Columna
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Locos, niños y víctimas

Compareció Pilar Manjón en representación de la Asociación 11-M Afectados del Terrorismo y se hizo el silencio. Silencio para rebajar el nivel de ruido político generado por una comisión que ha sido incapaz de distinguir entre el antes, el durante y el después de aquel 11 de marzo. "Han hablado, esencialmente de ustedes. Ha sido la comisión de ustedes y para ustedes", les espetó Pilar Manjón al comienzo de su intervención. Y era cierto. Hasta la comparecencia de la Asociación 11-M la comisión de investigación no había servido, más allá de algunas intervenciones de carácter técnico, para otra cosa que para jugar la prórroga de las elecciones del 14 de marzo. Más allá de esto ha sido un descarado ejercicio de despotismo compasivo: todo por las víctimas pero sin contar con las víctimas. Lo mismo ha ocurrido, por cierto, con la ponencia de Víctimas del Terrorismo del Parlamento Vasco.

No es algo que podamos reprochar en exclusiva a los políticos; al fin y al cabo, al diseñar tanto la comisión como la ponencia no hicieron otra cosa que aplicar la vieja y consistente regla de distribución de los tiempos sociales. Pero las cuentas no salen. Gesto por la Paz acaba de hacernos la contabilidad del terror y son 314 los días del año manchados de negro, 314 días en los que la cotidianidad se ha visto reventada por el horror. Lo cual nos deja 51 días de tregua, apenas un día por semana, para nuestras cosas. Pero, ¿cómo soportar esta inversión de los tiempos? Es lo que tienen las víctimas: que desbaratan nuestras contabilidades al impedirnos la externalización de los costes humanos que nuestros proyectos políticos generan. Es por eso por lo que, como decía Camus, "a la gente le horroriza estas víctimas incansables", aguafiestas a las que no sabemos muy bien cómo tratar.

El caso es que las víctimas se hicieron presentes, por fin, en la comisión de investigación del Congreso. El 15 de diciembre los ausentes se hicieron presentes y los muertos franquearon la distancia inabarcable que los separa de los vivos. Lo hizo posible un texto parido por las mismas que habían parido, criado y amado a esos 192 asesinados, a esos 1.500 heridos. Un texto escrito por las mismas manos que los acariciaron. También lo hizo posible, es cierto, una mujer que supo ser rostro y voz de tanto dolor.

Ha habido miserables juramentados para reducir la comparecencia a la persona de su portavoz, y a esta a su dimensión más estrechamente ideológica. La COPE ha sido cochiquera desde la que uno de sus comunicadores estrella ha dicho que el texto de la comparecencia se había redactado en La Moncloa sin que ninguno de sus tertulianos diera un golpe en la mesa y abandonara el estudio. No sé de ningún obispo que haya alzado su voz contra esos miserables.

A pesar de todo, las víctimas se hicieron presentes. "¿Qué respondería en este mundo a la terrible obstinación del crimen si no fuera la obstinación del testimonio?", se preguntaba Camus. Y la obstinación del testimonio puso, aunque sólo fuera por un día, las cosas en su lugar. "Vayan sumando, señorías, porque nuestras peticiones son claras, altas y nítidas", leyó Pilar Manjón. Vayan sumando... ¿Lo harán? ¿por qué van a hacerlo? Todos damos la razón a las víctimas. Pero se la damos como se dice que se hace con los locos y con los niños: por quitárnoslos de encima.

Sólo si incluimos el cálculo del sufrimiento en nuestras contabilidades políticas la voz de las víctimas rebasará el espacio valioso pero limitado del sentimiento. Sólo si somos capaces de hacer presentes a las víctimas no un día sino, al menos, 314 días al año, la obstinación del testimonio dará sus frutos. O eso, o la obstinación del crimen acabará por cubrir totalmente de negro el calendario.

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