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Reportaje:TEATRO

Perdonen el fracaso

El Canto de la Cabra disuelve los límites entre intérprete, autor y personaje en Los días que todo va bien, que se representa en Bilbao, Barcelona, Zaragoza y Aranjuez.

Son dos intérpretes. Un ñaque: así se llamaba a las compañías de dos en el Siglo de Oro, cuando para hacer teatro bastaban un actor y una pasión. Han puesto en pie Los días que todo va bien sin técnicos, director, autor, ni escenógrafo. "No hemos escatimado esfuerzos en ahorrar medios", ironiza Elisa Gálvez, la actriz, en el curso de la función. Los personajes que encarnan ella y Juan Úbeda (la otra mitad de El Canto de la Cabra) se llaman, actúan y piensan igual que sus intérpretes: "¡Cuánto quiero a esta mujer!", dice Juan, por Elisa. "No la entiendo. En realidad no entiendo a ninguna mujer. A los hombres tampoco. Pero es la única persona con la que tengo una relación... iba a decir normal. Con el resto, siempre pienso en irme a una isla desierta". Sin dejar de ser ella misma, Elisa se calza el sombrerito que lleva Winnie en Días felices, obra de Beckett a la que homenajea, desde el título, ésta de Úbeda y Gálvez. Hay que temer los homenajes y los ejercicios de estilo, pero no es el caso. Los días que todo va bien vuela libre, y llega lejos. Comienza rompiendo todos los planos de la representación, con una montaña de 538 globos blancos, la mesa de luces en escena y, sentado ante ella, Juan Úbeda, ejerciendo de técnico, de actor y de autor que escribe su obra en escena: lo que él imagina, lo ejecuta la actriz. Pero duda, y rectifica: "Empecemos otra vez. Tengo otro principio. ¿Qué tal si hacemos sólo principios?".

En Los días que todo va bien

los nietos de Seis personajes en busca de autor saben que nunca encontrarán a Pirandello, que el camino de baldosas amarillas conduce a la guarida de un farsante y que las transnacionales están a punto de superar a Dios en cuota de omnipresencia. Así que entretienen la espera de tiempos mejores imaginando que protagonizan una representación teatral. Si Elisa inicia un monólogo demasiado trascendente, Juan comenta: "¡Tela!" o "Sobran contras", y corre a la mesa de luces a apagar unos focos y encender otros. Los dos agitan, uno sobre la cabeza del otro, opiniones artísticas encontradas: "El piano no cabe, el piano no cabe", le reprocha Elisa a Juan como si le gritara "mañana en Augsburgo". Airada, sale entre cajas, y vuelve empujando algo que desplaza y desbarata la montaña de globos con gran algarabía. No cabe porque el escenario de la sala que El Canto de la Cabra tiene en Madrid es minúsculo, pero allí está el piano, empujado por la actriz en una espiral sin fin, provocando un torbellino blanco. Hay en Los días que todo va bien guiños a Beckett, Ionesco y Bernhardt, y pedacitos de vida cotidiana que se colaron por derecho. Cómo los mensajes grabados en el contestador automático de su casa, que los actores, pareja en la vida real, ofrecen en audición. También hay humor, mucho humor. Por ejemplo, en este mensaje que les dejó el vecino de abajo y que ellos escuchan sentados, muy juntos y como abandonados a un desastre inminente: "Hola, soy Willy Martín... Oye, a ver, eeh, os cuento... Que acabo de hablar con la arquitecto y que me dice que no os preocupéis, que es normal que se abran... eh

... que se abran unas grietas y que... eeeh

... ejem... que nada, que no os preocupéis...".

Sorprende la sinceridad de la función, la manera en que se exponen sus intérpretes, en un momento en el que sobreabundan los espectáculos en los que se juega a ser sincero sin perder la pose, sin dejar de ofrecer a la cámara el mejor perfil. Y claro, acaban resultando tiernos, y emocionando. El final es oscuro: un concierto para piano en el que las teclas no suenan. Parecen neuronas de un enfermo de Alzheimer. El Canto de la Cabra lleva 12 años en danza, y es lo primero suyo que veo, quizá porque antes hicieron, sobre todo, becketts y un bernhardt que ya conocía. Para Los días que todo va bien han conseguido una bonita gira, dentro de la red de teatros alternativos. El 2 y el 3 de octubre actúan en Aranjuez, en La Nave de Cambaleo. El 16 y el 17 en Bilbao, en La Fundición. El 6 y el 7 de noviembre en el Teatre de Ponent, en Granollers. En Barcelona, donde están del 10 al 14, se tienen que adaptar al escenario frontal del Nou Tantarantana. Del 19 al 21 actúan en el Teatro de la Estación, en Zaragoza; el 26 en la Colegiata San Juan Evangelista, en Gijón, y en enero vuelven a Madrid.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 2 de octubre de 2004