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Tribuna:

Dialogar sobre los valores

Hace unos días leí la noticia de que el primer ministro holandés había convocado a un diálogo sobre valores éticos. Me pareció una iniciativa excelente. Luego llegó el tío Paco con la rebaja, porque no se trataba de un gran diálogo nacional, sino de una reunión en La Haya entre unos pocos expertos, sobre todo políticos y profesores. No está mal, pero me pareció poco.

En todo caso, me parece que nuestro país necesita con urgencia un debate abierto sobre valores morales en el que participe toda la sociedad.

"Pero ese debate ya existe", me contesta el lector. Bueno, no es ésa la impresión que tengo yo. Me parece que lo que existe es un gran diálogo de sordos, en el que uno dice lo que piensa y otro se mete con él, en clave ideológica, casi siempre para desautorizarle, sobre todo si se trata de valores religiosos. En concreto, el propósito del Gobierno de acentuar el contenido laicista de la legislación está bien alejado de un auténtico debate público, constructivo y respetuoso sobre los valores de la sociedad española.

Hace unos años, Jordi Pujol, entonces presidente de la Generalitat de Cataluña, convocó a un grupo de expertos en la Comisión para un Debate sobre los Valores. No se trataba de discutir dentro de la comisión, sino de explicar las condiciones que debían cumplirse para que en la sociedad catalana se generara un diálogo respetuoso sobre los valores. Aquella comisión publicó hace algo más de tres años sus conclusiones, que tuvieron entonces poco eco en la prensa, pero me parece que siguen siendo plenamente válidas en las circunstancias actuales.

Se decía entonces que un debate público y abierto sobre los valores debía partir de la superación de tópicos, prejuicios y estereotipos, algo que hay que emprender, sobre todo, en el ámbito familiar y educativo. Que debía basarse en una actitud de respeto activo a la persona del otro. Esto no significa, por supuesto, que debamos aceptar sus ideas, pero las ideas se han de combatir con otras ideas, no con la violencia ni con la descalificación. Se decía también que un debate sobre los valores debía llevarse a cabo en un plano de simetría entre los diversos actores, no solamente en el ámbito de los derechos y deberes, sino también de las condiciones sociales, culturales, lingüísticas, económicas y educativas. Esto parecía particularmente importante ante grupos especialmente débiles y vulnerables.

Es importante explicitar honestamente los propios valores. Esta honestidad intelectual es difícil en una sociedad que pone demasiado énfasis en lo políticamente correcto, lo que puede dificultar la expresión sincera de los propios valores. Si uno no puede decir lo que piensa sin que inmediatamente se le cuelgue un sambenito y se le descalifique para el diálogo, será muy difícil progresar en el entendimiento mutuo. Y la creación de ese clima de confianza para el diálogo es importantísima, sobre todo por parte de los medios de comunicación y de los que ejercen el poder.

En aquel informe se ponía énfasis también en la capacidad de escuchar las razones del otro, lo que exige la creación de espacios de diálogo, tanto en los medios de comunicación como en las instituciones sociales, económicas y políticas. Y se decía que hay que evitar la apropiación excluyente de los valores: una cosa es que un grupo político, social o religioso defienda determinados valores y otra cosa muy distinta es que niegue el derecho de otros a defender esos mismos valores, incluso desde posiciones distintas.

Se hablaba también de la capacidad de argumentar racionalmente, del esfuerzo por detectar los valores positivos que están presentes en la posición contraria (¡cuánto ganaríamos en nuestra convivencia si siempre nos esforzásemos por empezar nuestro análisis con los aspectos positivos de las posturas que no compartimos!) y de la superación de posiciones tanto fundamentalistas (del que se considera en posesión excluyente de la verdad) como relativistas (porque no es posible un debate de ideas cuando se parte del principio de que "todo vale igual").

Se decían otras muchas cosas interesantes en aquel informe de la Comisión para un Debate sobre los Valores, que valdría la pena difundir de nuevo y cuyos principios deberíamos tener siempre delante los que estamos en la mejor posición para llevar a cabo ese debate: los políticos, los educadores, los que trabajan en medios de comunicación, los líderes sociales, los representantes de asociaciones e instituciones públicas, etcétera.

Pero hay algo que a todos nos corresponde: "En sociedades abiertas y plurales", se decía, "con diversidad de culturas, creencias, valores, ideologías, formas de pensar y cambios sociales acelerados, la persona y la comunidad han de estar en condiciones de elaborar su proyecto de vida y construir la matriz de valores con la que puedan orientarse en una realidad tan compleja y cambiante". Pues... empecemos por ahí.

Antonio Argandoña es profesor de economía del Instituto de Estudios Superiores de la Empresa (IESE).

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 15 de noviembre de 2004