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Crítica:

Entre el árbol y el hombre

Giuseppe Penone fue uno de los últimos artistas en incorporarse al movimento del arte povera, aunque pronto emprendió un camino propio que lo llevaba a investigar en las relaciones en- tre el ser humano y su entorno natural. En Barcelona se exhibe una retrospectiva de su obra.

En la soledad de su estudio, un Beethoven totalmente sordo, sumido en la misantropía y en una desbordante inspiración, contempla las pinturas negras de Goya y escribe: "Quiero ser un árbol más que un hombre". La idea de lanzar puentes entre la acción humana y la tierra, de hacer que el arte sea una metáfora de la vitalidad y la fuerza cósmica de un pequeño detalle de la naturaleza, nació con el primer romanticismo, una "oda a la alegría" de vivir surgida después de la tempestad y de la acción negativa del hombre sobre el entorno. Desde entonces, la relación del artista con el paisaje ha sido un devenir de impresiones y expresiones, y así hasta los últimos sesenta, con el surgimiento del movimiento povera, que el crítico genovés Germano Celant creó como escuela de una serie de artistas conectados con los movimientos internacionales del land art, minimal y arte conceptual que utilizaban gestos y materiales pobres -ramas de árbol, metal, vidrio, plástico, piedras, incluso animales vivos- para apartarse del tradicional high art. El último en incorporarse a este movimiento fue Giuseppe Penone (Garessio, 1947). En 1969, el artista piamontés mostraba en la galería Sperone de Turín unas fotografías que documentaban algunas de sus primeras intervenciones en los bosques que rodeaban la casa paterna, entre los Alpes de Liguria y el valle del Po. Pero pronto se desmarcó de los postulados críticos y políticos de autores como Giovanni Anselmo y Mario Merz y emprendió su carrera al margen del grupo, una trayectoria que tuvo más que ver con los códigos naturales de autores como Richard Long e incluso con la tradición pictórica de Giotto y Leonardo en ese afán de crear una nueva mitología que definiera la relación entre los humanos y el entorno natural. "En el exterior, la obra, alejada de todo contexto histórico, entra en competición con formas extraordinarias: las piedras de un río, o un árbol, son a menudo más interesantes que una escultura", explica Penone.

GIUSEPPE PENONE

CaixaForum

Avenida del Marqués de

Comillas, 6-8. Barcelona

Hasta el 16 de enero de 2005

En la retrospectiva que pre-

senta la Fundación "la Caixa", coproducida con el Centro Pompidou de París, donde se exhibió hace unos meses, se han reunido 80 trabajos -algunos en forma de grandes instalaciones, otros están documentados a través de fotografías y textos- que van desde sus primeras intervenciones en los bosques de Garessio hasta sus últimos "descortezamientos" y "gestos vegetales". Penone cree que el árbol es "una materia viva que se puede modelar", y así lo demuestra en la instalación que ha recreado dentro de las salas de CaixaForum, Ripetere il bosco, o las tituladas Ho intrecciato tre alberi (he entrelazado tres árboles) y L'albero ricorderà il contatto (el árbol recordará el contacto) en las que el artista interrumpe el crecimiento natural de tres árboles o rodea su tronco con una malla metálica que dibuja el contorno de su propio cuerpo, marcándolo y deformándolo. Se podrán ver sus moldeados en bronce en forma de patatas (Patate, 1977) creados a partir de ochenta pequeños moldes que reproducen diferentes partes de su rostro, plantados en primavera y desenterrados en otoño, con la cosecha prevista de tubérculos con formas antropomorfas. Encontramos también algunos de sus "gestos" más radicales, como Ser río (1981), que muestra la erosión de la naturaleza sobre la piedra, las series Uñas (1987-1994), que reúnen sus trabajos en vidrio obtenidos por termoformación, y Anatomías (1993-2000), que permiten entrever las venas que se insinúan bajo la piel humana; fundiciones de hojas de árbol, grandes paneles con espinas de acacia, terracotas con formas "sopladas", árboles que cobran forma y postura humanas, el proyecto para Münster (1987), que representa una fuente en forma de árbol caído; o una de sus fotografías más conocidas, fruto de una "acción" de dos horas en unos "Encuentros" en Roma, la titulada Rovesciare i propri occhi, 1970 (invertir los propios ojos): Penone lleva unas lentillas-espejo que le impiden ver pero que reflejan el mundo exterior, las lentes actúan como una barrera entre el artista y su entorno. Si con los ojos cerrados los humanos perdemos la comprensión de nuestra realidad pero somos capaces de entender mejor el volumen/el cuerpo, las lentes le servirían al artista para hacer de ese cuerpo una escultura que únicamente refleja lo que uno habría de ver. Por ésta, y por tantas obras de su nutrido repertorio natural, Penone se considera un revelador antes que un creador.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 2 de octubre de 2004