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Tribuna:Eurocopa 2004 | La felicidad portuguesa

Fútbol y magia

1. W. B. Yeats, el gran poeta irlandés, decía que se puede preparar un discurso como quien hace un poema. Lo mismo puede ocurrir en el fútbol. No es sólo una cuestión de técnica, sino también de tensión interior, "instinto" ha dicho Nuno Gomes, "razones inexplicables", lo que Herberto Helder ha llamado "estado de poema" y que para un futbolista quizá sea el "estado de gol". Una especie de estado de gracia, una inspiración, un soplo que viene de dentro. Pero que sólo funciona cuando la técnica, como subrayaba Ezra Pound, se transforma en una segunda naturaleza. Es lo que permite al poeta, en momentos excepcionales, reencontrar la relación mágica con el mundo a través de la palabra. O a un futbolista, como hizo Nuno Gomes, irse a la derecha y rematar en vez de hacer una pared con Figo, que le había dado el pase y se desmarcaba hacia la izquierda llevando los defensas atrás. Es algo que se decide en una centésima de segundo. Viene de dentro, de la voz no se sabe de quién, que dice al futbolista "¡remata!" y al poeta, cada vez más ajeno, casi sin intervenir, y aconseja el ritmo, después la primera palabra, finalmente el poema. Me gustaba describir un gol como aquel poema que Nuno Gomes ha marcado. Tal vez hay otros más bonitos. Pero ninguno con aquella intensidad, capaz de hacer al país saltar y, al mismo tiempo, gritar: ¡Gol! Como si cada uno de nosotros hubiera sido el autor. Como si todos juntos estuviéramos rematando con el pie de Nuno Gomes. Momento incomparable, que sólo raramente acontece en el amor, en la poesía, en el fútbol y en muchas otras pocas circunstancias de la vida. Algo que, como fenómeno colectivo, tal vez sólo el fútbol sea capaz de provocar.

2. ¿El fútbol se juega con once? El fútbol se juega con todos. Todo el país ha jugado contra Inglaterra, a excepción de una media docena de la casta superior, que todos sabemos quiénes son. El fútbol se juega con todos. Y no sólo con el alma, sino con todo el cuerpo. No hay un trozo de mí que no me duela. Han sido 120 minutos más los penaltis. Cuando me he dado cuenta, estaba dando la mano a los vecinos de la izquierda, ahora amigos íntimos, y al vecino de la derecha, mi compañero de infancia, el juez Afonso de Melo, todos con las manos dadas. No ha sido sólo Ricardo el héroe de la noche, que ha apartado a Nuno Valente y decidió marcar. Hemos sido todos nosotros. Millones de pies en el pie derecho de Ricardo. El fútbol se juega con el alma, el fútbol se juega con el cuerpo, el fútbol se juega con todo. Y no sólo los que estaban en el estadio, sino los que estaban en casa, en los cafés, en la calle, delante de grandes pantallas. De fuera sólo estaban esa media docena a los que no les gusta compartir con el pueblo la fiesta y el sufrimiento.

Me han dicho que Durao Barroso, por superstición, tenía la misma corbata. Yo me he puesto la misma camisa de las victorias ante Rusia y España. Sólo el fútbol era capaz de hacerme jugar lado a lado con el primer ministro contra el equipo de su amigo y mi estimado enemigo Tony Blair. Sólo el fútbol puede juntar adversarios irreductibles. O hacer que se abracen como hermanos los que nunca se habían visto antes. Juegan todos, los que saben y los que no saben. A quien les gusta y a quien no les gusta. Es el único juego total. Y no es totalitario porque libera. Los goles de Postiga y Rui Costa (gran jugador) han sido más que goles: fueron una liberación. Una victoria electoral es festejada sólo por quien gana. Una victoria de la selección (a excepción de los mismos de siempre) es de todos. Contra "nuestros hermanos". Y no hay nada mejor que ganar a un hermano. Contra los viejos aliados. Y no hay nada mejor que ganar a un aliado que se empeña en cantar Rule Britania. Ahora fueron a cantar para casa. El fútbol también es subversivo. Se puede transformar súbitamente en un movimiento de liberación antiimperialista. Pero es más que eso. Al final del partido he visto lágrimas en los ojos de dos jóvenes ingleses que habían pasado todo el tiempo cantando. Les di la mano. Otros me han dado la enhorabuena. Estaban tristes. Pero más tarde los vi danzando con los portugueses. Fútbol es esas lágrimas, esa fiesta, esa complicidad. Además de devolvernos la perdida magia de la relación con lo sagrado. Gracias fútbol, gracias selección, gracias Ricardo, gracias Postiga, gracias Rui Costa, gracias Scolari, gracias a todos, gracias Figo, que sigues siendo mi ídolo y a veces eres tan incomprendido.

Manuel Alegre es vicepresidente del Parlamento portugués, poeta y escritor. © Público / EL PAÍS

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 26 de junio de 2004