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Columna
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La novia del porquerizo

La primera edición del programa Gran Hermano me sorprendió, me enganchó y me pareció una gran idea. A mí, como supongo que a la mayoría de espectadores de esa primera vez, me gusta ver a los demás en la intimidad. Hasta ese momento, me conformaba con visitar webs en las que observas la vida cotidiana de una pareja (con aspecto de personas reales, no de actores porno) que dedica la mayor parte del tiempo a la cópula. De pequeña leí un cuento de Andersen que me dejó flipada. En él, un porquerizo quería conquistar el corazón de la princesa, y para ello le construía regalos fantásticos que ella siempre rechazaba. Uno de esos regalos parecía ideado por la productora Endemol. Se trataba de un molinillo de café que te permitía saber qué estaban cocinando en cada una de las casas del reino. Yo, desde luego, habría entregado mi cuerpo al porquerizo a cambio de un regalo como ése. Pero esta semana ha empezado otro GH más. No recuerdo cuántos llevamos. También ha empezado La granja y no hace mucho que terminó La casa de tu vida. Ya estoy aburrida del formato. Sé lo que ocurrirá en GH y hasta me imagino las peleas de los expulsados en los distintos programas de cotilleos. Supongo pues que, para tratar de sorprendernos edición tras edición, los responsables de los distintos shows se esfuerzan por seleccionar concursantes pintorescos, con una condición: los prefieren guapos y jóvenes, (y no lo entiendo, porque un GH de cuarentones, cincuentones o sesentones sería bastante divertido). Ha habido concursantes de inteligencia por debajo de los índices normales, un concursante un poco listillo, concursantes francamente locos, concursantes francamente guapos, calentorros, violentos o malhablados.

Si contabilizamos el apartado de las minorías, tenemos que ha habido gays, lesbianas, una virgen y una negra. Ha habido una pareja de heavys, una madre soltera, un pastor, una ex puta y un ex sacerdote. Pero ninguna tipología de concursante nos sorprende ya. A estas alturas, lo que de verdad nos dejaría atónitos y sin habla es que se descubriese que una de las concursantes no lleva tatuajes.

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