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Reportaje:Atenas 2004 | CICLISMO: EL GRAN DÍA ESPAÑOL

La frustración del 'pistard' laureado

Sergi Escobar, corredor del Barça 'amateur', se hizo ciclista porque sus ahorros de chaval no le llegaron para comprarse una moto

Las vocaciones son una cosa curiosa, como los flechazos.

Hay gente que estudia derecho en vez de medicina porque, al irse a matricular, hay menos cola en una facultad que otra -y no se sabe si el mundo perdió un gran médico, pero sí que descubrió un gran abogado- y hay gente que es ciclista porque las motos son más caras que las bicis -con lo que, a veces, habrá que agradecer a los fabricantes de las motocicletas el favor que le hacen al ciclismo-. El favor se lo hicieron a Sergi Escobar, al que empujaron hacia el Olimpo, la corona de laurel, el ramo de olivo.

Hace más de diez años, Sergi Escobar, adolescente inquieto, se tiró un verano trabajando en una frutería para sacar dinero con que comprarse una moto. Al final, los ahorros no le llegaron y se tuvo que conformar con una mountain bike. Ahí cambió su vida.

Perseveró hasta superar la decepción de no ir a Sidney pese a ser el campeón nacional

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La pista es el ciclismo clandestino. Hace unos meses, Escobar (Lleida, septiembre de 1974) ganó el Mundial de persecución en Melbourne (Australia) y muy pocos se dieron por enterados. Y era uno de los éxitos más grandes del ciclismo español en una especialidad prestigiosa, la persecución.

Escobar era ya tirando a mayor cuando descubrió el ciclismo de pista y carretera. Andaba ya por los 23 años. Inmediatamente se convirtió en un personaje de culto. Simultaneó la pista con el ciclismo de carretera, en el que mostró su clase sobre todo en las contrarreloj y sus problemas para circular bien en pelotón. En los foros de Internet, su nombre circulaba de mensaje en mensaje. De fondo, siempre el mismo: "Escobar ha vuelto a salirse ganando la contrarreloj de tal vuelta. ¿A qué esperan los equipos profesionales para ficharlo? ¿Es que en España nadie entiende de ciclismo?" Nadie se daba por aludido. Escobar, tenaz, perseveró. Superó la frustración, aunque todavía le dura la decepción, de no poder participar en Sidney 2000, pese a ser el campeón nacional, por una decisión discutida de los técnicos, que prefirieron a un profesional de vuelta de todo y eliminado a la primera. Así que se volcó en su profesión.

La carretera, el ciclismo profesional, el Tour, la Vuelta..., son el sueño de cualquier ciclista. La carretera desprecia a la pista. En 2001 participó en un Campeonato de España contrarreloj junto a los mejores -Santos González, Toni Tauler y compañía- y terminó el tercero. Ganó la contrarreloj de los Juegos del Mediterráneo. Nadie se dio por aludido.

Curioso, Escobar -independiente: vive con su novia, corre para el Barça amateur, que dirige Melcior Mauri; se entrena en Valencia con el preparador físico Eloy Izquierdo- quiso saber la razón de que ningún equipo profesional le quisiera fichar, a él, que estaba dispuesto a sacrificarlo todo, y se fue a la playa de Salou un día que allí se disputaba la contrarreloj por equipos de la Volta. Se dirigió a Eusebio Unzue, el director del Illes Balears-Banesto, y le espetó: "¿Por qué no me ficháis? Haré lo que queráis. Me sacrificaré. Os puedo ganar prólogos, contrarrelojes cortas. Os puedo ayudar mucho. Mirad a McGee, O'Grady, Boardman..." Unzue le miró y le dijo: "Querido Sergi, las carreras por etapas ya no tienen prólogos y, sin contrarrelojes tirando a intermedias, lo que necesito son currantes, corredores capaces de olvidarse de su nombre y ser capaces de poner al pelotón en fila durante cuatro kilómetros, capaces de echar abajo fugas de 20 segundos en menos de lo que se tarda en decirlo. Yo tengo en el equipo al alemán Becke, que ha sido campeón olímpico de persecución por equipos, campeón mundial de persecución, y está aprendiendo a ser ciclista de carretera, a ser corredor de equipo. ¿Quieres tú también esta vida?".

El velódromo establece con el ciclista una relación casi carnal, exclusiva. Ayer, con la corona aún en precario equilibrio sobre su coronilla, recién bajado del podio, el bronce balanceándose, pesado, sobre su pecho, sintiéndose en la gloria, Escobar se sintió con fuerzas, motivado, para exaltarse hablando de la pista, de cómo un día se fue con su cuadrilla de mountain bike a hacer el gamba al velódromo de Lleida, a los peraltes inclinados como muros, a las curvas, y de lo bien que se lo pasó, de cómo se enamoró del piñón fijo. "Y ya nadie me sacó del velódromo. Dejé aparcadas las ruedas anchas y allí me quedé", dice, embalándose mientras habla, en voz baja. "Y, encima, empecé a ganarlo todo. Así que... Nunca, nunca, dejaré la pista".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 22 de agosto de 2004