Pie de foto / EL PAÍS 28 de septiembre de 2003 | ESTILOColumna
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A veces, ni eso

El señor de la fotografía se llama Bernardino Lombao y saltó a la fama durante la anterior legislatura por ser el preparador físico de José María Aznar y Ana Botella (aún no hemos logrado averiguar quiénes eran sus preparadores intelectuales). No tengo nada contra Lombao, excepto que lo primero que hizo cuando salió dos veces en los periódicos fue escribir un libro. A todos los famosos les da por lo mismo. El problema es que se lo toleramos. Si le hubiese hecho un trasplante de hígado a su cuñada, lo habríamos metido en la cárcel:

-¿Pero a quién se le ocurre?

-Es que como todo el mundo hablaba de mí, me pareció que ya podía hacer trasplantes.

Es evidente que una cosa no tiene que ver con la otra. Se puede ser muy conocido y no tener aptitudes para la cirugía ni para la especulación filosófica ni para la arquitectura. Por eso mismo, Belén Esteban no realiza intervenciones quirúrgicas ni elabora teorías sobre el conocimiento ni construye puentes. Rentabiliza su fama haciendo lo que sabe hacer, que es salir en la tele.

Cuando los famosos no se conforman con salir en la tele, escriben un libro. En realidad, se lo escribe un negro, pero luego lo firman ellos. Si haces una liposucción sin título te enchironan, pero si te pillan apropiándote de un texto escrito por otro, te dan un programa de sobremesa en Antena 3. Si ya lo tenías, te aumenta la audiencia. ¿Por qué? Por haber tenido el valor de plagiar, de fusilar, de falsificar. Todo lo cual nos lleva al problema de la autoría. Si este señor, Bernardino Lombao, corriera mil metros en cinco minutos (suponiendo que eso sea una marca, que no tengo ni idea), a nadie se le ocurriría adjudicarse esa carrera que ha hecho con sus propias piernas y los propios latidos de su corazón. Ningún millonario, por excéntrico que fuera, intentaría comprar su récord.

-He batido el récord de los cien metros lisos.

-Pero si ha corrido Lombao, que lo he visto yo.

-Pero los ha corrido para mí, que he puesto el dinero.

Nos parecería un argumento flojo, ¿no? Pues ese argumento está a la orden del día en el sector libros. Gente que ignora lo que es una oración copulativa (con perdón) llega a la editorial con cuatro ideas mal grabadas en una cinta, y un corredor de fondo de esa editorial, que luego no aparece ni en los créditos, convierte ese batiburrillo en un volumen.

Quiere decirse que en esta industria hay mucho intrusismo. Pero se trata de un intrusismo fomentado socialmente. Aznar y Botella, por citar dos casos asociados a Lombao, han publicado sendos libros que no han escrito ellos, aunque aparecen en la portada como si fueran sus autores. Todo el mundo lo sabe, pero nadie se lo reprocha quizá porque todo el mundo, en sus circunstancias, haría lo mismo. Y es que la gente puede aceptar no tener ni idea del sistema endocrino ni del sistema solar ni del sistema métrico. Pero no soporta no saber sintaxis. Lo curioso es que en vez de estudiarla, que sería lo suyo, se la encargan a otro. Digo yo que una vez dispuestos a perpetrar el atentado, podrían buscar a alguien que escribiera bien. Pues a veces, ni eso.

* Este artículo apareció en la edición impresa del sábado, 28 de agosto de 2004.