Análisis:A TODA VELOCIDAD | Atenas 2004 | TENIS: LA DECEPCIÓN DE QUEDARSE EN EL PELDAÑO DE ABAJOAnálisis
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Deprisa, deprisa

La velocidad por la velocidad, el esfuerzo por el esfuerzo, la gloria por la gloria: ésta es la imagen de nuestro tiempo.

Se cuenta que el soldado griego Filípides murió tras 42 kilómetros de carrera desde Maratón hasta Atenas para anunciar la victoria sobre los persas allá por el año 490 antes de Cristo.

Produce fatiga imaginarlo, hacia la mitad de aquel camino infinito, sediento, sudando, medio mareado por el calor, solo entre olivos y piedras polvorientas, tropezando por el cansancio y desprendiéndose de su traje de soldado.

Nos lo podemos imaginar porque ya hemos visto cómo acaban algunos atletas la prueba a la que la batalla ha dado nombre y que, sin duda, es la más dura y acongojante de todo el circuito.

Muchos siglos después, un niño de nombre Haile Gebrselassie, allá en la lejana Etiopía, tenía que recorrer diez kilómetros diarios para ir a la escuela, algo habitual en aquellas tierras, escasamente motorizadas, en las que las piernas son un medio de transporte seguro y barato.

Nos lo imaginamos esbelto, altivo, de mirada abierta lanzada campo a través. Los pies descalzos pasando de vez en cuando entre rebaños de vacas flacas. Casi podemos verlo bajo los primeros rayos de sol dando largas y rápidas zancadas para no llegar tarde a clase. Intentaba volar para llegar a un sitio. Y llegaba para aprender. Para él, correr era como tomar el autobús. No había más misterio.

También Filípides tenía un motivo para llegar moribundo: anunciar una victoria, ser el primero en darla, contar cómo había ocurrido. Más que un soldado o un atleta, se sentía un reportero y, para él, correr fue como coger un teléfono y dictar la noticia a su periódico.

Ahora, cuando vemos a alguien corriendo por la calle, pensamos que se le ha prendido fuego a la casa, salvo que vaya en chándal o en pantalón corto.

Correr se ha convertido en una actividad de recreo y pasamos por la contradicción de dar 20 vueltas ahogándonos a la manzana y luego usar el coche para ir a la oficina.

Y, hablando de trabajos y carreras profesionales, las pruebas de velocidad y resistencia son lo más parecido que hay a nuestra ambición y tensión por competir con rivales que nunca nos van a regalar una milésima de lo que sea.

No sé si alguna vez Gebrselassie, al llegar a una de sus muchas metas, en las que no había ninguna escuela, se habrá preguntado para qué llegaba. Y cuando recibía una medalla, para qué la recibía.

Tal vez en la última meta de sus últimos Juegos se haya liberado de la presión de ganar para tener que volver a ganar una y otra vez. Su rostro nos pareció el de un hombre que, por fin, ha llegado a sí mismo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del domingo, 22 de agosto de 2004.

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