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COLUMNA

Madrid, SA

Esperanza Aguirre, la ambición rubia del PP madrileño, ha desenterrado el hacha de guerra y ha convocado a sus aguerridas huestes a la batalla de Madrid, conflicto familiar, guerra fratricida en el seno de un partido que no está acostumbrado a las luchas de taifas, ni a las elecciones internas, pues, hasta el día de hoy, los militantes populares se caracterizaron por acatar de forma disciplinada las directrices del gran jefe, que designaba con su índice infalible al favorito, al ungido, receptor de todos los innecesarios sufragios, candidato único de lista única, elegido por unanimidad y aclamación como en los viejos tiempos.

Plantearles a estas alturas a los militantes madrileños del PP que elijan entre dos candidaturas es violentar su naturaleza política, forzarles a tomar una decisión individual. ¿Superarán la dura prueba sin grandes traumas? La artillería pesada del partido apoya con todas sus baterías a Esperanza, y cerca de la cumbre, el vicecaudillo Ángel Acebes, que es la voz del antiguo amo, estigmatiza a los facciosos gallardonistas y a su candidato, Manuel Cobo, y les acusa de poner sus intereses personales por encima del interés general del partido. Podría suponerse que, después de los flacos servicios rendidos a la causa en las pasadas elecciones, este Ángel de la discordia y de la manipulación tendría que envainarse la flamígera espada y volver a sus lares, pero la sombra del padrino de Georgetown se cierne todavía en las alturas del PP y su fiel escudero se sigue sentando a la derecha del nuevo jefe como un regalo envenenado que le recuerda cada día a Rajoy que está donde está porque allí le puso Aznar, y que lo que Aznar le dio Aznar se lo puede quitar moviendo los hilos desde su tribuna de honor.

Cuando Acebes dice que hay quien antepone sus intereses personales a los del partido, se refiere exclusivamente a Ruiz-Gallardón y a Cobo, su valido; cabe pensar entonces que la candidata Aguirre no hace tal cosa, que sus intereses personales coinciden punto por punto con los del Partido Popular. ¿Cuáles son esos intereses? ¿En qué divergen ambos candidatos? ¿Qué diferencias existen entre sus programas? Cuestión de poca monta, asunto secundario; a la hora de elegir entre el Cobo de Ruiz-Gallardón y la Esperanza de Aguirre, los militantes populares actuarán según sus simpatías, que no sus ideologías; nada tan obsoleto como la ideología, lastre y rémora para los pragmáticos de todos los signos. La imagen, el talante, el carisma, el envase, las formas, importan más que los contenidos; de lo que se trata es de gestionar la empresa pública y común, en este caso Madrid, Sociedad Anónima, y hacerla rentable para sus patrocinadores económicos, que, a cambio de sus buenos oficios, seguirán alimentando y engrasando la maquinaria del partido.

Entre Aguirre y Ruiz-Gallardón hay diferencias: en las imágenes, en las formas y en los talantes. Aznar, Acebes, Aguirre, la triple A del PP, representan al sector más ideologizado del partido, derecha pura y dura; hace tiempo ya que se les cuarteó el maquillaje centrista, tan necesario cuando hubo que negociar mayorías de compromiso. Rajoy, designado por el índice sumarísimo de Aznar, apareció en escena tímido y titubeante hasta el punto de parecer dialogante, menos crispado y agresivo. Convencido de que era más fácil y más rápido optar a la sucesión de Aznar que a la de Fraga, Mariano terminó por pagar los platos que rompieron en la última rabieta el jefe y sus fieles acólitos, los mismos acólitos que ahora rezan con él en maitines, pero no en laudes, mujeres y hombres de poca fe que no acaban de creer en él como pescavotos.

La diferencia de talante y de talento, que no de fundamento, entre Esperanza y Alberto, puede apreciarse a simple vista sintonizando las emisiones de Telemadrid en su nueva etapa esperancista. De la manga ancha de Ruiz-Gallardón al férreo guante de nuestra particular dama de hierro, de las pequeñas libertades de antaño a las entusiastas lealtades de hoy media un abismo que despide un pútrido hedor de caverna y sacristía. Seguir la campaña por la presidencia de Madrid en los informativos autonómicos de la tele de la Esperanza promete ser una tarea amena y muy instructiva. Sólo falta que contraten a Urdaci o fichen a Buruaga.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 13 de octubre de 2004