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Crítica:

Memoria y restauración

Se publica en España el primer libro del prestigioso narrador inglés James Lloyd Carr. La novela Un mes en el campo, finalista del Booker Prize en 1980, cuenta la arrebatada estancia de un excombatiente en un pueblo inglés para restaurar un mural.

El desconocimiento que tenemos en España de la obra del escritor inglés James Lloyd Carr (Yorkshire, 1912-Northamptonshire, 1994) hace más preciada esta novela, el primer libro suyo que se publica en castellano, en una edición ya de por sí preciosa. Presentado como director de escuela, editor y novelista, dos veces nominado al Premio Booker (por Un mes en el campo, en 1980, y por The Battle of Pollock's Crossing, en 1985), J. L. Carr comienza a publicar con la madurez ya cumplida, y tal vez esta circunstancia sea determinante en la aplicación de una prosa serena, reflexiva, irónica, que no necesita de alardes retóricos para hacer valer su eficacia.

Escrita bajo la sombra ate-

UN MES EN EL CAMPO

J. L. Carr

Traducción de José Manuel Benítez Ariza

Pre-Textos. Valencia, 2004

133 páginas. 15 euros

nuada de Thomas Hardy -la percepción trágica del amor y la naturaleza de Hardy aquí se desplaza a favor de un idilio imaginario-, Un mes en el campo narra, en la voz de su protagonista ("todo esto sucedió hace mucho tiempo. Y nunca volví"), su estancia en el pueblecito de Oxgodby, en Yorkshire, adonde acude contratado desde Londres para restaurar un mural medieval de la parroquia. Tom Birkin es un sobreviviente de la Primera Guerra Mundial ("esto es lo que necesito, pensé: comenzar de nuevo y luego, quizá, dejaré de ser una baja de guerra"), de la que aún conserva algunas secuelas -el relato transcurre en 1920-: tartamudez, ensimismamiento, un tic facial, penuria económica, y la melancolía de haber sido abandonado por su esposa.

Birkin vive aislado y duerme en el campanario, pero ingresa así en un mundo cuya estabilidad se orienta en la fijación de rituales cotidianos y en la solidez de la vieja moral anglicana, frente a la que él, en cuanto forastero, representa la Persona Inadecuada (según el irónico uso que el autor hace de las mayúsculas). Sin demasiado interés en tratar a la gente del pueblo, absorto en su trabajo, que le depara la revelación de una maravilla iconográfica ("como todas las grandes obras de arte, te sacudía con la totalidad antes de engatusarte con las partes"), el proceso de restauración equivale a la restauración de su propia persona: "Era dentro de la iglesia callada, ante el cuadro que reaparecía, donde estaba lo real. Entre las demás cosas me limitaba a dejarme llevar".

Pero Un mes en el campo -y ésta es la cualidad que hace de esta novela una obra memorable- no es sólo la narración de un periodo de tribulación, superado por los efectos catárticos de una obra de arte de remotas creencias religiosas, sino que es expresión del consuelo de la memoria, de lo que pudo suceder y no sucedió. Tom Birkin sufre en Oxgodby un agitado enamoramiento por la mujer del reverendo, a la vez que un arrebato de injusticia al sentir que su marido es indigno de ella y saberse él capacitado, frente a la rudeza del reverendo, para apreciar la delicadeza de su esposa, hasta que comprende que "nada es tan secreto como lo que hay entre marido y mujer". Así, al regresar al tiempo de la juventud, a ese tiempo en que "el hombre y la tierra son uno, en el que el pulso del vivir late fuerte, en que la vida rebosa de promesas y el futuro se extiende confiadamente ante nosotros", Birkin sólo desea recobrar con la palabra la parálisis del recuerdo ("una habitación sellada amueblada por el pasado"), y la expectativa de aquella experiencia que derivó en una aceptación, casi cabría decir que le abocó a la resignación de que aquella mujer le habría exigido una "restauración" total de su vida. Sin embargo, su lugar no estaba en los campos de Yorkshire, sino en la conocida desdicha de su matrimonio, al que volverá para ampararse en sus cenizas.

Despegándose del tradicio-

nal idilio campestre rememorado como un alarde de convenciones transgredidas, J. L. Carr reconstruye, al contrario, los estímulos de la pasión, filtrándolos en el tiempo desde el que se evoca, donde se ha sedimentado coloreada por la memoria, pero donde permanece inmóvil como un cuadro. Más que la aventura del amor, lo que el narrador rescata con su relato es la disposición de los sentidos ("la vida había vuelto a su cauce y me cosquilleaba en la punta de los dedos") y, por encima de todo, compone una matizada elegía y la nostalgia de esa disposición.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 25 de diciembre de 2004

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