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Columna
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Nostalgia provincial

Este artículo es políticamente incorrecto y sentimental. Es una defensa tardía e inútil de los indicativos provinciales en las matrículas de los automóviles, causa más que perdida desde que fueron suprimidos en el año 2000 por quienes más deberían haberlo defendido y lo sacrificaron a la visión más centralista de España, demarcación única de automovilistas anónimos.

Ahora que el Gobierno socialista se muestra receptivo a incorporar un indicativo o símbolo de las autonomías al modelo europeo vigente, todavía minoritario en el parque automovilístico, alguien debe rendir tributo sentimental a las matrículas provinciales en vías de extinción. Porque no fue la normativa europea la que impuso la desaparición del indicativo provincial -otros estados de la Unión Europea han mantenido indicativos diversos-, sino la modalidad de aplicación adoptada por el Gobierno. Una despedida amable y sentida, no una reivindicación que no cabría en la discusión actual sobre la incorporación del indicativo autonómico a la matrícula uniforme vigente.

Copiadas de los departamentos de la Revolución Francesa, las provincias habían sido en origen un instrumento de racionalización administrativa para el liberalismo liquidador del Antiguo Régimen. Lo fueron de fraccionamiento de las regiones históricas para el franquismo, liquidador a su vez de un siglo de historia liberal.

Las provincias ya no son lo que antes, disminuidos sus atributos de poder -político, militar y eclesiástico-, sustituidos los todopoderosos gobernadores civiles por discretos subdelegados del Gobierno, que nunca salen en las fotos. Pero continúan siendo algo importante: circunscripciones electorales de representación democrática, además de referentes de identidad, tanto en las autonomías alumbradas con fórceps como en otras mejor asentadas. Un cuarto de siglo de gobierno del nacionalismo catalán decisivo en España no ha servido para la desaparición de las provincias catalanas, se contentó con esconder el nombre.

El catalanismo de izquierdas hoy gobernante podría aumentar incluso su número, dobladas de veguerías, complaciendo a la postre añejas aspiraciones de capitalidad en Tortosa y Manresa, y despertándolas en otros centros supracomarcales.

Alguien se ha opuesto a la incorporación de los indicativos de las autonomías con la pregunta de qué se va a ganar con ello y lo ha hecho en nombre de una asociación de automovilistas. ¿Qué automovilista no se ha dedicado a mirar por las matrículas cuántos forasteros y de dónde llegan a su ciudad? ¿Qué conductor no ha jugado con sus hijos a adivinar la provincia de cada indicativo, verdadero ejercicio de geografía recreativa? ¿Qué conductor no ha saludado con alegría a otro coche con su misma matrícula provincial en un viaje lejos de casa? La incorporación de indicativos autonómicos recuperará una parte de esa información, que con el modelo vigente de conductores anónimos está condenada a perderse. Si la identificación de las autonomías se hace mediante escudos, el juego adivinatorio puede ganar en dificultad y emoción. Las cuatro autonomías de la antigua Corona de Aragón van a lucir de una forma u otra las cuatro barras. Si se opta por las primeras letras de cada nombre, el juego de palabras será más fácil.

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Se han perdido otras cosas por el camino. Comparar los ritmos de desarrollo territorial por medio de la progresión de las matriculaciones, por ejemplo. Hay más información con 52 que con 17. Algunas provincias modestas están desapareciendo literalmente del mapa de carreteras. ¿Alguien se acordará de que Palencia y Teruel existen? Queda atrás la eterna rivalidad entre las B y las M, sólo muy tardíamente resuelta a favor de las últimas. Queda también bien archivada la campaña para catalanizar la GE de Girona, que tuvo su eco en el Gijón siempre reticente con Oviedo.

Habrá quien lo eche en falta. O no. Quizá sólo quienes ya tienen una edad, porque formó parte de su educación ciudadana y sentimental. Amén.

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