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Reportaje:Atenas 2004 | ATLETISMO: MAGNÍFICA FINAL DE 100 METROS

La venganza de Graham

El entrenador que desencadenó el 'caso Balco' es el técnico de Gatlin

Media hora antes de la final que devolvió los 100 metros a los tiempos gloriosos del último decenio del siglo XX, Manuel Pascua, entrenador madrileño, aventuraba que su pupilo Francis Obikwelu bajaría de 9,90s y ganaría el oro. "En la semifinal", decía Pascua, "ha salido fatal. Ha cedido un metro y le ha sido imposible recuperarlo. Pese a ello, ha hecho 9,97s, que equivalen a 9,87s. Y, si hace ese tiempo en la final, en la que cinco por lo menos bajarán de 10s, oro seguro". Se equivocó Pascua. Se quedó corto, por un lado, sobre la marca que conseguiría el tremendo portugués -y el resto de los finalistas- y, por otro, se pasó sobre el puesto que ocuparía en el podio. Obikwelu, nacido en Nigeria en 1978, emigrado a Portugal en un barco de inmigrantes, residente bajo un puente en Lisboa, en la miseria, varios años, rescatado para la vida por el atletismo en 1995, residente en Madrid desde octubre pasado, bajó su marca hasta 9,86s, récord europeo, pero ni eso le valió para ganar el oro en la segunda final más rápida de la historia, tras la de Atlanta, en la que Bailey ganó con 9,84s. El calor de Atenas coronó al norteamericano Gatlin. Y la ironía se impuso.

En junio de 2003, Trevor Graham, técnico jamaicano que había llevado desde su campo de entrenamiento en Raleigh (Carolina del Norte, Estados Unidos) a Marion Jones a la gloria, a Tim Montgomery a convertirse en el hombre más rápido del mundo (9,78s) y a quien la pareja de oro había abandonado meses antes tras agrias disputas económicas, envió una jeringuilla con un líquido misterioso a la agencia antidopaje norteamericana. La jeringuilla contenía THG, un anabolizante desconocido y, por tanto, indetectable hasta entonces. Allí nació el caso Balco, allí comenzó a cavarse la sepultura deportiva que acogería a Jones, ausente en la velocidad de Atenas; a Montgomery, ausente en todo, y a Dwain Chambers, entre otros. Allí comenzó a gestarse la venganza de Graham, la venganza que se consumó en Atenas.

Abandonado por Jones y Montgomery, Graham centró todos sus esfuerzos, sabiduría y conocimientos sobre el sprint, la química de la fuerza, en una pareja de velocistas jóvenes: Justin Gatlin, serio, trabajador, la gran promesa norteamericana, y Shawn Crawford, el hombre guepardo, como le gusta llamarse, el atleta que derrotó a una jirafa y perdió con una cebra en una folclórica carrera. Y ayer estaban los dos. En la línea de salida de la final. Después de haber hecho un acto de afirmación espectacular en semifinales.

"Graham nos dijo que lo hiciéramos", explicaron los dos. Ocurrió que en los últimos 20 metros de su semifinal, en la que iba tremendamente destacado, Crawford se volvió a Gatlin, en la calle de su derecha, y le hizo un gesto con la mano de que acelerara, de que él le esperaba. Los dos se pusieron a la misma altura y, entonces, increíblemente, corrieron con un paso que casi era el de la oca, la pierna rígida y elevada. Cruzaron la línea prácticamente a la par. Era el anuncio de su superioridad. De la superioridad que sólo pudieron repetir a medias en la final.

Los 100 es una prueba de gestos, de intimidaciones, de miradas de hombres duros, de tatuajes. Allí, rodeado de patibularias actitudes, de los bigotitos finos, idénticos, de Crawford y Gatlin, de la lengua de Mo Greene, el campeón saliente, el hombre capaz de recuperarse de gravísimas lesiones y volver a estar en las marcas de su vida, poco pegaba Obikwelu, feliz siguiendo con palmadas el sirtaki de calentamiento, dirigiendo al público según el ritmo se avivaba. Poco pegaba en ese ambiente de entrenadores prestigiosos, ególatras, de mundillo profesional norteamericano, de venganzas, Balcos e historias truculentas, el sprinter más alto que ha bajado de 9,90s, el hombre de 1,95 metros que se entrena cotidianamente en las pistas del INEF de Madrid con Pascua, un técnico veterano, barba blanca, sempiterno sombrero de explorador, siempre clavado en la curva del 300 controlando varios cronómetros a la vez y que compagina sus intereses con los del obstaculista Luismi Berlanas, el mediofondista Álvaro Fernández o la mediofondista portuguesa Carla Sacramento.

"Lo que ha cambiado desde que asomó Francis en Sevilla 99, para desparecer después de la élite, ha sido que se ha centrado, que antes estaba desperdigado, compitiendo en todas partes, sin mejorar en nada", explica Pascua, quien llevaba varios años entrenando intermitentemente a Obikwelu antes de que en otoño lograra que se quedara en Madrid; "antes apenas podía trabajar con él. Era una fuerza de la naturaleza, pero tenía unos defectos tremendos. Ahora aún tiene defectos, como la salida, que por eso quise que en los Mundiales de pista cubierta disputara los 60 en vez de los 200, para mejorar su técnica".

Irónicamente, también Pascua intervino, a su manera, para que la venganza de Graham fuera perfecta. Los 9,86s de Obikwelu, que en la final fue el tercero más rápido en los tacos, son el récord europeo que borra los 9,87s de dos británicos, de Lindford Christie y Dwain Chambers, uno de los sancionados por el caso Balco.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 23 de agosto de 2004