Reportaje:REPORTAJE

Guerra sin cuartel por el control de la Camorra

En cuanto Bagdad se calme un poco, éste volverá a ser el lugar más peligroso del mundo", dice el comisario Pasquale Errico. Este lugar se llama Scampía y es un barrio de la zona norte de Nápoles, construido entre 1981 y 1985 para alojar a familias humildes que lo perdieron todo en el terremoto de 1980. La Camorra, la organización mafiosa de Campania, ganó dinero con la operación inmobiliaria y se adueñó desde el principio de la zona. Scampía conjuga, como el conjunto de Nápoles, un desempleo altísimo (61,7%) con una natalidad galopante (una de cada dos familias es numerosa, uno de cada cuatro habitantes es menor de 18 años), y es en teoría uno de los barrios más pobres de Europa. En teoría. En la práctica, Scampía es el corazón de un mercado de estupefacientes que factura unos 16.000 millones de euros anuales y emplea, de una forma u otra, a unas 100.000 personas.

La Camorra es una cultura, un sistema de organización social, una economía. Tiene sus negocios 'legales' para blanquear el dinero de la droga, sus contactos políticos y sus tradiciones

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Scampía es ahora zona de guerra. El clan Di Lauro, uno de los aproximadamente 60 que se reparten Nápoles, se enfrenta a una rebelión interna protagonizada por un grupo conocido como Gli Spagnoli, porque algunos de sus miembros se refugiaron durante un tiempo en Marbella y otras ciudades turísticas españolas. La lucha por el control del barrio ha causado al menos 123 muertos desde enero. Los españoles empezaron a organizarse entre sí dos años atrás, cuando el boss, Paolo di Lauro, Ciruzzo o Milionario, se marchó de Scampía para huir de la policía y se ocultó en algún lugar desconocido, dejando como delegado a su hijo Cosimo, que desapareció a su vez del barrio en 2003. Con esas ausencias, los españoles se sintieron fuertes e intentaron hacerse con el mando.

Varios lugartenientes de los Di Lauro, como Gaetano di Pasquale, fueron borrados del mapa por el tradicional sistema de la disolución en ácido. Los Di Lauro reaccionaron con una campaña de exterminio de los secesionistas y de sus familiares. "Todo el mundo está ahora pendiente de nosotros, el ministro nos ha enviado 300 agentes de refuerzo y lanzamos redadas continuas", explica el comisario Errico. El jueves por la mañana fueron detenidas 51 personas. Fue una operación casi bélica, que requirió un millar de agentes con apoyo aéreo de helicópteros y con varias dotaciones de bomberos dedicadas a derribar las barricadas y blindajes de las viviendas. Mujeres y niños arrojaban desde las ventanas muebles y platos contra los policías apostados en la calle. "Fue un golpe muy duro contra el clan Di Lauro", comenta el comisario, quien, sin embargo, intenta poner las cosas en perspectiva: "Ha habido situaciones peores y esto no va a cambiar en un futuro próximo, por mucha gente que muera o metamos en la cárcel". Entre 1980 y 1982, tras la caída del gran capo Raffaele Cutolo, condenado a prisión perpetua en régimen de aislamiento, la guerra entre dos alianzas camorristas, la Nuova Camorra Organizzata y la Nuova Fratellanza, dejó tras sí más de 700 cadáveres.

El comisario Errico intenta participar en la escasa vida cívica legal de Scampía. El lunes acudió al instituto Carlo Levi, una de las dos escuelas de la zona, para alertar a los niños sobre los riesgos de los petardos de fin de año. Como todo en el cinturón norte de Nápoles, conocido con el nombre genérico de Tercer Mundo, los petardos locales son exagerados. Los llamados maradonas, fabricados en talleres clandestinos de la Camorra, poseen tal potencia que su onda expansiva puede romper los cristales cercanos. A los críos les encantan. "Todos estos niños, todos, recibirán en algún momento la oferta de trabajar como camellos", dice el comisario señalando a la chiquillería, probablemente ya habituada a practicar el ojeo. En cuanto un policía penetra en Scampía, niños y niñas hacen circular la voz. "María, María", dicen, y los adultos quedan sobre aviso. Lo de "María" viene de otros tiempos, cuando para dar la alerta se cantaba a voz en grito un avemaría.

Salarios

Un camello menor de edad viene a ganar 500 euros a la semana. Poco después puede subir un grado y convertirse en patrullero, uno de los chicos que circulan en ciclomotor y avisan a los mandos de cualquier movimiento sospechoso en el barrio. En ese caso, el sueldo semanal asciende a unos 1.000 euros. Con seguridad completa: el dinero se percibe incluso estando en la cárcel, y el clan se ocupa de proteger entretanto a la familia. El clan cubre también los gastos sanitarios. En una zona económicamente deprimida, ¿cómo no caer en la tentación? "En Scampía hay chicos que no pueden concebir siquiera la idea de legalidad", admite la alcaldesa de Nápoles, Rosa Russo Iervolino.

La Camorra es una cultura, un sistema de organización social, una economía. Un mundo aparte. Tiene sus negocios legales para blanquear el dinero de la droga, sus contactos políticos y sus tradiciones. El camorrista es muy religioso y devoto de Nuestra Señora del Carmen, patrona de la Camorra, y si sobrevive a los conflictos clánicos y evita las condenas largas, disfruta de una existencia acomodada y hasta feliz.

Los 85 agentes de la comisaría de Scampía sólo confían en que acabe la actual guerra. Tras las detenciones en el clan Di Lauro, creen que los españoles tienen posibilidades de vencer si se alían con el otro clan de Scampía, los Licciardi, y reconstruyen la antigua Alianza de Secondigliano. "Aquí llega droga de todo el mundo, armas de los Balcanes, matones albaneses, y eso no se va a acabar. Lo que llama la atención de la gente son las matanzas. Cuando termine la guerra", augura Errico, "volveremos a la normalidad. Esto seguirá siendo peligrosísimo, pero no saldrá en los periódicos".

Víctima de la violencia callejera entre las bandas de la Camorra.
Víctima de la violencia callejera entre las bandas de la Camorra.REUTERS

El otro Estado

LA CAMORRA, COMO LA MAFIA siciliana y la Ndrangheta calabresa, es la expresión de un vacío. El Reino de Nápoles nunca creó un Estado, y tras la unificación italiana, a partir de 1861, las organizaciones clandestinas asumieron la función de "mediadoras" entre la ciudadanía sureña y el poder central. A finales del siglo XIX, los prefectos de Roma se habituaron a utilizar a los guappos (el nombre que recibían los jefes locales de la entonces llamada Bella Società Riformata) como agentes de seguridad, y dejaron que se desarrollara el Estado paralelo conocido hoy con el nombre de Camorra.

El origen de la palabra "camorra" no está claro. Según unos, proviene de "gamurra", una chaqueta corta que empleaban los matones españoles que campaban por el reino napolitano en los siglos XVI y XVII. Otros dicen que procede de la palabra española "camorra", en el sentido de bronca o riña. En cualquier caso, es una organización social basada en los conceptos dominantes en el viejo imperio español, como el honor, el catolicismo y el rechazo a las innovaciones. Maurizio Esposito, profesor en la Universidad de Casserta y uno de los principales estudiosos de la Camorra, señala que el primer código escrito, llamado frieno, data de la primera mitad del siglo XIX. El frieno prescribía la obediencia al jefe clánico y el secreto absoluto. A comienzos del siglo XX, con la democratización y la incipiente industrialización del Sur, la Camorra tomó las riendas de la política y la economía.

A diferencia de la Mafia y la Ndrangheta, de mentalidad rural, la Camorra siempre fue urbana (en 1600, Nápoles era ya una de las mayores ciudades de Europa) y vivía del contrabando, del chantaje, de la usura y de su participación en todas las obras públicas. Las cosas cambiaron tras la Segunda Guerra Mundial. El estadounidense Lucky Luciano introdujo en el sur de Italia el negocio de la droga, cuyas rentas se multiplicaron y legalizaron gracias al boom inmobiliario de los cincuenta y los sesenta, y la Camorra alcanzó un poder que se ha acrecentado con los años.

* Este artículo apareció en la edición impresa del sábado, 11 de diciembre de 2004.

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