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Crónica:NUESTRA ÉPOCA

Democracia, toma 2

Qué contraste entre los espectáculos de la democracia de Washington y Bruselas.

Llegó el momento de la verdad en Bruselas, pero no apareció nadie. El sheriff Barroso dijo que necesitaba más tiempo para modificar su comisión. Un miembro alemán de la banda que acechaba en las vías del tren murmuró: "Todos confiamos en hallar una solución". Entonces, Hans-Gert Pöttering tomó otro amenazador trago de agua Perrier. Mientras tanto, en Washington, dos hombres armados hasta los dientes caminan por la calle principal, cada uno con la pretensión de que él es Gary Cooper y el otro es el gánster asesino Frank Miller. No cabe la menor duda de que el próximo martes, a mediodía, veremos un tiroteo.

Qué contraste entre los espectáculos de la democracia de Washington y Bruselas. En la parte derecha de la pantalla se desarrolla el mayor western del mundo. Cientos de millones de personas mirarán, en todo el planeta, el mano a mano de Kerry y Bush. Todos conocemos el reparto: un puñado de personajes tremendos, llamativos, que, en muchos casos, hablan y andan como estrellas de cine. Es una superproducción de Hollywood: se calcula que, sólo en la última semana, se han invertido 100 millones de dólares en anuncios políticos, y aproximadamente 1.000 millones de dólares en el conjunto de la campaña. En ella está el hombre más poderoso del mundo, y también hay guerra, sexo, Dios y mentiras. Es un drama que nos afecta a todos. "Estoy muy nervioso ante el martes", me decía un estudiante paquistaní, "aunque no sea mi país". ¿Qué más puede desear un director de cine?

Da la impresión de que, para ser candidato a un cargo político importante en EE UU, hay que ser multimillonario. En esa categoría están Bush, Kerry, Cheney, Bloomberg...

Hay que reconocer que hay algo de audaz, e incluso revolucionario, en intentar hacer funcionar un Parlamento con 20 idiomas distintos

Para describir el sistema político estadounidense actual, hay la tentación de recurrir a una palabra medio olvidada: plutocracia

Eurodrama posmoderno

En la parte izquierda de la pantalla está el eurodrama posmoderno con subtítulos, sacado de la cadena francoalemana Arte. El reparto incluye a cientos de personajes, casi todos totalmente desconocidos para la mayoría de los espectadores. (¿Pöttering? ¿Quién es Pöttering?). Hablan 20 idiomas distintos, o un inglés peculiar. La acción se desarrolla, sobre todo, a puerta cerrada, a base de complejos acuerdos logrados en salas sin humo. En vez de Dios, guerra y mentiras, en un episodio normal suele figurar el párrafo 257b de la directiva consolidada sobre la aclaración de tal o cual chisme. Rocco Buttiglione, un jovial personaje salido de un spaghetti-western, es la excepción que confirma la regla. Pero incluso el caso Buttiglione parece destinado a acabar en un acuerdo anticlimático. ¿Y quién piensa que verdaderamente vaya a cambiar nuestras vidas, como las elecciones estadounidenses? Es decir, en conjunto, la peor pesadilla de un director.

La falta casi total de espectáculo político que nos cautive es un punto débil de la democracia europea. De hecho, es una de las razones por las que vacilamos al hablar de "democracia europea", en vez de una Unión Europea formada por democracias, que no es lo mismo. La democracia original, la de la antigua Atenas, estaba basada en una cultura de la actuación, en la vida política, el teatro, el tribunal, el gimnasio y el simposio. Pese a todo lo que se ha degradado, el espectáculo de las sesiones de interpelación al primer ministro en la Cámara de los Comunes constituye un signo de vida de la democracia británica. En cambio, imagínense cómo debe de pasarlo un guionista en el Parlamento Europeo.

Déficit democrático

Sin embargo, las superproducciones de Hollywood no siempre son las mejores películas, y ésta, en concreto, tiene un enorme déficit democrático. No sólo porque al menos la mitad de los posibles electores no voten; en Europa también tenemos ese problema. No sólo porque un sistema electoral anticuado signifique que el candidato más votado puede perder, como le ocurrió a Al Gore la última vez; al fin y al cabo, el Parlamento británico, modelo de instituciones, tiene un sistema electoral igual de injusto. No sólo por las artimañas e incluso los fraudes que se cometen con la inscripción de votantes, ni porque el resultado de estas elecciones pueda acabar dependiendo de la capacidad profesional de los respectivos abogados, igual que en las últimas lo decidió el Tribunal Supremo.

No, la peor deformación empieza con el papel que desempeña el dinero. Da la impresión de que, para ser candidato a un cargo político importante en Estados Unidos, hay que ser multimillonario. En esa categoría entran, además de Bush y Kerry, Cheney; Edwards; el alcalde de Nueva York, Michael Bloomberg, y el gobernador de California, Arnold Schwarzenegger. Hay que recaudar tales cantidades de dinero para presentar una candidatura presidencial, que se llega al cargo ya en deuda con los intereses concretos de las grandes empresas. La Administración de Bush ha convertido la palabra Halliburton en sinónimo mundial de este tipo de política, un término más amplio y descarado para sustituir al viejo Tammany Hall

[el aparato del Partido Demócrata en Nueva York].

Washington es, además, la meca mundial de los grupos de presión. Que, como destaca Fareed Zakaria en su libro The future of freedom (El futuro de la libertad), tienen el curioso efecto de hacer que sea prácticamente imposible reducir cualquier programa de gastos federales, por muy obsoleto que haya quedado. Para describir el sistema político estadounidense actual, hay la tentación de recurrir a una palabra medio olvidada: plutocracia.

Que conste que Europa no es inocente. Bruselas es otra meca para grupos de presión, que se cuelan a través de la selva de comités para cambiar la legislación con arreglo a determinados intereses. Y un continente que incluye el monopolio de Silvio Berlusconi sobre los medios y la prensa euroescéptica de Gran Bretaña debería ser más discreto a la hora de criticar lo horriblemente distorsionado que está el debate público en Estados Unidos por el predominio de la ultraderecha en la radio y el sectarismo nacionalista de Fox News en televisión.

Pero la forma europea de hacer política tiene sus propias ventajas, y su propio dramatismo callado. En la espléndida página web de la BBC se puede ver un vídeo de nuestro sheriff bruselense, el presidente de la Comisión Europea, José Manuel Barroso, mientras hace su declaración ante el Parlamento Europeo. En un inglés con ligero acento, explica que intentar imponer la Comisión que propone en la actualidad (con el católico conservador Buttiglione a cargo de nuestros derechos civiles) no sería beneficioso "para las instituciones europeas ni el proyecto europeo". En la sala surge un gran aplauso, con algunos abucheos.

"Es mejor", continúa con voz tranquila, "tardar más pero hacerlo bien". No parece muy emocionante, pero si George W. Bush hubiera seguido ese consejo antes de la guerra de Irak, hoy estaríamos en mejor situación. Después, el presidente español del Parlamento Europeo responde, en su propio idioma. "¡Vaya torre de Babel!"; se burlarán, pero hay que reconocer que hay algo de audaz, e incluso revolucionario, en intentar hacer funcionar un Parlamento con 20 idiomas distintos. Me recuerda una sesión del Parlamento surafricano a la que asistí hace unos años, y en la que sus miembros hablaban 11 lenguas diferentes. Difícil, pero estimulante.

Mezcla de gente

Si se examinan las biografías de los setecientos y pico miembros de este nuevo Parlamento, se encuentra, junto a los típicos y aburridos funcionarios de partido, a disidentes, escritores, intelectuales, sindicalistas, economistas y activistas juveniles, procedentes de 25 países. Una mezcla de gente infinitamente más variada e interesante que la del Congreso estadounidense; una especie de antología de la historia europea en el último medio siglo. De esa historia, y de este complejo sistema político, ha nacido una política de negociación pacífica, consenso y compromiso, no de momentos de la verdad y enfrentamientos de todo o nada. Menos espectacular, menos entretenido, pero no necesariamente peor. Si tuviera que escoger entre Cheney y Pöttering, escogería a Pöttering sin dudarlo. Todos los Pöttering que hagan falta.

Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 31 de octubre de 2004

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