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Crítica:

Receta magistral

Al filo de su jubilación, el ensayista y crítico literario George Steiner reúne una serie de conferencias que dictó en la Universidad de Harvard en torno al enseñar y el aprender.

El primer contacto con un libro de George Steiner produce una mezcla de sorpresa y de fascinación. No hay autor contemporáneo que combine con tanta precisión y elegancia la dosis exacta de saber con la agilidad y la concisión del ensayista. Pocas miradas como la suya, capaz de atravesar culturas y épocas, e incluso de convencernos de que pueden armonizarse entre sí. Sólo Steiner se atreve a mencionar -o citar- de modo pertinente y en una misma página a Sterne, Beethoven, Pound, Plotino, Husserl, Kafka, Bloch y Yeats; y en la página siguiente, tras otro autorizado name dropping, establecer sutiles asociaciones entre el choque de Popper con Wittgenstein y la deriva de la deconstrucción, las bromas melancólicas del Quijote y el antisemitismo de Wagner, el rencor de Platón contra los sofistas o la relación contraria que une la gramática generativa de Chomsky con la ideología multiculturalista. Nada parece escapar a la inmensa curiosidad de este hiperintelectual europeo: la cábala y el zen, la pornografía y el dodecafonismo, el rock, el new age, el estructuralismo y el Bhagavad Ghita, todo acaba procesado por un avasallador enciclopedismo administrado con la astucia aprendida de los rabinos.

LECCIONES DE LOS MAESTROS

George Steiner

Traducción de María Cóndor

Siruela. Madrid, 2004

187 páginas. 18,50 euros

A medida que se avanza en la bibliografía de Steiner, se descubre que no sólo el estilo y la forma de la argumentación son característicos en él, también lo son algunos temas recurrentes: la cultura y su trasmisión, la nostalgia de un mundo periclitado pero irrenunciable y la permanente invocación a la unidad del alma europea u occidental que se remonta a la antigüedad clásica. Aunque Steiner siempre deja entrever que esa fértil continuidad sólo ha sido posible por la paciente labor de los judíos, retratados como el pueblo guardián de la memoria y la palabra de Dios, el pueblo histórico por antonomasia.

En sus libros siempre retornan el conflicto entre el espíritu y la letra, la secreta comunidad de los sabios y los genios, Dios y los libros. Retornan sus filias y fobias (Steiner desconfía de toda modernez y es profundamente rencoroso); y también, claro, se repite mucho. Armado con los recursos propios del comparatismo, sus asociaciones consiguen transformar motivos marginales en cuestiones de fondo. Así, puede dedicar un libro a la traducción, otro a una representación emblemática (Antígona), o escribir libelos sobre una aspiración grandilocuente (lo Absoluto o el Significado como presencia efectiva de Dios detrás de las obras maestras), no importa, el método es siempre el mismo. Consiste en convocar voces lejanas y referencias oscuras y hacerlas concurrir como invitadas a un inmenso salón donde él ejerce de maestro de ceremonias que dispone y alienta a sus convidados a conversar entre sí, especie de Pivot que se mueve entre los pequeños círculos como una sombra: "Señorita muy aseñorada, que pasa por el agua y no se moja nada". Cruza los discursos, entrelaza las obras maestras y apunta las claves de la cultura como un cabalista dejando caer aquí y allá las pequeñas malicias del crítico literario. En este menester Steiner no tiene rivales. Pero esa misma mundanidad docta hace que sus obras -sobre todo las últimas- parezcan a menudo superficiales. Porque, aunque está claro que no hace escolasticismo ni opina como un comentarista o un doxógrafo, también es cierto que nunca estudia sino que tan sólo glosa. O más bien, entre glose, como dice Montaigne que hacemos los modernos, justamente lo que más complace a sus incondicionales, quienes lo leen como si practicaran un karaoké ilustrado. ¿Y por qué no? ¿Para qué otra cosa sirve ser culto?

Éste es el decimocuarto libro

de Steiner que he leído. Contiene unas conferencias pronunciadas en un ámbito prestigioso (las Charles Eliot Norton Lectures, en la Universidad de Harvard) al filo de su retiro como profesor en Cambridge y Ginebra. En ellas se hace un repaso sobre el enseñar y el aprender, sobre el oficio del educador y la importancia de la educación para el futuro de la cultura occidental. Steiner comienza de forma ambigua, oponiendo la enseñanza oral a la escritura y enseguida desecha la oposición como irrelevante frente al hecho central de que toda formación, para él, se consuma en la relación entre maestro y discípulo. Resulta paradójico que sea un escritor que no ha hecho escuela, un maestro sin discípulos, quien exalte el "discipulazgo". Y es extraño también, y hasta incongruente, que sea un intelectual aclamado por sus escritos y sus lecturas quien reivindique la enseñanza oral.

El libro despliega una aplastante erudición para apuntar el encanto de los maestros ágrafos (Sócrates, Jesucristo), describir los lazos dramáticos que unen a Porfirio con Plotino, a Virgilio con Dante, y a éste con Gœthe, contarnos la investidura de Maupassant por Flaubert, o la invocación de Freud que hace Lacan o recordar a Nietzsche cuando se declaraba pupilo de Schopenhauer y de Wagner. Vuelve sobre la traición a Husserl por Heidegger, y recoge, en un homenaje a Francia, la estela no reconocida de maestros olvidados (Alain, Palante) o la simiente de Nadia Boulanger entre los músicos de nuestro tiempo. La casuística de Steiner es inagotable. Incluso cuando aborda la inexistencia de maestros en la cultura de Estados Unidos, se permite advertir que sí los hay entre sus entrenadores deportivos (no vaya a ser que su público americano se ofenda). Y cuando no tiene más remedio que reconocer que la ciencia contemporánea carece de magisterios porque es plebeya, coquetea con la demagogia. Se puede desconfiar de su verbosidad, que roza la pedantería, pero siempre es posible encontrar apuntes pícaros y certeros: la trivial verborrea de la actual hermenéutica francesa (página 94), el implacable parangón entre la conferencia de Weber sobre la ciencia como profesión y el Discurso del Rectorado de Heidegger, o la idea de que entre maestro y discípulo hay tanta lealtad como traición, porque es un vínculo erótico donde el maestro es vampirizado por el discípulo y el discípulo sodomizado por el maestro, de tal modo que para tener un maestro también hay que estar dispuesto a dejarse amaestrar.

Para la continuidad de una cultura, por consiguiente, no se trata tanto de formar maestros como de saber ser discípulos. Así, piensa, se constituye y se conserva una tradición. He aquí, pues, su receta magistral, y el indicio de que ésta es quizá su obra más tradicionalista. Pero justamente aquí surgen los interrogantes. La tradición -como las comunidades nacionales, los estilos y las generaciones- es una invención romántica y aunque por otro lado ha sido sin duda la tabla de salvación del sufrido pueblo judío, no es la pauta de Occidente, cuya historia no es sólo la trasmisión de un testigo sino que está poblada de rupturas, cataclismos y revoluciones, que forman un destino, un horizonte en el que se disuelven todas las tradiciones.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 11 de septiembre de 2004

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