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Crítica:

Principios de imperfección

Las claves económicas, sociales y políticas del mundo actual son analizadas por Valentí Puig en una mezcla de ensayo y de crónica. Desde una óptica liberal, el narrador y poeta no puede sustraerse al discurso sobre la crisis de valores en las sociedades contemporáneas.

En un país como España en que el pensamiento liberal tiene escasa tradición y el pensamiento conservador está lastrado por una tradición que contiene lo peor del catolicismo y por la promiscuidad con el militarismo, es un alivio encontrar a alguien que, desde posiciones conservadoras, con solvencia e información y buena selección de las lecturas, intente explicar las claves del mundo que viene. Éste es el caso del novelista, poeta, ensayista y periodista, Valentí Puig y su libro Por un futuro imperfecto.

Repite varias veces Puig, como respuesta a "la ilusión de un progreso moral cualitativo", que "el ser es finito, la existencia es autocontradictoria y la vida es ambigua". De esta autocontradicción, creadora de sentido realista de la historia -que es lo que defiende Puig, por encima de todo-, es su propio pensamiento una manifestación ejemplar. Puig es un conservador que abraza algunos de los principios básicos del liberalismo pero se asusta ante algunos de sus efectos. Mientras el liberalismo toca al dinero -propiedad privada, economía de mercado, libertad económica, poco Estado en los negocios- todo va sobre ruedas, pero cuando se entra en la dinámica de la liberalización de costumbres y de los cambios en instituciones tradicionales como la familia, Valentí Puig da un paso atrás, y empieza a ver amenazas de disolución social porque "la cultura de la transgresión", dice, "por light que sea, ha erosionado también la razón moral de los lenguajes civiles".

POR UN FUTURO IMPERFECTO

Valentí Puig

Destino. Barcelona, 2004

253 páginas. 18,50 euros

El Estado es un estorbo para

la vida económica. Y cada vez lo será más. En el futuro, según Puig, la economía será "cada vez más invisible, un caudal tumultuoso circulando por el ciberespacio", y el Estado, "incapaz de controlar el movimiento del dinero e impotente a la hora de recaudar impuestos", se limitará a contratar "protección y seguridad" a unos individuos que ya no serán ciudadanos sino clientes. Lo cual obliga a formular una pregunta: ¿es posible una democracia sin ciudadanos? ¿La ciudadanía no es la expresión del rol político de los individuos? El realista Valentí Puig ha caído en la tentación utópica que, como dice con acierto, nos acecha a todos y ha provocado los peores desastres.

Como buen conservador, Valentí Puig no puede sustraerse al discurso de la crisis de los valores: "Asistimos a un ocaso de la noción moral de deber, en sociedades mimadas, compuestas por individuos a quienes todo les es debido y nada les es obligado". En su preocupación por la falta de rigor moral, Valentí Puig sueña el siglo XXI como un nuevo siglo de la religión. Todo el libro está recorrido por un trazo que me parece relevante: el pensamiento mediador del teólogo Reinhold Niehbur, que desconfió de la razón, demasiado prisionera de los intereses.

Puig mezcla con acierto ensayo y crónica, aunque a veces se dan saltos algo precipitados entre registros filosóficos e interpretativos y afirmaciones de política coyuntural. Como nos enseñó Montaigne, todo ensayo es un ejercicio de pintarnos a nosotros mismos. La fuerza literaria de Valentí Puig aparece en el proceso de construcción de sí mismo, a partir del realismo, de la moral y de la religión.

No me entretendré en lo que me resulta más obvio y menos interesante, por repetido, del libro: la crítica inevitable a todos los fantasmas del pensamiento conservador: del antiamericanismo a la debilidad moral europea, pasando por el laicismo, el narcisismo y la cultura de la transgresión, y terminando en la figura del intelectual público moralista. Con todo creo que el punto débil del libro es la centralidad absoluta que da al terrorismo. Estoy de acuerdo en que teniendo el terrorismo metido en las calles no se puede mirar alegremente a otra parte, pero tampoco se puede mirar sólo a esta parte. El mundo tiene otros muchos problemas. Y mientras todo el discurso se concentra en el terrorismo, Putin, por ejemplo, tiene manos libres para ir construyendo el neoautoritarismo en Rusia.

El motor del libro es la idea

de imperfección. Me parece difícil no compartirla: la perfectibilidad indefinida de la especie es ya un mito, aunque sea ilustrado. Cada vez que en nombre de una realidad superior se nos ha hecho dar un salto ha terminado de modo catastrófico. Por eso, en este momento, también hay un gran peligro a la derecha: dónde hay una revolución moral en marcha, Bush quiere redimir el mundo, y con instrumentos para hacerla. Estoy de acuerdo con Puig en dos cuestiones: la importancia del mal, tan ninguneada por el optimismo moderno, y la defensa del pluralismo frente al tópico multiculturalista. La primera consecuencia del principio de imperfección es que nadie debería convertir sus creencias tribales en verdades absolutas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 27 de noviembre de 2004

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