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Tribuna:LA OTRA MIRADA | Atenas 2004

Yerno olímpico

Supongo que para la mayoría de los lectores los Juegos Olímpicos que se nos echan encima no son más que unas jornadas de derroche televisivo en las que se van a ver, a todas horas y por todas las cadenas, musculaturas desproporcionadas, gestos de sofoco, sudores angustiosos. Lanzadores y lanzadoras compitiendo a ver quién tira más lejos la marca de su slip... Hombres con tetas y mujeres lisas, torsos absurdos anunciando bebidas refrescantes. Una orgía de entrevistas con variados alienígenas al borde de la asfixia explicando que otra vez será, que llevan cuatro años entrenándose once horas diarias, pero que lo importante es competir. Y unos comentaristas adiposos que ponen sus pegas tecnológico-atléticas, sobre todo en los bares. Una delicia veraniega hispánica: esos jugadores de dominó despechugados comentando con ironía el cuarto puesto del atleta español, un inútil más, un subvencionado de mierda...

Ustedes, casi todos, tienen los Juegos Olímpicos como punto de referencia: del año en que se separaron de su segunda mujer o del verano aquél en el que compraron la casa o cuando hicieron el viaje a Marruecos... Cuatrienios...

Pero lo mío es distinto. Yo tuve en la familia un campeón, un medallista olímpico. Ángel León Gozalo, vallisoletano. Medalla de plata en los Juegos Olímpicos de Helsinki 1952. El padre de mi señora.

Era deportista aficionado, pero su profesión, o sea de lo que se comía en aquella casa, era la de policía. Madero. Comisario León, profesor y jefe de estudios en la Academia de la Policía. Con placa. ¡Dios bendito! Y, cuando le conocí, estábamos en los coletazos del 68. (Iba a escribir en los culatazos del 68).

Ya fallecido, el hombre, nunca me hizo nada. Incluso era muy cariñoso conmigo pese a conocer mis aficiones heterodoxas. Pero, cuando le veía meter la mano en el bolsillo, lentamente, gesto en él muy habitual, a mí se me contraían instantáneamente los entresijos. Luego, lo que sacaba no era la pistola, sino un caramelo, pero a mí hasta el ruido del envoltorio me acojonaba.

O sea, que para mí los Juegos Olímpicos son una revisitación del miedo. Porque no sé si ustedes comprenden lo que es tener un suegro tirador de pistola. ¿Y si le daba por inventarse la especialidad de tiro al novio? Eran seis hermanas, seis, así es que blancos no le faltaban...

En fin, ya digo, en estos Juegos Olímpicos me volveré a acordar de que yo tuve un suegro que fue medalla de plata. Y ustedes consideren que toda Olimpiada es una televisiva forma de calendario. Compren ropa deportiva, pero no se les ocurra intentar emular a esos enfermos de la musculatura. La ciática está siempre más cerca que el récord. Así es que no salten, no brinquen; adquieran un cronómetro, instálense frente a la pequeña pantalla y... cronometren.

Y me atrevería a pedir a los espectadores de tresillo o de barra de cafetería un poco de amor para los deportistas olímpicos españoles. Y para sus yernos.

José Luis García Sánchez es director de cine.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 14 de agosto de 2004