Tribuna:AULA LIBRE
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Educación y literatura, una visión desde las aulas

Quienes estamos a pie de aula rara vez nos asomamos a las páginas de la prensa o las revistas especializadas a reflexionar en voz alta y a compartir nuestras incertidumbres. Demasiado urgidos por el día a día, un tanto "fuera de lugar" ante los "expertos", y sabedores de llevar a nuestras espaldas muchas más preguntas que respuestas, solemos rumiárnoslas en silencio. Paradójicamente, miramos con una cierta distancia cuanto, acerca de la escuela, sale en los periódicos y acogemos con un cierto escepticismo los discursos pedagógicos. Nos sabemos cosidos a la entraña misma del tejido social, tenemos la impresión de contar con una suerte de atalaya que nos permite vislumbrar la dirección en la que colectivamente caminamos y, sin embargo, nos resistimos a hacer oír nuestra voz para contribuir, en la medida de lo posible, a enderezar el rumbo.

Pero, ¿se puede enderezar el rumbo? Estas líneas nacen de la convicción de que es posible -e imprescindible- enderezarlo; saben bien que la educación no es sólo, ni siquiera prioritariamente, cosa de la escuela, pero saben que también ella tiene su responsabilidad y sus retos. Responsabilidad, entre otras cosas, de abrirse al resto de la sociedad, de propiciar un análisis compartido en torno a cuáles deben ser los fines del sistema educativo. Saben, en fin, que éstos no cambian tan sólo porque los legisladores así lo determinen. Son muchas las cosas que hay que repensar colectivamente y urge que nos pongamos a ello.

Voces autorizadas vienen abogando por un sistema educativo que forme en un nuevo tipo de ciudadanía, alejada ya de los corsés decimonónicos, y que suele calificarse de "democrática", "social", "paritaria", "ecológica" e "intercultural". Cada uno de estos adjetivos lleva tras de sí una noble historia de resistencias y utopías, y ninguno cuenta con un mojón que acredite que ya se llegó a meta. Son conceptos que han de construirse día a día y que, lejos de alojarse en los libros, han de estar encarnados y reinventarse constantemente. Son aprendizajes que no pueden agregarse al resto; es sobre sus cimientos sobre los que ha de levantarse cuanto se hace y se dice en las aulas.

Así las cosas, una no puede dejar de preguntarse cómo apenas nadie parece cuestionarse la idoneidad de los contenidos literarios de la escuela. El canon literario escolar, la selección de textos que deben ser leídos, no puede quedar al margen de los objetivos que vertebran el sistema educativo, ni mucho menos contradecirlos. Los relatos que al cabo habrán de conformar nuestro imaginario colectivo no pueden prescindir tampoco de los lectores a que van destinados. Y si de enseñar a leer y a escribir se trata, no podemos dejar de lado, "desdeñosamente" -el adverbio es de Freire-, la lectura del mundo.

Un mundo roto por un sangrante desequilibrio en el reparto de las riquezas, en el que día a día se invierte en armas lo que podría acabar con el hambre -que mata- en el planeta; un mundo en el que han reventado las fronteras de antaño y que se ve perentoriamente abocado o bien al encuentro o bien a la confrontación entre sus pueblos. Si aceptamos que es en los relatos compartidos donde fermenta la cohesión de un grupo humano, habremos de preguntarnos si queremos circunscribirlos a unas precisas fronteras políticas, o si es hora ya de poner a conversar, también y sobre todo en las aulas de secundaria, la obras de la tradición hispánica con otras que forman parte de nuestro pasado o llamadas a incorporarse a nuestro imaginario colectivo. Que el famoso "choque de civilizaciones" acabe siendo o no una de esas profecías de autocumplimiento depende también de nuestras elecciones.

Las decisiones en materia educativa no deben -no deberían- sustraerse tampoco a lo que las disciplinas teóricas de referencia vienen diciendo acerca de las materias objeto de conocimiento y la forma en que se produce el aprendizaje. Hoy ya sabemos que los alumnos no son lienzos en blanco sobre los que impresionamos aquello que debieran saber, ni vasos vacíos sobre los que volcamos saberes enciclopédicos. En el acto de lectura nadie puede usurpar el papel del lector, que se acerca al texto con un preciso horizonte de expectativas. Del diálogo que entre ambos se establezca brotará una precisa interpretación; de ahí que nunca dos lectores, dos generaciones, lean un mismo texto de manera idéntica. Pero para que ese diálogo sea fecundo, es preciso que el texto tenga algo que decirle al lector, que el lector tenga algo que decirle al texto.

Quiere todo esto decir que el canon literario de la escuela, la selección de textos que deben ser leídos, debiera adecuarse al horizonte de expectativas de los adolescentes. Debiera conectar con sus miedos e incertidumbres, con sus sueños, sus fantasías. Y seamos ya claros: ni Berceo, ni Manrique, ni Quevedo, ni Galdós son hoy sus mejores interlocutores. Los adolescentes están más necesitados que nunca de buenas historias, de buena literatura desde las que leerse. Y si la que les ofrecemos en las aulas no conecta en modo alguno con su sensibilidad y sus inquietudes, estamos dejándolos solos con todo ese otro bagaje que ya traen puesto cuando entran en el centro, y que va dictando, hoy por hoy, sus modelos, sus valores, sus pautas de comportamiento. No podemos "dar clases" de literatura como si Disney no existiera, como si nuestros estudiantes no pasaran horas y horas frente al televisor, el ordenador o las videoconsolas. Tampoco basta con un gesto de desprecio. Esos referentes son los que tienen para ellos toda la legitimidad cultural, y, si pretendemos desmontarla, habrá que cambiar de estrategia.

¿Qué propongo? Una reinvención del canon literario de la escuela que, sin renunciar al criterio de excelencia -¡hay tanto bueno donde elegir!-, atienda a los sucesivos círculos concéntricos que hoy conforman nuestra identidad colectiva, y se adecue al tipo de receptor a que va destinado. A su horizonte de expectativas... y a su competencia lectora. Debemos poner a los estudiantes en contacto con buena literatura, pero literatura susceptible de ser degustada con fruición a los 14, a los 15, a los 16 años. Susceptible de ser leída -esto es, entendida, comprendida, interpretada- por una chica o un chico de los que hoy llenan nuestras aulas. Porque una cosa es que la profesora, el profesor, pueda -y deba- contribuir al desarrollo de las competencias lectoras de los estudiantes, y otra muy diferente que se apropie de las atribuciones que a cada lector corresponden.

Para ello, claro está, habría que renunciar a las ambiciones enciclopédicas. Habría que inclinarse por diseñar dos o tres "constelaciones literarias" por curso, en las que las obras seleccionadas se pusieran en relación con discursos procedentes de otros ámbitos -cine, publicidad, televisión- con los que mantienen algún tipo de vínculo. Sólo así, desde una lectura "en contrapunto" -en expresión feliz de Edward Said- de unos textos y otros, podríamos proveer a los adolescentes de herramientas de análisis para que más allá de los muros del colegio o instituto puedan seguir siendo lectores críticos y autónomos de todo tipo de discursos.

De este modo no sería tan imprescindible una asignatura de "educación para la igualdad y prevención de la violencia de género", porque tal vez unos y otras no tendrían tan asumido que la mujer ha de aguardar siempre la transformación de la Bestia en Bella, aunque se le vaya la vida en ello; porque unos y otras habrían aprendido a leer críticamente los modelos masculinos y femeninos que la sociedad nos propone, y andarían empeñados en la tarea de reescribirlos. Tampoco serían necesarias tantas jornadas interculturales, porque todos sentirían que Las mil y una noches les pertenece como La odisea o El Quijote. Tal vez no haría falta una asignatura de ciudadanía democrática porque estarían habituados a preguntarse por el sentido de las cosas, a confrontar sus interpretaciones con las de sus iguales, a argumentar, a consensuar. A contrastarlas con las de quienes en otros tiempos o lugares se acercaron a los mismos textos o a los mismos problemas.

Guadalupe Jover es profesora de Lengua Castellana y Literatura en el instituto de educación secundaria (IES) Azorín de Elda/Petrer (Alicante).

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