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LO MÁS ÚTIL | EL VIAJERO HABITUAL

La tentación cleptómana en los hoteles

Se llevaron un piano de cola, varios relojes antiguos, una nutria disecada, un cerdo de piedra y hasta el perro del director. A cambio dejaron una cabra muerta, un hámster vivo, una urna cineraria, varias dentaduras postizas, pelucas de diversos colores, un loro, periquitos, tres piernas ortopédicas, un ojo de cristal, pijamas y ropa interior de ambos sexos, además del kit de bondage, fusta incluida, que olvidó en un hotel de Londres algún huésped amante de la disciplina inglesa.

Con los objetos y la quincalla abandonados en los hoteles se podrían crear varios museos de rarezas. Aunque no todo lo que se encuentra es así: uno de los hoteles de la red española Paradores tiene una biblioteca de libros olvidados formada con los volúmenes de sus huéspedes.

Recuerdos sin importancia

La balanza se inclina del lado de los que se llevan a casa un recuerdo sin importancia de su paso por el establecimiento. La mayoría elige alguna de las amenities que pone a su disposición el hotel. ¿Quién no ha echado alguna vez en la maleta, al dejar la habitación, el frasco de champú, el kit de costura, el peine, el cepillo de dientes, la caja de cerillas, el lápiz, el bolígrafo o uno de esos indescriptibles gorros de ducha con agujeritos que jamás usará? O... ese bonito cenicero que tiene ahora mismo delante de usted.

No se sienta culpable, su cleptomanía es moderada. Los hay más audaces: en las piezas de algunas vajillas domésticas y juegos de cubertería bastante completos brillan los anagramas de hoteles de medio mundo. La picaresca también pasa por rellenar con agua o té las botellitas del minibar

, y hay quien, pertrechado con un destornillador, se ha llevado los picaportes, los toalleros, el secador de pelo, el portarrollos del papel higiénico, lámparas y bombillas, el equipo de música y el televisor. De las mesillas vuelan hasta las biblias de los Gedeones, y eso que en alguna de sus páginas tiene que venir aquello de "No robarás".

Ponga un ficus en su vida

Los espacios comunes tampoco se libran. Según recogía en mayo el diario británico The Daily Telegraph, los hoteles londinenses gastan una fortuna en adornos florales, convertidos en improvisados regalos de cumpleaños o de aniversario por maridos olvidadizos. Ningún reino de la naturaleza escapa a esta peculiar forma de coleccionismo: durante la celebración de una boda en un cinco estrellas madrileño se esfumó del hall y ante las mismas narices del recepcionista un ficus de más de dos metros de altura, y eso que el macetero debía de pesar lo suyo.

¿Dónde acaba el souvenir y empieza el cuerpo del delito? La toalla, ese oscuro objeto de deseo (aunque casi siempre son blancas), marca la frontera entre lo que la dirección del hotel considera normal que el cliente se lleve como recuerdo y lo que ya no le hace tanta gracia. Cientos de miles de toallas desaparecen cada año de los hoteles del mundo, lo que supone un enorme coste para las grandes cadenas.

Las medidas para evitarlo son variopintas. Según una web de rarezas viajeras, en un hotel de Tokio se puede leer este aviso: "Se ruega a los señores clientes que no roben las toallas. Si éste no es su caso, por favor, no lea esta nota". Otros establecimientos son más sutiles y anuncian en el baño: "Si está interesado en nuestros albornoces, puede adquirir uno nuevo en recepción por 50 euros. Si prefiere llevarse el que ha usado, tendremos que cargárselo en la cuenta".

Algunos hoteles han tirado la toalla, valga la redundancia. La cadena estadounidense Holiday Inn, que pierde más de medio millón de unidades cada año, declaró el 28 agosto de 2003 el Towel Amnesty Day, en el que concedía un indulto simbólico a quienes, a lo largo de los 51 años de historia de la cadena, decidieron secarse en casa con alguna de sus toallas. Otros, visto el éxito que tienen sus muebles y complementos, los han puesto a la venta por catálogo. Es el caso de marcas como Ritz-Carlton (www.ritzcarlton.com), Waldorf Astoria (www.waldorfcollection.com), Westin (www.westin.com/store) y otras.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 21 de agosto de 2004