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Crítica:

Costumbrismo sucio

Empar Moliner realiza en su último libro un análisis paródico sobre el estado de la pareja actual. Trece relatos teñidos de un humor políticamente incorrecto y protagonizados por personajes sacados de la vida cotidiana a los que se ridiculiza sin piedad.

Los lectores que lean Te quiero si he bebido, el último libro de la autora catalana Empar Moliner, se encontrarán con trece relatos llenos de diálogos chispeantes, ocurrencias interesantes, apuntes psicológicos que nos comunican en qué mundo vivimos, con qué gente nos las vemos cotidianamente. Si se tuviera que apellidar con alguna intención programática este libro, ese sería el de un diagnóstico algo subidillo de tono del estado actual de la pareja. El grado del tono tiene que ver, entre otras cosas, con el interés de Empar Moliner por no dejar títere con cabeza en esa especie de rentable chiringuito en que se ha convertido lo políticamente correcto, sin mencionar (todo hay que decirlo) el peligro que se corre en convertir en otro chiringuito lo políticamente contrario. Ahora bien, Empar Moliner a la hora de plasmar sus ideas sobre algunos aspectos de la vida cotidiana incurre en eso que podría denominarse costumbrismo sucio. El realismo sucio de estirpe americana ya quedó claro que fue y es un mecanismo de desnudamiento social comprometido con unos dispositivos narrativos fuertemente anclados en la mejor tradición del relato breve europeo. Pero lo que practica la autora y periodista catalana es un costumbrismo en la línea del artículo de costumbres español del siglo XIX. Disimulado costado didáctico, evasión, filo humorístico y satírico, gracejo y entretenimiento.

TE QUIERO SI HE BEBIDO

Empar Moliner

Acantilado. Barcelona, 2004

210 páginas. 12 euros

La sal gorda la ponen unos

personajes, a los que cuesta identificarlos como tales, pero que con sus maniobras vitales de cuño irreverente, pasmados en su propia absurdidad o monotonía, incluso grosería, le dan a este libro su carácter entre ligero de equipaje literario y zumbón. Te quiero si he bebido no nos va a enseñar absolutamente nada de lo que le pasa a sus interesantes criaturas (por eso nos cuesta tanto ver en ellos ficciones sobre personas humanas) pero nos vamos a pegar un hartón de risa y escarnio a costa suya. Eso también forma parte de una idea de la literatura.

De los trece relatos que componen Te quiero si he bebido, hay dos que tienen madera de cuentos escritos con ambición imaginativa: 'La baja calidad de la literatura contemporánea' y 'La evolución anual de la voz humana'. Sus argumentos aquilatan reminiscencias que van de Cortázar a Quim Monzó. Pero sólo sus argumentos, una especie de gancho más elaborado para que el lector aplauda con justicia un don para la pirueta literaria. He hablado por encima de la hechura de los personajes de este libro. Es muy difícil ver en ellos representaciones sintomáticas de algunas de las enfermedades que se sugieren. Y eso porque parten de su condición de parodias. Toda el alma que les falta, la compensan con sus abultados rasgos ridículos y lamentables. Con personajes como éstos, claro que sólo nos queda reírnos de ellos. La fórmula no es otra que el espectáculo. Gente que va y viene aireando sus miserias. Pero el libro no es otro que el que su autora ha querido y con el que evidentemente ha disfrutado. Para terminar quisiera plantear un interrogante. ¿Por qué no se consigna en su página de créditos la traducción? El libro fue escrito en catalán, sin embargo en su edición castellana no sabemos quién lo tradujo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 17 de julio de 2004

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