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Atenas 2004 | ATLETISMO: EL TRIUNFO EN EL 1.500 DEL MÁS GRANDE

La noche en que Hicham se convirtió en Herb Elliot

El Guerruj, que lo había ganado todo, sólo ansiaba la gloria olímpica que le igualase al australiano, el gran vencedor en Roma 60

Carlos Arribas

Mal augurio. El sonido del listón cayendo sonó claro, muy claro; rompió el silencio cuando los atletas de los 1.500 metros estaban preparados, en fila, esperando el disparo de la pistola -la segunda espera tras una salida nula- para echarse a correr. Al sonido del listón le siguieron las exclamaciones del público. Era imposible, Elena Isinbayeba, la invencible pertiguista rusa, había fallado en su salto sobre los 4,75 metros. Podía no ganar los Juegos Olímpicos. No era una buena señal para el marroquí Hicham el Guerruj.

Hassan, su amigo de Toulouse (Francia), fundador, presidente y miembro más activo de la Asociación 3.26.00 -expresada en minutos, segundos y décimas de segundo, la marca que le vale para ser precisamente el plusmarquista mundial de los 1.500 metros- siempre hablaba a Hicham de Herb Elliot.

"Mira, esto es grandeza. Cómo sigue cambiando y acelerando", le decía ante el vídeo su amigo Hassan
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Allí arriba, en su sobrio chalet de Ifrane, en el Atlas, en un claro en un bosque de cedros, en su cuarto de estar despojado de todo lo accesorio -tan sólo una tetera, su bandeja, sus vasitos, en la mesa alta-, frente al aparato de vídeo, Hassan hablaba y hablaba. Ponía una película una y otra vez. Era la final olímpica de Roma 60.

Una pista roja de tierra batida. Una tarde de septiembre. Quizás la final de los 1.500 metros más bella de la historia. La más mítica, por lo menos. Y allí, por delante de todos, un australiano de 22 años de edad educado en la escuela del dolor, Herb Elliot. Y Hassan lo señalaba y le explicaba la carrera a Hicham, a su amigo, al hombre por el que daría una pierna, un brazo, la cabeza. "Mira, Hicham", le decía; "esto es grandeza. Mira cómo sale en el 700, cómo abre el hueco sobre Jazy y Rozsavolgy, cómo sigue cambiando y acelerando". "¿Sabes en cuánto hizo el último 800?", le pregunta por enésima vez. "Sí, claro", responde Hicham, cómo olvidarlo; "lo hizo en 1m 52,6s. Sí, fue tremendo. Esa velocidad..., después de una salida tan rápida". "Sí, Hicham, Elliot fue el más grande. Y fue el más grande porque hizo su mejor carrera justamente para ganar con ella los Juegos Olímpicos".

Era el mes de marzo de 2001. Hicham el Guerruj, el atleta más rápido de la historia en los 1.500 metros y la milla (1.609 metros), se sentía el ser más desgraciado del mundo. Había intentado ser Herb Elliot, había intentado ser campeón olímpico en la cita de Atlanta 96. Se cayó. Volvió a ser derrotado, por un keniano, Ngeny, que le superó en los últimos 20 metros de la recta, en la de Sidney 2000.

Y su amigo Hassan no le hablaba de otros grandes mediofondistas, de otros mitos como Roger Bannister, el primero que bajó de los cuatro minutos en la milla; de James Ryun, el prodigio de Kansas; de Steve Ovett, maltratado por Sebastian Coe y la historia; de otros nombres señeros que nunca habían ganado los Juegos Olímpicos. Sólo le hablaba de Elliot. Y le añadía: "¿Sabes por qué corría tanto Elliot? Por miedo. El miedo, sí era su gran estimulante".

El miedo. Hicham el Guerruj conocía el miedo desde su tropezón con el argelino Nurredin Morcelli en Atlanta. Conocía el pavor a los codazos y a los clavos de los rivales, a las carreras trabadas, apretadas, agobiadas. El Guerruj quiso salir del miedo corriendo siempre igual, con un compañero de liebre, acelerando desde los 400 metros, enfilando al grupo. A su rueda ha crecido una generación de corredores que se pierden en las carreras tácticas, que no saben maniobrar, que necesitan un El Guerruj que abra el camino. Y, corriendo así, El Guerruj perdió en Sidney. El miedo creció más aún. El miedo a fallar. A fallarse.

Este año el miedo aumentó. Por primera vez se había visto vulnerable. Por primera vez, atletas que aprovechaban siempre su rebufo, su espalda, su espléndida zancada, para lograr sus mejores marcas, siempre más lentas que las suyas, empezaban a ganarle. Bernard Lagat, sobre todo, el keniano que siempre había sido su segundo. Un día le ganó en Roma, en el templo de Elliot. Y, además, El Guerruj había estado enfermo, había sufrido asma, alergia al cedro precisamente. Y se había casado con Najoua -nieta de un antiguo primer ministro marroquí- y tenía ya una niña, Habia, el don de Dios. Todo había cambiado en su vida. Y los Juegos Olímpicos de Atenas estaban ya allí. Su tercera oportunidad -pocos atletas han tenido tres oportunidades de ganar una medalla de oro-, la última.

Pero todo desapareció de su memoria, de su vista, unos agonizantes y eternos segundos, seis o siete, no más, los penúltimos segundos de la última recta, de la última vuelta, que terminaría cubriendo en 52 segundos pasados, del último 800, que había hecho más rápido que Elliot en Roma, en 1m 49s -el primer 800 había sido mucho más lento, 2m 1,93s frente al 1m 58,4s del australiano-. Todo se borró de su vida en el codo a codo frenético y crispado que vivió con Lagat cuando parecía que la tercera vez también cedería. El miedo lo borró todo. Sólo el miedo, como a Elliot, le empujó.

Cuando terminó la carrera, cuando Hicham el Guerruj se cansó de besar el suelo, de besar a su familia, a su hija, a sus amigos, cuando terminó de bailar el sirtaki con la bandera imperial ceñida al cuello, cuando terminó de hablar por el móvil con Mohamed VI, mucho después, se hizo el silencio en el estadio. Iba a saltar Isinbayeba, la reina de la pértiga. Saltó, elegante y potente, saltó 4,91 metros, nuevo récord del mundo. La medalla de oro olímpica también iba en el lote. Era la noche de los campeones. La noche en la que, al fin, Hicham el Guerruj fue Herb Elliot.

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Sobre la firma

Carlos Arribas
Periodista de EL PAÍS desde 1990. Cubre regularmente los Juegos Olímpicos, las principales competiciones de ciclismo y atletismo y las noticias de dopaje.

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