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VIAJE DE CERCANÍAS

Vida y paz

Mercedes está en el centro de la foto. Tiene 92 años. Todavía trabaja y se siente joven. Hace frivolité. Con el dinero que saca de las puntillas ayuda a sus compañeras de Ruanda. Si no trabajara, hasta donde buenamente puede, se consideraría una carga para los demás. Nunca quiso serlo. Mercedes, como su hermana que murió tiempo atrás, ingresaron juntas en una orden religiosa hace ya cincuenta años. El mismo día. Pero no se trasladaron a vivir en comunidad hasta después de que su madre falleciera. Lo primero era cuidarla y acompañarla. Porque la religión que practican es la de ayudar a quien te necesita olvidándote de ti mismo.

Bertrand Russell dejó escrito que todas las religiones son igualmente falsas y perniciosas. Es una frase demoledora. ¿Qué puedes replicar? Nada. O justamente lo contrario: que todas las religiones son igualmente verdaderas y beneficiosas. Da igual. Pero lo que no da igual es el ejemplo. La bondad de los actos va mas allá de las palabras. Ésa es la verdad de cualquier religión que merezca este nombre. Jamás la otorga el poder político ni las cuentas bancarias.

"La bondad de los actos va más allá de las palabras. Ésa es la verdad de cualquier religión que merezca ese nombre. Jamás la otorga el poder político ni las cuentas bancarias"

Mercedes no ha leído, por supuesto, a Bertrand Russell. Nadie en su familia leyó a pensadores ingleses, alemanes o franceses. Les faltó el tiempo, entre otras cosas. La familia de Mercedes era manchega. Su padre se llamaba Leonardo y fue guardia civil sin graduación. Estuvo destinado varios años en Casas de Ves, un pueblo de la provincia de Albacete. A su mujer la encontró en otro pueblo próximo llamado Villamalea. Pero ella murió muy pronto dejando una hija de corta edad. Y Leonardo, que era un hombre práctico, propuso matrimonio a la hermana menor de su esposa muerta. Para qué dar mas vueltas. Todo en familia. Aquella mujer se llamaba Elena.

Luego nacieron tres hijos. Un varón y dos hembras, una de ellas Mercedes. El guardia civil tenía un sueldo demasiado bajo. Vivían apretados en la Casa Cuartel del pueblo. Leonardo pensó que debería olvidarse del tricornio para darles una buena educación a sus hijos. Tendría que ir a la ciudad. Hablamos de tiempos anteriores a la República. Y un buen día todos emprendieron el viaje a Valencia donde Leonardo encontró empleo como vigilante en la Caja de Ahorros y Monte de Piedad. Leonardo se pasaba las noches no dentro del edificio, sino dándole vueltas por el exterior. Y de día también era preciso trabajar. Había que alimentarlos a todos. ¿Cuándo descansaba aquél hombre tan silencioso, alto y flaco que nunca se quejaba de nada?, se pregunta Mercedes. Su hijo sería médico. Y las chicas podrían casarse bien, o tener trabajos mejores que los suyos.

Pero llegó la guerra civil. La familia, como tantas otras, se dividió. El hijo, que ya era médico, pasó de la zona roja a la nacional, donde lo nombraron inspector en campos de prisioneros. Cuando visitaba esos campos preguntaba por los soldados de los pueblos de la Mancha donde él tenía parientes, o por los de Valencia. Y los ayudaba. El inspector médico también intentó salvar a un coronel rojo condenado a muerte. El coronel era un hombre muy religioso. Hablaban de Dios, y de la otra vida que le aguardaba después del fusilamiento. Pero el militar no quería enfrentarse al pelotón. Él no había matado a nadie. Obedeció órdenes de sus superiores. ¿Por qué esa condena? ¿No merecía el indulto? De Burgos nunca llegó el indulto. Y el médico vio morir de miedo al coronel antes de que lo mataran. No tuvo fuerzas para presenciar su ejecución.

Entretanto, Mercedes, con su madre y su hermana, cuidaban en Valencia del padre muy enfermo quien, bajo el terror de los bombardeos y de la fiebre, llamaba a su hijo. ¡Si estuviera aquí podría curarme!, repetía Leonardo. Pero no estaba allí. Y el hombre murió de una perforación intestinal mal diagnosticada. Murió por trabajar tanto, por no dormir, por sufrir en su vida de aquel modo, recuerda Mercedes.

Dos años mas tarde llegaría la paz de una posguerra difícil y cruel. Todo escaseaba. La familia, eso sí, se reunió. Elena, viuda, con sus dos hijas. También el hijo medico que compró con su primer dinero una radio para que la madre y las hermanas oyeran a Bobby Deglané. Y el rosario. Y la misa radiada de los domingos.

Por aquel tiempo conocieron a un cura navarro que se llamaba don Cornelio. Había fundado una orden religiosa o, mejor dicho, un instituto seglar para mujeres. Era un tipo campechano con las mejillas del color del chorizo y las ideas claras. No, en absoluto las religiones son todas igualmente falsas y perniciosas porque un buen cristiano no engaña, dice la verdad, piensa en sus semejantes. Y las religiones que hacen el bien a sus semejantes son verdaderas. ¿Qué es, si no, la verdad?

La religión dice que ames a tus padres. Debes cuidarlos y acompañarlos en su vejez y hasta el final. Por eso sólo hasta que murió su madre, Mercedes, ni su hermana, cambiaron su propia familia por la que aparece en la foto. Luego serían enviadas para hacer el bien por distintos puntos de España, Japón, Ruanda o Brasil.

Mercedes había trabajado varios años en el Ayuntamiento de Valencia. Y cuando aquello acabó, la destinaron a cocinar en el mismo instituto. Su hermana, en cambio, trabajó pirograbando cajas en las que dibujaba a fuego monumentos de Valencia: la Torres de Quart, el Miquelet, el palacio de Dos Aguas. Era artista. También tocaba el violín. Y la casa se llenaba de pronto de un olor a madera quemada, y a música. En lugar de ascensor la casa disponía de una larga cuerda con la que desde el rellano de cada piso se abría la puerta de la calle.

El jueves pasado Mercedes y otras seis religiosas celebraron sus bodas de oro. Primero se reunieron con sus familias y amigos en la iglesia del Temple. Luego tuvieron una comida de esas largas, con fotos, abrazos y algún pañuelo para las lágrimas. Quedan pocas religiosas en este instituto seglar (hay 130 en todo el mundo) y lamentan la falta de nuevas vocaciones como no sean las que provienen del Tercer Mundo. El mundo de aquí, el nuestro, ha cambiado demasiado.

Mercedes, y sus compañeras, se sienten afortunadas. Por supuesto ninguna de ellas sospecha que su foto pueda salir en un periódico. Porque ¿a quién le interesa conocer unas vidas humildes y anónimas?

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 12 de diciembre de 2004