puertas en Bogotá el nuevo edificio que alberga el Museo del Oro, como parte de la ampliación de la sede que culminará en 2007. La colección está compuesta por objetos de oro precolombinos, algunos con más de veinte siglos de antigüedad. Una evocación del resplandeciente mito de Eldorado.

Decía Cristóbal Colón en su Diario: "Con el oro se hace tesoro". Y hace cinco siglos fue a buscarlo al Nuevo Mundo, donde había oro de sobra. Todavía queda. Buena parte de él está guardado en el justamente llamado Museo del Oro de Bogotá, en Colombia. No oro en veta, ni en pepitas arrastradas por los ríos, ni apilado en lingotes de la Federal Reserva en Port Knox; ni es el oro perdido de piezas ya fundidas que enviaban a España los sucesores de Colón en la Flota de Barlovento para que se ahogara en los naufragios del mar, o se lo robaran a medio camino los corsarios ingleses, o terminara -según señalaba Quevedo- "en Génova enterrado". Es oro vivo, en su estado natural de tesoro: el oro trabajado en delicadas piezas por los orfebres de las distintas culturas del territorio prehispánico que hoy se llama Colombia: Tumaco, Calima, Malagana, Tierradentro, San Agustín, Nariño, Cauca, Tolima, Quimbayá, Muisca, Sinú, Urabá, Tairona...

Y es tanto el oro que aún queda, pese a los conquistadores españoles, los piratas ingleses, los comerciantes genoveses y, por supuesto, los inescrupulosos anticuarios colombianos que lo exportan ilegalmente a manos llenas rumbo a las colecciones privadas de Estados Unidos y Europa, es tanto el que aún queda que el Museo del Oro de Bogotá acaba de quintuplicar la superficie de sus salas de exposición. Cuando terminen las obras del nuevo edificio, dentro de dos años, serán 13.000 metros cuadrados. Y habrá que seguir ampliándolo. Porque sigue quedando oro precolombino. Lo encuentran sin cesar los llamados guaqueros: los que buscan guacas, o sea, tesoros indios enterrados (del quechua "huakoa", que significa sepultura). Sigue quedando, y sigue siendo sin cesar desenterrado. En las nuevas salas del Museo del Oro bogotano se ha tenido muy en cuenta precisamente ese ciclo sagrado y recurrente de la vida del oro, de la tierra a la tierra pasando por las manos de los hombres.

Así, el museo ha sido dividido

en "unidades temáticas": el descubrimiento y la invención de la metalurgia; los 2.500 años de evolución de la orfebrería prehispánica en sus diversas modalidades -el oro puro, o en aleación ("tumbaga") con el cobre, o con el platino, o con el estaño- y sus distintas técnicas: a la cera perdida, al martillado, al dorado por oxidación; la distribución geográfica y cronológica del oro precolombino en Colombia, que históricamente va de sur a norte: de la cultura Tumaco, en las playas del Pacífico, a la Tairona, en la Sierra Nevada que se asoma sobre el mar Caribe; las atribuciones simbólicas y cosmológicas del oro en la religión y el poder, representadas por tres esferas superpuestas: la de arriba, la del mundo medio de los hombres y la del inframundo; y finalmente el Vuelo Chamánico y la Ofrenda.

Pues se trata de un ciclo. Primero el oro se extrae de las entrañas de la tierra o de la corriente de las aguas. A continuación se trabaja: en collares, en narigueras, en pájaros o peces o jaguares, en vasijas antropomorfas, en cascabeles que agita el viento. Luego se usa, como adorno o como objeto utilitario: el poporo, copia en oro del recipiente en calabazo que aún hoy usan los indios para guardar la cal con que se mezcla, para masticarla, la hoja de coca. Y finalmente vuelve a la tierra de donde salió, como ofrenda ritual que se entierra en las sepulturas de los indios principales, los caciques y los chamanes.

Porque tenía razón Quevedo:

el oro tiene el destino de ser enterrado. Salvo que caiga en manos de una civilización des-sacralizada como la nuestra, que lo desentierra otra vez para exhibirlo en las vitrinas de un museo. Pero tal vez no sea coincidencial, sino simbólico, que la pieza más bella y delicada de los muchos miles que se guardan en el Museo del Oro sea la famosa balsa muisca de Eldorado: una aérea reproducción en miniatura de la balsa en que el cacique de los muiscas se sumergía ritualmente en la laguna de Guatavita, todo cubierto de polvo de oro y cargado de piezas de oro, un día al año, para la ofrenda. Varias veces, desde los tiempos de la Conquista, se ha intentado dragar la laguna o incluso desaguarla para recuperar el tesoro hundido, sin éxito. Todavía queda, por fuera del museo, un Eldorado sumergido.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 29 de enero de 2005