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LA OTRA MIRADA | Atenas 2004

Maleta Completo

Diga lo que diga Sánchez Ferlosio, los Juegos Olímpicos están muy bien. Lo sé porque participé varias veces en ellos, en la modalidad de atletismo. Recuerdo con exactitud cómo nació mi desaforada pasión por ese deporte. Fue una tarde de verano de 1975. Por entonces Franco todavía estaba vivo y yo tenía 13 años y salía con una pandilla de mi barrio integrada por chavales tan descerebrados como yo. Por supuesto, despreciábamos cuanto no fuera hacer el gamberro, así que despreciábamos todos los deportes. Pero daba la casualidad de que en mi barrio había un estadio de atletismo, y aquella tarde desesperada del verano del 75, sin nada mejor que hacer, nos resignamos a entrar en él para asistir a unos campeonatos. Es posible que nuestro propósito explícito fuera reventarlos, cosa que probablemente hubiéramos hecho de no ser porque la primera prueba que vimos, sentados en fila en las gradas, fue la de los 100 metros lisos femeninos. Y fue entonces cuando ocurrió. Sonó un disparo y la línea de llegada succionó a las atletas como un imán a unas virutas de hierro. Eran muchas, pero nuestros ojos confluyeron sin excepción sobre una sola, porque debajo de su camiseta ceñidísima bailaban de una forma tan ostensible que era casi agresiva unos pechos de una belleza sobrenatural. Fueron -lo juro- los quince segundos más largos de nuestra vida. Nadie recuerda cómo acabó la carrera, nadie recuerda en qué lugar llegó a la meta la corredora de pechos sobrenaturales; lo único que sé es que nos quedamos en el estadio hasta que se hizo de noche, tal vez animados por la esperanza imposible de que repitieran los 100 metros femeninos, y que salimos de allí enfermos de deseo y decididos a consagrar el resto de nuestra vida al atletismo.

Así lo hicimos. Y fue así como participé varias veces en los Juegos Olímpicos. Los organizábamos cada verano los chavales de mi barrio en el estadio de mi barrio, a lo largo de mes y medio de competiciones diarias que no se interrumpían jamás, salvo que apareciera la corredora inolvidable de 100 metros, lo que no volvió a ocurrir nunca. Todos participábamos en todas las pruebas: las carreras (de 100 metros, de 200, de 400, de 1.500, de 5.000), los saltos (de longitud, de altura, con pértiga, el triple salto), los lanzamientos (de peso, de disco, de jabalina). Al final del verano se entregaban los premios: el primero -al mejor atleta- era el trofeo al Atleta Completo; el último -al peor atleta- era el trofeo al Maleta Completo. Debido a lesiones y contratiempos, nunca obtuve el primero; en cuanto al segundo, en dos oportunidades me hice con él sin apenas esfuerzo. Confieso que durante años traté de no considerar este hecho como una premonición.

Pero lo era. Se acabaron los Juegos Olímpicos de mi barrio. Se acabó mi barrio. Se acabaron incluso los chavales gamberros y descerebrados de mi barrio, que acabamos desperdigados por ahí, muertos o afantasmados en sombras de lo que fuimos. Pasó el tiempo. Convertido en poeta frustrado, durante años proyecté un poema épico que, a imitación de La Araucana de don Alonso de Ercilla, celebrase en versos sonoros y heroicos las gestas olímpicas que contempló el estadio de mi barrio y el destino que aguardaba a quienes las presenciamos o protagonizamos; su título inevitable iba a ser Maleta completo. Hace unos años me contaron una historia de uno de aquellos chavales; parece inventada, pero es real: en su momento la registraron los periódicos de toda España, acaso de todo el mundo. Pudo ocurrir durante unos Juegos Olímpicos, pero ocurrió durante los Mundiales de atletismo de Sevilla. Mi amigo había ido a parar a esa ciudad -ignoro por qué- y -puedo imaginar por qué- se había convertido en un honrado carterista. Un día del verano de los Mundiales asaltó en la calle a un par de negros despistados y, confiado en sus piernas de Atleta Completo -un trofeo que había conquistado en dos ocasiones-, echó a correr; apenas unos segundos después los dos negros lo atraparon, recuperaron su cartera y lo entregaron a la policía. Ese mismo día mi amigo supo lo increíble: los dos tipos a los que había asaltado eran el recordman y el vicerecordman mundiales de los 100 metros, los dos tipos más rápidos no sólo del planeta, sino de toda la historia del planeta, de forma que él no había tenido ni la más mínima posibilidad -pero es que ni la más mínima- de salir triunfante de su empresa. No sé por qué, pero esta historia me parece un emblema perfecto del destino de todos los que vivimos las Olimpiadas de mi barrio, de todos los que viven las Olimpiadas de verdad, de todos los que vivimos: salvo contadísimas excepciones, todos Maletas Completos. En cuanto a las excepciones, bueno, como saben, Franco murió en la cama y triunfante, y ganó varias batallas después de muerto, y hace poco me enteré de que la corredora de pechos sobrenaturales es ahora mismo, muy apropiadamente -lo juro, lo juro-, una próspera y reconocida sexóloga.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 20 de agosto de 2004