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VISTO / OÍDO
Columna
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La muerte y el embrión

Entra en el conocimiento general la idea de que la muerte no existe: es un cese de la vida, y el ser existe entre dos nadas, entre nacer y morir. A muchos les fastidia, porque esperan un más allá eterno y grato, según cada estatuto religioso o superstición de fantasmas. A otros nos tranquiliza. Una razón para saber que no hay más allá es ver qué fácilmente los dirigentes de las supersticiones manejan la idea de que la vida hay que defenderla a toda costa; pero matan en un año cien mil personas en Irak o dejan morir a 18.000 en Estados Unidos porque no tienen dinero para médico. Son cifras de moda, por la campaña electoral: no cesarán gane quien gane; y en esa moda de campaña está también la expresión de Bush de que Dios habla a través de él, que es un enviado. Quienes dicen que no se lo creen ignoran cómo trabajan sus neuronas; no se fijan en cómo habla, lo que dice. No recuerdan a Franco, no se fijan en cómo es el Papa. Esta doctrina de aquí, tan familiar, que se nos cuela en la infancia, ha ido adhiriéndose al poder desde la romanización, y el poder ha necesitado vidas y muertes; la "defensa de la vida", su frase actual para oponerse a las innovaciones de Zapatero en materia de sociedad, procede de la necesidad que tuvieron los poderes de mano de obra barata, soldados de infantería, siervos de la gleba o esclavos, y creó el castigo supremo al suicida para no perder al trabajador que no aguantaba más el maltrato y la desesperación. Ya no hacen falta, pero la doctrina de la fe no cesa en proteger su divinidad. Menos mal.

Necesita acudir a semánticas raras para matar y defender la vida al mismo tiempo, como el Enviado Bush, o como el cardenal Torquemada, que tanto influyó desde la Inquisición sobre la sociedad española; hasta el propio Franco; o como la campaña para santificar a Isabel la Católica (por antonomasia), que destruyó miles de vidas de "infieles" y produjo las expulsiones en masa que se adelantaron en el tiempo a Hitler; y al "pensamiento único". Los protozoos de la vida humana se pierden por millones por el gran sistema de alcantarillado moderno; y los óvulos. Se trata ahora de que alguna fecundación no arrastrada, sino guardada, se utilice para salvar vidas ya organizadas. El respeto a esas vidas humanas en riesgo tampoco existe; el del embrión, sí. No tiene sentido.

Cuando leo (ayer, aquí) que la opinión de los españoles sobre la Iglesia católica es cada vez peor, no dejo de pensar en estas contradicciones tan molestas para todos.

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