Crítica:EL LIBRO DE LA SEMANA
Crítica
Género de opinión que describe, elogia o censura, en todo o en parte, una obra cultural o de entretenimiento. Siempre debe escribirla un experto en la materia

Días de campo entre las tumbas

El periodista y escritor Arthur Koestler (1905-1984), uno de estos geniales judíos cosmopolitas de Centroeuropa -era oriundo de Budapest y acabó siendo ciudadano británico-, publicó la primera versión de su Testamento español en 1938, poco después de haber estado tres meses preso en las cárceles de Franco, en Málaga y Sevilla. En principio, lo habían condenado a muerte por espía, pero la diplomacia americana e inglesa logró que fuera canjeado por la esposa de un as de la aviación franquista, a la que tenían como rehén los republicanos.

Al estallar la Guerra Civil en España, Koestler se hallaba en París como exiliado político -era miembro del Partido Comunista Alemán-, colaborando con el departamento de propaganda del Komintern, dirigido por Willie Münzenberg. Al servicio de éste, pero haciéndose pasar por periodista británico, vía Portugal, Koestler logró infiltrarse nada más comenzar la guerra en pleno corazón del bando "nacional". La misma tarde que llegó a Lisboa conoció a Ramón Franco, hermano del dictador, y, gracias a su recomendación, pasó la frontera y entrevistó al general Queipo de Llano en Sevilla. Ahora bien, Koestler llegaba a España como espía: su misión, observar si Alemania e Italia enviaban ayuda militar a los sublevados. Enseguida lo comprobó al advertir uniformes alemanes en las calles sevillanas. Desgraciadamente, un oficial alemán, a la sazón hijo del dramaturgo Strindberg, reconoció a Koestler y lo denunció como "espía rojo". El periodista escapó de milagro y retornó a París. Había estado apenas dos días en España pero publicó varios reportajes fulminantes en el News Chronicle londinense, harto desfavorables para los sublevados. Allí apareció la entrevista con Queipo de Llano, matizada por las impresiones de Koestler sobre el nefasto personaje. Después de aquello, los franquistas juraron "matarle como a un perro" si volvía a caer en sus manos.

DIÁLOGO CON LA MUERTE. UN TESTAMENTO ESPAÑOL

Arthur Koestler

Traducción de José Erezuma

Amaranto. Madrid, 2004

275 páginas. 22 euros

Más información
Una sucesión de tragedias

La actividad antifascista de

Koestler no terminó ahí. Junto con

Münzenberg, publicó El libro negro de España, un documento-denuncia plagado de fotografías que mostraban a las víctimas de bombardeos, ejecuciones y torturas y que contribuyó a encender la animadversión europea contra Franco, dando aún más fama a Koestler. Éste estuvo una vez más en España en misión secreta y, finalmente, retornó de nuevo poco antes de la caída de Málaga, en 1937. Cuando miles de personas huían de la ciudad, abandonada a su suerte por los republicanos, él optó por quedarse y ser testigo de la entrada de los "libertadores".

Después de una tensa peripecia, muy bien narrada en este Diálogo con la muerte -por fin en castellano y en esta cuidada traducción, basada en una edición posterior a la primera-, Koestler cayó en manos de los "nacionales". Las circunstancias de su detención y posterior encarcelamiento dan pie a este relato magistral. Pero, cuidado, el patetismo del título puede inducir a error al sugerir que Koestler nos contará una desgarradora historia, plagada de iniquidades. No es así. En el relato del preso se palpa el miedo y toda la cruda insensatez de la tragedia española, pero su confinamiento en sí tuvo más de anodino que de terrible. Sus carceleros no lo trataron mal ni le pegaron nunca: "Las palizas quedaban reservadas para las comisarías de policía y los cuarteles de la Falange", anotó en sus memorias.

Koestler nunca dejó de ser un

periodista en tierra extranjera; aparte de observarse a sí mismo y de preocuparse por las peripecias carcelarias cotidianas, observaba el carácter de cuanto lo rodeaba. Todo lo que vio le parecía, en efecto, muy español: un constante vacilar entre una crueldad extrema, la sorna hilarante o la confraternización y la piedad espontáneas. Es magnífico el episodio de su traslado a Sevilla, en compañía de dos guardias civiles que acaban trabando amistad con él y despidiéndolo casi con pesar. De la cárcel sevillana, una prisión "modelo" construida por la República, observará que era "muy humana, casi reconfortante, en donde los presos hacíamos días de campo entre las tumbas".

Desde la ventana de su celda veía cómo los milicianos presos jugaban al fútbol en el patio, con gran algazara; luego descubrió que de madrugada los fusilaban en grupos de hasta veinte o treinta. Entonces empezó también su angustia; las esperas nocturnas en soledad hasta que aparece el heraldo de la muerte encarnado en un sacerdote "moreno y gordo" que tañe su campanilla delante de las celdas señaladas; luego, los sollozos o la invocación del sentenciado: "¡Madre, madre!". Y el susurro hipócrita del cura: "¡Ten fe, la muerte es una liberación!".

El paradójico e irónico Koestler revelaría años más tarde que se había sentido "muy libre" interiormente durante la época pasada en prisión: "Nada despierta tanto como dormir sobre la muerte" -reza el viejo adagio-; el cercano aliento de la Parca lo indujo a deleitarse con las simples bocanadas de aire, con esos pocos libros que pudo conseguir en la cárcel y que aprendió a leer con nuevos ojos. Supo también que respirar en libertad era lo único que querían las pobres gentes asesinadas, el llamado "pueblo Español" -¿oprimido?-, en cualquier caso, condenado a una lucha absurda por parte de "los hunos y los hotros", según la célebre expresión de Unamuno. Su libro es todavía hoy una sonora bofetada a semejante necedad.

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