IDA Y VUELTAColumna
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Después de las elecciones

¿Ha oído usted hablar del doctor Alfred Attendu? Está relacionado con el señor J. Rodolfo Wilcock. ¿Y quién es ese Wilcock? Alguien que no está relacionado con las elecciones norteamericanas, aunque este artículo, a base de lanzar tímidas indirectas, sí lo está con esas elecciones. Sin embargo, el artículo habla esencialmente de este señor Wilcock, escritor nacido en Buenos Aires en 1919, amigo de Borges. Deberían haberle puesto ya en un pedestal porque fue simplemente un genio, pero el horno está hoy sólo para las hermandades de las sábanas blancas, los códigos que insultan nuestra inteligencia y otros bollos. Cuando Wilcock en 1958 se trasladó a vivir a Italia, se reinventó a sí mismo como un virtuoso de la literatura italiana, abordando con maestría casi todos los géneros. Wilcock es un caso de radical originalidad, difícil de clasificar. Fue un escritor de primera fila tanto cuando escribía en argentino como cuando posteriormente lo hizo en italiano. Hoy en día es sólo un autor para "inmensas minorías", lo que imagino que sería un honor para él.

En cuanto a Alfred Attendu es uno de los personajes de ficción de La sinagoga de los iconoclastas, un libro de Wilcock que se tradujo en Anagrama en los años ochenta y se reeditó hace cinco, un volumen lleno de biografías inventadas y, en opinión de Roberto Bolaño, "uno de los mejores libros que se escribieron en el siglo XX". Ese doctor Attendu fue un hombre que durante la II Guerra Mundial dirigió en Haut-les-Aigües, en un rincón del Jura próximo a la frontera suiza, un panorámico Sanatorio de Reeducación que en realidad era simplemente un hospicio para cretinos. Parece ser que durante la guerra el doctor realizó en ese centro todo tipo de osados experimentos con los cerebros de los memos allí reunidos y sus experiencias las reflejó en un libro inmensamente inmoral, pero muy divertido, que tituló El hastío de la inteligencia, donde el tal Alfred Attendu da la impresión de ser de esa clase de personas que están completamente seguras de que un hombre inteligente es un hombre inteligente, lo que no quita que si va a pie siempre irá menos rápido que un cretino que vaya en coche.

Hablando de coches, debo decir que los nazis no molestaron al doctor Attendu gracias al desastroso estado de la única carretera de acceso a aquel sanatorio, destrozada por un bombardeo equivocado. Al parecer, según cuenta Wilcock, los alemanes creyeron que la carretera llevaba a Suiza por culpa de un mojón con una flecha que indicaba Refugio de retrasados mentales. Los nazis le dejaron en paz y el doctor Attendu se convirtió en el rey de su pequeño reino afortunado, y desde lo alto de Haut-les-Aigües se pasó la guerra con unos prismáticos, viendo ir y venir a los ejércitos de uno y otro bando, como en un filme cómico o como si estuviera viendo la bochornosa guerra de Irak de nuestros días, viendo a gente "disparando hacia atrás, huyendo hacia la victoria, construyendo para destruir, arrancándose entre ellos banderas de modesto precio al precio de la vida".

Creo que, en los tiempos bélicos de hoy, muchos son los que desearían irse a vivir a un asilo de idiotas, pues cada vez parece más importante no ser visto por un poder que lidera un mundo mentalmente retrasado. En los tiempos actuales, un ciudadano cabal está más seguro en un asilo de cretinos que en el mundo de los cretinos de verdad. Habrá que ir pensando en hacerse invisibles. Como el doctor Attendu, que era muy atento y atendía muy bien a sus enfermos. He oído decir que era de la estirpe de los que piensan que un presidente norteamericano moderado es alguien que ha agotado sus municiones.

* Este artículo apareció en la edición impresa del sábado, 06 de noviembre de 2004.

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