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Entrevista:DIMITRI BERTMAN | Director del Teatro Helikon de Moscú | CULTURA Y ESPECTÁCULOS

"Una compañía de teatro debe ser como una secta"

Debe ser difícil ver a Dimitri Bertman sentado en un sofá un domingo por la tarde, sencillamente descansando. Este director de escena ruso es de los que detestan la palabra comodidad y huye de la vida fácil. Con 36 años ha firmado más de sesenta montajes teatrales y operísticos, y carga sobre su espalda la responsabilidad de dirigir un teatro, el Helikon, de Moscú, con 450 empleados en la nómina y con el hacha de la crisis constantemente sobre el cuello. "Tengo facilidad para el teatro y puedo resolver las cosas rápido, pero nunca lo hago, nunca me conformo con lo primero que se me ocurre, siempre busco complicarme la vida", dice.

Las soluciones las muestra estos días de gira por España con montajes que se han visto y se verán en Santander -una nueva producción de Norma, "mi primer Bellini", dice, y una antigua de El caso Makropoulos, de Janacek, que se hizo el jueves y que repite en Perelada el día 10, y Pedro el Grande, que sonará hoy en el Palacio de Festivales cántabro-, además de La clemenza di Tito, de Mozart, que estrena en Mérida el día 12.

"A veces envidio a la gente que tiene trabajos normales y vidas normales. Ser un taxista y conducir toda la noche..."

No se arruga, pero lo pide todo. Resuelve la falta de recursos con imaginación desbordante y fecunda, sus montajes son explosiones de color, movimiento, acción, resoluciones poéticas. Es moderno, ágil, busca públicos amplios, no tiene prejuicios con el repertorio, lo mismo apuesta por una Carmen, de Bizet, o un Eugeni Onegin, de Chaikovski, que se adentra en los laberintos trágicos y contemporáneos de una Lady McBeth de Mensk, de Shostakovich o de la Lulú, de Alban Berg. Para todos encuentra soluciones atrevidas.

Como en Norma. "Me aconsejaron que no me metiera en ella porque era demasiado estática, pobre, pero quizá eso me animó a buscar algo distinto", asegura Bertman. Y es que para una ópera que se ha convertido en algo intemporal vale aplicar hasta soluciones galácticas, con espadas de luz de caballero Jedi incluidas. "En Norma está la lucha interior de cada uno de nosotros, y eso vale para cualquier época", afirma Bertman. La Norma fue un encargo del Festival Internacional de Santander, que desde hace cuatro años ha apostado fuerte por él y le ha descubierto para el público español. "Me han dejado utilizar mi propio coro", afirma. Y es que no es cualquier coro. Sus 80 miembros están escogidos y entrenados por él para sacarles el máximo jugo dramático en escena. Cantan y se mueven como el que más, y son una de las grandes atracciones del Helikon.

Bertman les pone en marcha y ellos le responden como a un gurú. "Esto es una religión, nuestra compañía es como una secta, y así deben ser todas. Yo doy mi vida por este teatro y sé que si no lo hago moriríamos ambos, es algo histérico, a veces envidio a la gente que tiene trabajos normales y vidas normales. Ser un taxista y conducir toda la noche, algo que me encanta hacer, o como este camarero que tengo ahora enfrente", afirma el director de escena por teléfono desde un restaurante en Santander.

Ésa es una de las claves de sus espectaculares, frescos y sorprendentes resultados. Hay algo de fanatismo en lo suyo: "Llevo 15 años en esta compañía y consume mi vida, mi salud, mi cabeza, pero no puedo abandonarlo", afirma. Así también se ha convertido junto al director musical Valeri Gergiev, responsable del Teatro Mariinski, de San Petersburgo, al que dirige también con mano de hierro, en el referente de la ópera rusa actual. Se llevan bien y quieren hacer cosas juntos. "Los dos buscamos, pero no nos encontramos; lo nuestro es como La forza del destino", afirma.

Después de la nueva Norma, Bertman ha mostrado ya en Santander su versión de El caso Makropoulos, una de las óperas más reconocidas de Janácek. "Me interesa mucho porque era un hombre teatral y escribía su música pensando siempre en la escena", cuenta Bertman. Otra de las cosas más esperadas de su nueva visita a España es su versión de La clemenza di Tito de Mozart, que Bertman ha ideado para el Festival de Teatro de Mérida con una gran piscina de 26 metros cuadrados. "Es una obra sobre el perdón, pero la he planteado no en un ambiente imperial, sino de vida diaria. Tito puede ser hoy el director de una sucursal bancaria; hay personajes también encerrados y acosados por la curiosidad pública que les enjaula".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 7 de agosto de 2004