Atenas 2004 | ATLETISMO: UN MARATÓN A 35 GRADOS

Vómitos y lipotimias

Vómitos, lipotimias, asfixias, caídas, flatos... El mítico estadio Panathinaiko se convirtió ayer en una enorme y marmórea sala de urgencias al término del maratón femenino que coronó a la japonesa Mizuki Noguchi. Pero hasta ella, y pese a su aparente entereza, desfalleció al poco de cruzar la meta. Ante un enjambre de micrófonos, dijo: "Estoy muy feliz. Gracias por el apoyo". Y se cayó al suelo. Llegó luego Catherine Ndereba y, nada más pasar la línea, se derrumbó. Durante varios minutos no se pudo levantar la keniana. Estaba asfixiada. Las dramáticas escenas se repitieron. Exhaustas, deshidratadas, quemadas tras más de dos horas bajo un sol inmisericorde, la mayoría acabaron sin alma. Muchas otras, como la máxima favorita, la británica Paula Radcliffe, ni siquiera eso: doblegadas por el fuerte calor, se quedaron por el camino.

Abrasador desde primeras horas del día, el sol, que hasta ayer se había mostrado muy moderado para lo que acostumbra por estos parajes, anunció bien pronto que se erigiría en el gran juez de la mítica carrera. Al mediodía, el termómetro ardía: 38 grados, 25% de humedad y apenas un ligero viento. El escenario daba pavor. En las calles, los turistas buscaban desesperadamente la sombra o una fuente para refrescarse.

A las seis, cuando las atletas tomaron la salida, el sol había disminuido ligeramente su intensidad -el termómetro había descendido hasta los 35º-, pero la humedad se había elevado: 31%. Apenas, un inapreciable viento del noroeste. El recorrido fue devastador y las distancias entre los puestos de avituallamiento parecían siderales.

Kenza Wahbi fue una de las primeras atletas heridas por el horno. Situada en la cabeza de la carrera, a los 23 minutos de la prueba, ya dio los primeros síntomas de flaqueza. Se tocó el costado y, aquejada por el flato, se paró un instante a escupir. Cuando dos horas y media más tarde llegaba a la meta, en la 30ª posición, gesticulaba en busca de agua de forma constante. Asha Gigi, con el mismo problema, ni siquiera terminó. Se tuvo que parar poco después del kilómetro 15. El calor la asfixiaba y se puso a vomitar.

Cinco kilómetros antes, en el 10 de la carrera, un grupo de atletas había acabado en el asfalto también en busca de agua. Era tal su ansiedad por llegar al puesto de avituallamiento que tropezaron y se fueron al suelo. A medida que disminuía la temperatura, aumentaba la humedad. Un horror que las dos españolas, María Abel y María Dolores Pulido, lograron soportar con relativa entereza a su llegada a la meta. Muchas otras atletas precisaron camillas o ayudas para caminar hacia el vestuario. Como la mongola Otgonbayar. Última, tras 3h 48m 42s de esfuerzo, recibió la calurosa ovación de todo el estadio y, tras cruzar la línea de llegada, pidió agua, se tiró al suelo y precisó apoyo para volverse a levantar. Sesenta y seis mujeres lograron acabar. El calor devastó a otras 16.

* Este artículo apareció en la edición impresa del domingo, 22 de agosto de 2004.

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