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Análisis:Eurocopa 2004 | Grecia, el campéon más inesperado

'Maracanazo' en Lisboa

La final ofreció un fútbol reducido a la mínima expresión, como no podía ser de otra manera. Grecia fue Grecia, un equipo destructivo que se siente liberado de cualquier afán protagonista. Se ha enfrentado a rivales de enorme prestigio y a todos los ha desnaturalizado. Portugal no se pareció a Portugal. Tampoco Francia fue Francia, ni España recordó a España. Todos acabaron vampirizados por un equipo que tiene la virtud de destrozar el sistema nervioso de sus adversarios. El de Grecia no altera jamás. Maneja los encuentross desde una frialdad que resulta fascinante. Nunca se ha visto superada por los partidos, ni por la tensión, ni por evidente realidad de su proeza. Jugaron el último encuentro como el primero. Con el mismo corolario: la victoria.

Habría sido necesario el partido que nunca se jugó en esta Eurocopa: Grecia contra Grecia

El mérito de Grecia fue explotar todas sus cualidades sin conceder uno sólo de sus defectos. Debe tener unos cuantos, pero no se apreciaron. Hubiera sido necesario el partido que nunca se jugó en esta Eurocopa: Grecia contra Grecia. Nunca se encontró con un adversario con sus armas, con su mezquino plan de fagocitación, con el aprovechamiento en beneficio propio de todas las rendijas del reglamento. La final fue nuevamente un partido fragmentado, lento, con las acciones deliberadamente demoradas por los griegos, que no encontraron falta que no les gustara, saque que no mereciera un retraso, despeje grosero a cualquier lado. Todo esto con catenaccio feroz, perfectamente interpretado por unos jugadores imperturbables y laboriosos como japoneses. El cuadro remitía a otras épocas, a un fútbol que parecía periclitado y contra el que no ha habido antídoto. Los famosos técnicos actuales no han encontrado la manera de desactivar un plan bastante simple: marcajes al hombre, defensa masiva, ningún interés por la posesión de la pelota. Si todos los equipos fueran como Grecia se llegaría al caso kafkiano de un fútbol sin ataque. El contragolpe existe porque alguien ataca, porque alguien asume riesgos, porque alguién considera que el fútbol merece la grandeza.

Grecia tiene una coartada. Es un país pequeño, sin apenas tradición en los grandes torneos. Se siente con derecho a interpretar el papel de víctima, aunque no le falten jugadores en las mejores Ligas y en buenos equipos: el Roma, el Werder Bremen, el Inter de Milán. Esa posición de debilidad le permite manejar recursos que son intolerables en otras selecciones, a pesar de que voces como las de Clemente aprovechen de forma oportunista el éxito griego para proclamar la vigencia de sus tesis. Es difícil pensar en España, Holanda o Francia en este plan negativo, de una negación absoluta por la creatividad y el juego de ataque.

A diferencia de Holanda, o de la misma Portugal, que irrumpió en el fútbol de los años 60 con estilo y poderío, Grecia no hará escuela. Su indiscutible éxito, que tiene la virtud de producirse en un año muy señalado para el país, tiene el valor de lo imprevisto. Es una demostración del carácter misterioso del fútbol, que se ha burlado esta temporada de los pronósticos, del mercado, de la vieja aristocracia. Pero el legado griego tiene una caducidad cortísima. Se agotará con la victoria. Como mucho, aparecerán equipos pequeños, del mismo corte, que interpretarán el mismo papel. A los grandes les está vetada una vía tan rácana. Por fortuna.

Con toda la eficacia de su plan, a Grecia le ayudó la fortuna. Lanzó un remate y marcó el tanto de la victoria. Lo hizo con su característica habilidad para sacar petróleo de un saque de córner. A falta de juego, Grecia exprime su precisión en este tipo de jugadas. Es un equipo que se maneja perfectamente en los resultados cortos y que sabe algo de estadística: siempre hay una oportunidad por partido. Sólo hay que aprovecharla. Tuvo una frente a España, otra frente a Portugal. No necesitó más. A sus rivales no les han faltado ocasiones, pero siempre en medio de la desesperación, contra el reloj y la angustia, contra la culpa que significaba la derrota frente a un equipo tan mediocre.

Portugal fue la última víctima. No aprendió nada de su fracaso en el primer partido y salió a jugar con el mismo grado de ansiedad. Un equipo demasiado responsabilizado por las expectativas que había creado: un país se disponía a celebrar la fiesta de la selección de Scolari. Fue un maracanazo a la griega. Desde la célebre victoria de Uruguay sobre Brasil en 1950 no se había asistido a una sorpresa tan formidable. Ni Figo, ni Cristiano Ronaldo, ni Deco estuvieron a la altura de su fama. Pauleta, sí. Jugó tan mal siempre como siempre. A la defensa le ocurrió algo que no resultó novedoso: casi siempre ha cometido un error por partido. Frente a Inglaterra -mala cesión de Costinha-, frente a Holanda -defectuoso despeje de Andrade-, frente a Grecia: todos hicieron la estatua en el remate de Charisteas. Un cabezazo, un gol, la victoria, maracanazo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 5 de julio de 2004