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Tribuna:ENLACE REAL

La boda

La autora, que se define republicana, analiza el enlace real, que, dice, rebasa los límites de una nota de sociedad y pasa a ser un capítulo de la historia de la Monarquía española, muy actualizada por la conducta de sus miembros.

El profesor Antonio Elorza, con quien coincidí, hace muchos años, en el seminario dirigido por Julián Marías, en la madrileña Casa de las Siete Chimeneas, profesor al que leo siempre en este diario, ha comentado el sorprendente o especial acontecimiento de la boda del príncipe Felipe con la periodista Letizia Ortiz, "princesa republicana".

El singular acontecimiento rebasa los límites de una alta nota de sociedad y pasa a ser un capítulo de la historia de la Monarquía española, muy actualizada por la conducta de sus miembros. La trayectoria, no exenta de grandes dificultades vividas por los Reyes y seguida luego por sus hijos, nos ha tenido expectantes a un ya escaso número de republicanos, carentes de altos cargos políticos, sin calidad ni vocación para ejercerlos, pero sí teóricamente afectos a una forma de gobierno preferida por gran parte de la juventud de los que perdimos aquella guerra, sufrida por la generación de 1936.

Los Príncipes ya habrán advertido la dificultad de asumir su doble papel de vida privada y pública

Y estábamos expectantes porque pensábamos que, al morir el dictador (tengo para mí que fue el único del siglo XX que hizo lo que quiso, nos humilló a muchos, y se murió cuando le dio la gana), al morir, repito, en 1975, y permitir dar paso a don Juan Carlos, nos temíamos el repetir la objeción de mi maestro Ortega, ante algunos desaciertos republicanos: "¡No es esto! ¡No es esto!".

Pero la conducta de don Juan Carlos es patente: su campechanía, simpatía personal de sus actos públicos y respeto a la Constitución de 1978 por él observada y su valiente conducta ante el "Tejerazo" nos ha servido a muchos para estimarlo un presidente excelente. Completa venturosamente su entorno familiar el señorío de doña Sofía y el correcto comportamiento de las infantas, que se han casado con quienes han querido y, al fin, el Príncipe también ha logrado seguir el mismo camino, por él tan deseado, al parecer.

Si bien las comparaciones, aparte ser odiosas, son de mal gusto, compare el lector la conducta ofrecida por otras monarquías reinantes y la de la española y creo que no es preciso continuar este párrafo.

Antonio Elorza alude a algunas anécdotas vividas en México por la actual "princesa republicana", en su artículo del 22 de mayo; a la sensibilidad de doña Letizia ante el sufrimiento de los animales, a sus dotes de trabajadora, su independencia de ideas, a las que ella defiende con valentía, su entusiasmo por la figura literaria de Jorge Luis Borges y por la más breve, pero impresionante obra de Juan Rulfo; todo ello es indudable que enriquece el carácter actual, culto y democrático de la Monarquía española, pero levanta en el profesor Elorza el temor de que "el plus de popularidad" pueda convertirse, como en el caso del príncipe de Gales, "en destrucción del prestigio personal e institucional. Es el precio a pagar por la libertad".

Es bien sabido que la criatura humana es un complejo dual entre ser macho / hembra, producto de la naturaleza, común con los animales mamíferos, y ser hombre / mujer, proceso de cultura, privativo de los humanos. Este proceso de cultura no es uniforme en todo el mundo; en el occidental, a través del tiempo se va puliendo con dinamismo respecto a la situación de la mujer; en el oriental, de un lento estatismo, la hembra es valorada en tanto hija de su padre y servidora de su marido; su papel femenino de mujer no interesa mucho a su amo.

En nuestro mundo occidental el avance favorable del valor femenino en cuanto tal, respecto a su equilibrio con el masculino, ha sido notable a partir de la década de los sesenta del pasado siglo, al menos en España, por razones que no son posibles de examinar ahora y tal vez un ejemplo de tal hecho sea la unión de nuestros príncipes de Asturias.

Sin duda es un problema de su esfera personal el que una criatura se plantea cómo orientar su vida y en lo que ésta va a consistir: la soledad es mala compañera muchísimas veces y preferimos abandonarla para vivir en compañía, o sea con-vivir con él o ella, pero el convivir suele ocasionar pérdida de la preciada libertad humana y surge el dilema: ¿compañía o libertad? Difíciles de armonizar, por lo que el temor del profesor Elorza tiene sentido.

Pero nuestros príncipes se han unido en la plenitud de su juventud: él ha cumplido 36 años y ella, 31; ambos tienen experiencia vital, no se encontraron en la primera juventud, donde la falta de madurez intelectual y sentimental causa tantas equivocaciones, y a veces dramas, en la pareja humana. Ellos ya habrán advertido la dificultad superlativa de asumir su doble papel de vida privada y pública que el azar les ha planteado. Lograr, en lo privado, armonizar compañía y libertad requiere un permanente esfuerzo del vivir-convivir alerta y que ese cuidado revierta en su representación pública oficial, claro que supone esfuerzo y hasta sacrificio, a fin de prestigiarla, pero la vida es para todos, príncipes o ciudadanos de a pie, una faena que hay que hacer.

El futuro de la persona humana, admirado profesor Elorza, no está escrito; no apriete usted las duras tuercas del destino humano de nuestros singulares príncipes de Asturias. Como es lógico, no los he visto nunca al natural, ni jamás hablaré con ellos, dada la actual distancia que vivo de mi entrañable Madrid perdido. Ahora ellos disfrutan su carpe diem horaciano y segura estoy de que no leerán este artículo, ni les importa, pero sí casi sé que los príncipes han leído las maravillosas Coplas de Jorge Manrique y que entenderán lo que son "verdura de las eras". No plantee usted, profesor Elorza, zozobras a la gentil pareja que hemos visto en los medios de la gran publicidad moderna, que, desde la época de Calderón ha sido el gran teatro del mundo, elevado ahora al espectáculo permanente que es la vida humana.

Quien nos desplegará la desconocida espiral de la vida de tan grato dúo principesco y de la actual forma de nuestro digno, hasta ahora, régimen político será el Tiempo. De este misterioso zahorí decía Quevedo (soneto 80 de la musa Polynia) que "ni vuelve", claro está, pero que "no tropieza". Sólo él sabe si el camino de nuestros príncipes, tan ligado al de España, va a ser lo más afortunado posible.

María Rosa Alonso es escritora.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 1 de junio de 2004