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EL ENREDO

Teoría del salchichón

España es un eterno salchichón, un país circular.

AÑO 1989. Felipe González tensa el gesto y dice, solemne: "¡No acepto negociar bajo la teoría del salchichón!". Era una conferencia de prensa en La Moncloa, conjunta con Mitterrand, y entre los periodistas franceses hubo arqueo de cejas: "¿Es impgesindible seg tan vulgag?". Los periodistas españoles ya conocíamos que González tenía estas salidas chuscas: teoría del salchichón. "Se sientan dos a repartir un salchichón y, cuando se ha pactado el reparto, uno de los interlocutores dice: ahora vamos a repartir el salchichón. ¡Pero si ya está repartido!, dice el otro. No, no, lo que está repartido ya es mío, ahora volvemos a empezar la discusión con tu pedazo. ¡Pues ni hablar! ¡Eso no lo admito!", se enfadaba González. En aquel tiempo remoto negociaban Gobierno y sindicatos tras la huelga general del 14-D. González, con su teoría del salchichón, enunció una ley universal de la política, que se resume en estas palabras: "Lo cortao está cortao, y ahora voy a por tu cacho".

La tentación es encerrar en una habitación a Bono, Carod, Ibarretxe, Acebes, Otegi, soltarles un salchichón, y allá se las compongan

En 2005 tendremos teoría del salchichón a granel, con las reformas de los estatutos y el plan Ibarretxe. Lo repartido durante 25 años no se discute. Se discute a partir de lo que ya está cortado.

Son discusiones imposibles para quienes sienten una pasión limitada hacia el salchichón. No te digo para aquellos a los que el salchichón importa un pimiento. La tentación inmediata es encerrar en una habitación a Bono, Carod-Rovira, Ibarretxe, Acebes, Otegi, y de paso al obispo de Mondoñedo, soltarles un salchichón, y allá se las compongan. Ya nos avisarán. Si ellos cierran un acuerdo, los demás no nos vamos a oponer. Lamentablemente, no puede ser así, y, sin saber cómo, nos encontramos todos encerrados en la habitación discutiendo sobre el salchichón. Con cuidado, porque te enfrentas a verdaderos profesionales. Por algo les llaman salchichonistas. Lo que está cortado ya es suyo, y van a por el siguiente pedazo. Tac tac tac tac. Son máquinas. Han nasió pa rebañá.

Una discusión racional es inviable, porque en el salchichón confluyen sentimientos colectivos. Los racionalistas se desesperan: "¿Pero por qué, por qué, por qué hay que discutir irracionalmente?". De repente aparece un ceporro que te pega un tiro porque te considera enemigo militar del salchichón. Cuando no mata, hay que estar agradecido, como si en lugar de un ceporro fuera sólo un dios un poco colérico.

Hay quien se disfraza de salchichonista, con la intención de vencerles en su terreno, pero entonces los salchichonistas se entusiasman: "¡Ya sólo existe debate dentro del salchichonismo!". O una maniobra generosa: "Tres cuartas partes del salchichón para ti a cambio de que podamos salir de la habitación y dedicarnos a otra cosa. ¿Sí?". Te miran raro: "Pero, ¿hay otra cosa a la que dedicarse? ¿Y por qué tres cuartas partes, si el salchichón es mío, tal y como escribió con sangre el mítico Longa Niza I antes de antes de Cristo?". "Pues yo que me alegro y para ti el salchichón, adiós". Entonces saltan otros: "¡Ni hablar! ¡Que salgan los tanques ya!". Y vuelta a empezar. No hay final. España es un eterno salchichón, un país circular: cada cierto tiempo nos encontramos en la misma piedra. Un poco pesado, aunque tiene su encanto, también. Seguramente.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 9 de enero de 2005