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Crónica:Eurocopa 2004 | PORTUGAL

Grecia tumba al campeón

El ordenado y combativo conjunto de Rehhagel pone en evidencia a una Francia descabezada y víctima de su improvisación

La cenicienta le pudo a la reina y Francia enfiló anoche el mismo camino que Italia, Alemania, España e Inglaterra para gloria de Grecia. La campeona nunca estuvo en Portugal o, al menos, no se la ha visto, confundida como está, deseosa de recluirse para el inventario. Agotado Zidane, se ha quedado tiesa y Jacques Santini, su técnico, no sabe o no contesta. Ha vivido a contrapelo durante todo el campeonato. Justamente lo contrario le ocurre a Grecia, encantada de la vida, especialmente vital, feliz con lo que le está sucediendo, dispuesta a reencontrarse de nuevo con Portugal si es que hace falta.

A Grecia se le reprochaba precisamente que viviera de la renta de su victoria inaugural sobre Portugal, la selección anfitriona, que desde entonces elimina rivales sin reparar en su condición ni rango, espantada por su fracasado estreno. Puede que la fortuna tuviera cierta influencia en el triunfo del equipo de Otto Rehhagel. Parece mezquino, en cualquier caso, atribuir su mérito al azar. Grecia es sobre todo una selección organizada, como corresponde a cualquier equipo entrenado por un alemán; tiene el plus de combatividad que se le supone simplemente por su origen y cuenta con una columna vertebral especialmente interesante: el central Dellas, el medio Basinas y el delantero Charisteas, tres futbolistas que pesaron más que toda Francia.

Desde la humildad, Grecia acepta que se diga que es un rival difícil de batir sin reparar en su capacidad de sorpresa. Ocupa el campo como una mancha de aceite e inutiliza al rival con una excelente presión sobre la salida de la pelota. La posibilidad de marcar queda a expensas de factores como los golpes francos, los rechaces y la capacidad de Charisteas para rematar o habilitar a la segunda línea. No es fácil encontrar el truco para vencerla. Sobre todo, si el rival se confía y se deja ir acorde con los minutos del partido. El suyo es un juego que se impone por contagio y, en igualdad de condiciones, resuelve en la jugada menos esperada.

Francia no jugó nunca a gusto. No sólo porque no le dejó Grecia, sino también porque no se reencuentra como equipo y no le ha cogido el hilo al torneo. Es una selección fracturada, que no combina, falta de un enganche, mal puesta en la cancha, víctima de su propio ego. No conjuga y juega a menudo al pie. Pires y Zidane se abrían a las bandas y se intercambiaban las posiciones, al igual que Trezeguet y Henry en el ataque, sin que pasara nada. Parecían líneas paralelas que, por mucho que se prolongaran, jamás se encontrarían. Zidane acabó el primer tiempo tan desquiciado que cargó con una tarjeta amarilla por dar al tobillo de Karagonis, un volante que encarna el espíritu griego: no hay manera de sacárselo de encima cuando defiende y, a la que rebaña la pelota, busca la portería con gran determinación.

Grecia llegó al descanso dos cuerpos por delante de Francia. Mandaba incluso en el recuento de ocasiones, tanto por cantidad como por calidad, pues Katsouranis no batió a Barthez a la salida de un libre indirecto por cuatro dedos, que es lo que le faltó al balón para rebasar la línea de meta. Los franceses se quedaron como único lamento con un cabezazo de Henry que se le escapó por encima del larguero. Ni individual ni colectivamente podían descoser a los griegos, muy solidarios y puestos, sorprendentemente superiores, siempre jugando al dos contra uno.

A Francia no le quedaba más remedio que no perder la paciencia y confiar en resolver el partido en una genialidad, en una acción muy personal, puesto que en el estadio Alvalade no había manera de ganarle un metro cuadrado a Grecia, siempre bien orientada por Basinas, un volante estupendo en el repliegue y el despliegue, con mayor criterio que Makelele y Dacourt, sustituto de Vieira.

Los franceses sólo tomaron un poco de aire cuando Lizarazu rompió por el costado del lateral izquierdo. Aunque con más dedicación que clarividencia, entonces parecía que iban a por el partido. Falsa impresión. Justamente por el costado del lateral llegó el tanto griego.

Acomodada Francia, apareció Basinas en la medular y tiró una magistral apertura para la carrera de Zagorakis por el flanco derecho. El volante corrió y centró al punto de penalti, el sitio donde aguarda siempre Charisteas, cuyo cabezazo fue inapelable. A Santini no le quedó más remedio que cambiar y recurrir al poderío de Saha, a la velocidad de Wiltord y al centro de Rothen. Ni con cinco delanteros pudieron los franceses tumbar a Nikopolidis, protegido por los suyos y por la desdicha de Henry, que no acertó en el último remate franco.

Merecía el triunfo Grecia por el diseño que hizo del partido, por lo bien que lo jugó y por lo manera que lo resolvió frente a una Francia descabezada y víctima de su propia improvisación. Si el fútbol es un estado de ánimo, la campeona andaba depresiva y el aspirante estaba eufórico. Así que a nadie le debe sorprender el resultado.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 26 de junio de 2004