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Reportaje:Atenas 2004 | 28º JUEGOS OLÍMPICOS | DÍA 13º

El más grande

Hicham el Guerruj hace realidad al fin su mayor sueño: ser el campeón olímpico de los 1.500 metros

Santiago Segurola

Hubo justicia con un genio del atletismo, el magnífico Hicham el Guerruj, por fin vencedor de la carrera que se le resistía: los 1.500 metros. No hubo maldición con el hombre que ha definido una época del mediofondo. Durante ocho años, El Guerruj ha sido un intocable, el atleta que trasladó las marcas al futuro. Su destino era ganar el oro en los Juegos Olímpicos y obtener la justicia necesaria. Esta vez no se le resistió la final. Justo cuando comenzaba a ofrecer signos de debilidad, cuando su hegemonía era discutida por algunos de los finalistas en Atenas, El Guerruj protagonizó la carrera de su vida. Con un ataque largo, intenso, indesmayable, se despegó de todos sus rivales, excepto el keniano Bernard Lagat, cuya terca resistencia elevó la carrera a la categoría de inolvidable. El mano a mano no se cerró hasta el último metro. El rostro enjuto del marroquí no revelaba otro signo que la determinación por alcanzar la victoria. El gesto crispado de Lagat, impresionante por su crudeza, revelaba el grado de oposición del atleta que parecía destinado a impedir el triunfo de El Guerruj. No lo consiguió. El marroquí venció y cerró el círculo mágico del medio fondo. Ha conquistado todo lo imaginable: títulos olímpicos y mundiales, récords del 1.500 y de la milla (1.609 metros). Definitivamente, entra en el panteón de Herb Elliot, Peter Snell y Sebastian Coe para discutirles la supremacía histórica en el mediofondo. Con todo el derecho, El Guerruj puede pensar que es el mejor de todos los tiempos.

El Guerruj protagonizó la carrera de su vida. Con un ataque largo, se despegó de todos sus rivales, menos de Lagat, cuya resistencia engrandeció la prueba
El campeón marroquí no cedió un milímetro ante los ataques del keniano, que tiraba con toda la munición. Cuando éste crispó el rostro se vio que habría justicia
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Fue una obra maestra del marroquí. Con los precedentes de las últimas semanas, se abrieron especulaciones sobre el tipo de carrera que le convenía. Después de sus derrotas frente a Ramzi y Lagat, la posición de El Guerruj era delicada. Cuando un gran atleta pierde el aura de invencible, se abre una sangrienta veda. El caso del etíope Gebrselassie en el fondo sirve de recordatorio de lo que sucede con los campeones en declive. Sólo encuentran la gratitud de los aficionados, que no olvidan los grandes días. Pero los rivales no perdonan. El calvario de Gebre había sido tan reciente que pesaba sobre la carrera de El Guerruj. Es cierto que sus muestras de debilidad no podían interpretarse como un desplome, pero algo podía cambiar en la cabeza de un hombre que nunca se había asociado con las dudas. Toda una vida de ganador se había venido abajo este año, precisamente en el momento que El Guerruj había destinado a acabar con todos sus fantasmas. Quería la medalla de oro y la quería en Atenas. No tenía más tiempo. No habría otra oportunidad en Pekín 2008. Y ahora era un hombre vulnerable.

Esta nueva condición de El Guerruj procuraba a la carrera un interés extraordinario. Lagat le había vencido y algunos otros aspirantes se consideraban dispuestos a quebrarle el sueño olímpico. Reyes Estévez figuraba entre ellos. Hesko, también. Quizá Rui Silva. ¿Cómo respondería El Guerruj a tanta amenaza? Se recordaba la carrera de los Mundiales de Sevilla 99, donde el pretoriano Kaouch le condujo a la victoria con un ritmo disuasorio para todos los adversarios del campeón. Esta vez, Kaouch se desinteresó de cualquier ayuda a su compañero. Si El Guerruj tenía que vencer, lo haría solo. Este detalle fue decisivo en la grandeza de la carrera, un ejercicio perfecto del marroquí, que actúo sin miedo, con una determinación emocionante. Como en los viejos tiempos, en definitiva. Los viejos tiempos no eran otros que aquellos en los que El Guerruj solucionaba las carreras con un ataque largo y devastador, aproximadamente en el paso por los 700 metros. Así ocurrió en Atenas.

Antes de ese momento decisivo, la carrera tenía un aspecto impredecible. El parcial por los primeros 400 metros (1m 0,42s) resultaba revelador: carrera táctica, lenta, dura. Estévez iba y venía, de delante atrás y vuelta a la cabeza. Olfateó el ataque de El Guerruj y se colocó a su lado. Le siguió durante unos metros, pero no encontró la manera de resistirle. No le faltó coraje. Estuvo escaso de fuerzas. Estévez no tuvo ningún papel en la final. Entró el séptimo, decepcionado. A su manera, vive el drama de El Guerruj. Nunca ha conseguido una medalla en los Juegos y su margen de maniobra es mínimo para el futuro. Estévez supo que había perdido cuando Rui Silva le superó como un avión. Faltaban 250 metros. La carrera, que había terminado para él, se jugaba 20 metros por delante. El ataque de El Guerruj tenía un aire devastador. Su velocidad aumentaba sin aparente esfuerzo, con una zancada perfecta. Pero Lagat resistía. La sombra de una nueva derrota comenzaba a apoderarse de los 75.000 espectadores, que no podían contener su emoción. Pero El Guerruj tuvo una entereza insospechada. No se dejó intimidar por la presión de Lagat, que previsiblemente sacaría ventaja de su superior velocidad en los últimos metros. Entraron juntos en la recta definitiva, mano a mano, sin ninguna compañía. Todo lo había hecho El Guerruj y ahora quedaba por saber si Lagat le remataría en la parrilla como hizo otro keniano, Ngeny, en los Juegos de Sidney. Era lo lógico por las características de los dos atletas y por el peso del recuerdo. El Guerruj parecía destinado a otra derrota, a la peor de todas, la que le privaría del único título que le faltaba. Sin embargo, la historia de esta carrera se escribió de otra manera. El campeón marroquí no cedió un milímetro ante los ataques de Lagat, que tiraba con toda la munición. No hubo manera. Cuando Lagat crispó definitivamente el rostro y no encontró ninguna recompensa, se hizo evidente que, por fin, habría justicia. Ganó El Guerruj. El más grande.

Hicham el Guerruj, arrodillado, ojos al cielo, recibe las felicitaciones de sus escoltas en el podio: Bernard Lagat y (de pie) Rui Silva.
Hicham el Guerruj, arrodillado, ojos al cielo, recibe las felicitaciones de sus escoltas en el podio: Bernard Lagat y (de pie) Rui Silva.ASSOCIATED PRESS
El Gerruj alza los brazos victorioso por delante de Lagat y de Rui Silva.
El Gerruj alza los brazos victorioso por delante de Lagat y de Rui Silva.REUTERS

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