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Análisis:FÚTBOL | Última jornada de la primera vuelta

Del posnuñismo al anticruyffismo

Desde su sillón de vicepresidente deportivo sin cartera, Sandro Rosell ha dicho que añora sus tiempos de socio, más que nada porque entonces podía decir lo que le venía en gana y ahora tiene que aguantarse por un sentido de la responsabilidad. A continuar en el cargo le anima, por lo demás, la trayectoria de un equipo que siente suyo, la satisfacción de saberse querido por la hinchada y la comprensión que despierta entre la prensa. Rosell se siente incómodo porque cuando no se pinta nada en el palco se está mejor en la grada. Una situación difícil de explicar si se atiende a que el aún vicepresidente ha capitalizado especialmente al equipo y también a la junta. Rosell no sólo avaló la parte que le correspondía, sino que aportó directivos, ejecutivos, técnicos del fútbol base y jugadores: fichó entre otros a Ronaldinho tras esfumarse Beckham y después se trajo a Deco.

A la que llegó el invierno Rosell se quedó fuera de juego. Partidario de negociar la contratación de Costinha y Edú, se ha encontrado con que los técnicos preferían a Iaquinta, y no hay más que decir. Las intervenciones del presidente subrayan que la política deportiva es competencia del secretario técnico, Txiki Begiristain, y del entrenador, Frank Rijkaard. Joan Laporta sostiene que en verano se convino que los directivos delegarían en los ejecutivos y consecuentemente Rosell debe asumir su nuevo rol.

El problema está en que mientras la mayoría de directivos se apoyan en personas de su confianza, Rosell mantiene una relación más profesional que de complicidad con Begiristain y con Rijkaard, sabedor de que el vicepresidente pidió el año pasado por dos veces su sustitución por Felipao Scolari. Rijkaard, Begiristain y Laporta, recelan pues de Rosell, y Rosell del entrenador, del secretario técnico y del presidente.

Alrededor del vicepresidente se levanta la sospecha de que los jugadores que le gustan llevan todos las mismas botas y tienen gustos parecidos, al punto que se le habría visto el plumero en la gestión de varios fichajes. A Rosell se le supone un hombre Nike y actuaría en consecuencia, a veces contra el criterio del cuerpo técnico. No les va mejor a los directivos más próximos a Rosell. Josep Maria Bartomeu no da con la tecla del baloncesto. A Jordi Monès los médicos le llevan de cabeza. Y Jordi Moix tiene un problema con la ciudad deportiva.

Rosell no entra al trapo sino que pregunta por la otra parte, cuyo inventario abonaría a un personaje presidencialista y soberbio. Laporta, de alguna manera, no ha sido fiel al ideario electoral; ha apostado por personas no convenidas, como su cuñado Alejando Echevarría; ha tenido respuestas extrañas, como en el caso de su apoyo a Ángel Villar en la federación española; se ha entregado al plan de negocio de Ferran Soriano; y cuando ha tenido dudas deportivas ha dejado recado en casa de Cruyff. O sea que mandaría más Cruyff desde su mansión que Rosell desde el palco. Llegada la hora de reforzarse se ha roto el equilibrio con el que ambos se daban por satisfechos. Laporta se ha convertido en la cabeza visible de la acción de gobierno, como le corresponde, mientras que Rosell aglutina el descontento, convertido en el contrapeso del presidente y en el anticruyff, posición que da mucho rédito. Una situación de riesgo para uno y otro, sobre todo porque el presidente se excede en el mando y el vicepresidente se abona en la oposición. Una vez sabido que cada propuesta de la junta se procesa en un doble sentido, el aficionado se pregunta si mantienen algún punto en común de cuando decidieron concurrir juntos a las elecciones.

Laporta y Rosell deberían resolver sus cuitas para gobernar de la misma forma que las solucionaron en su día para ganar. El Barça, mientras, se ve sometido a un desgaste excesivo: si el club aguantó el año pasado al equipo, ahora es el equipo el que sostiene al club. Mal asunto cuando a Ronaldinho se le pide que no se vaya, aunque Rosell pueda dimitir en junio, señal inequívoca de temor. Nada peor para un Barça cuya santo y seña es el ataque que le entre el miedo a perder y pase a defenderse.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 16 de enero de 2005