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Crítica:

Percepción materializada

El artista madrileño Isidro Blasco ha recreado en el Museo Reina Sofía el apartamento donde vive, partiendo de construcciones escultóricas y fotografías fragmentadas. Un intento de acercarse a la percepción del ojo y del cerebro en combinación con las emociones.

El lugar es un espacio que posee unas características que lo hacen reconocible y sobre el que se pueden proyectar sentimientos y recrear emociones. Los pintores, por medio de la mimesis del mundo real, suelen reproducir imágenes de lugares mientras que, tras la experiencia de las vanguardias, algunos artistas han trabajado con el concepto de espacio, creando recintos y recreando lugares a escala humana. De esta manera escultores y artistas de la imagen, tales como fotógrafos, cineastas y videoartistas, coinciden en un territorio común que se ha calificado con el ambiguo término de instalación. Las modas y los hábitos expositivos han conducido en los últimos años a una disolución de las instalaciones como género artístico, sin embargo, la fuerza creadora de algunos pocos artistas ha permitido que el concepto de espacio y la idea de lugar se mantengan como una de las grandes metas aún no agotadas hacia las que puede tender la práctica artística en los próximos años.

ISIDRO BLASCO

Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía

Santa Isabel, 52. Madrid

Hasta el 4 de julio

Una de las muy escasas excepciones de artista que persigue esta meta es Isidro Blasco (Madrid, 1962), quien, desde hace unos diez años, con infatigable constancia, viene desarrollando un tipo de trabajo que partiendo de las ideas de construcción escultórica y de fotografía-reportaje, construye espacios en los que recrea lugares reales sobre los que proyecta sus propias vivencias personales.

La obra que ahora presenta,

específicamente realizada para el Espacio Uno del Centro de Arte Reina Sofía, está cargada de una experiencia existencial. Se trata de una reproducción secuencial de su apartamento y de cómo él lo habita y percibe pero, al contrario de como procedería un pintor figurativo o un fotógrafo documentalista, Isidro Blasco no pretende explicar por medio de imágenes o construcciones qué forma y dimensiones tienen estos espacios, sino que reelabora el propio lugar físico a partir de su experiencia visual, haciendo evidente la forma fragmentaria de cómo el ojo capta las apariencias superficiales del espacio y el cerebro reconstruye las secuencias perceptivas para configurar un todo envolvente.

Dicho así, puede parecer que se trata de una especie de experimento psicologista, sin embargo no hay nada más alejado de lo psicológico que esta obra, ya que Blasco es, ante todo, un escultor que ha asimilado toda la historia reciente del arte, desde los análisis de fragmentación de superficies del cubismo, los ensamblajes expresionistas del constructivismo o los aspectos dinámicos y motrices del futurismo, hasta las posturas conceptuales, lingüísticas y desmaterializadoras de las tendencias posmodernas. Con este bagaje intelectual, perfectamente asimilado e interiorizado, el escultor se enfrenta al hecho de analizar visualmente y de reproducir espacialmente aquel lugar en el que se desarrolla su propia existencia. Tomando como modelo los distintos espacios que conforman su vivienda, los recrea con formas estructurales contundentes y con imágenes fotográficas que sorprenden por su despliegue dinámico y por la inmediatez con que desarrolla la complejidad espacial de su entorno vital.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 29 de mayo de 2004