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Crónica:FÚTBOL | 37ª jornada de Liga

El Celta se inmola en Riazor

El equipo vigués, completamente hundido, regala el triunfo al Depor y se coloca a un paso del descenso

Digan lo que digan los doctrinarios del resultadismo, no todas las victorias ni todas las derrotas son iguales. A la afición del Celta le tocó ayer sufrir la forma más amarga y hasta ignominiosa de la caída. Y no sólo porque la derrota le precipite casi sin remedio al pozo de Segunda y porque se produjese en casa de su eterno rival, ante las mofas del sector más recalcitrante del estadio. Lo peor para los celtistas fue comprobar cómo su equipo se inmolaba por decisión propia, ante un Deportivo que se limitó a cubrir el expediente y a ganar por pura inercia. El espectáculo que ofreció el Celta fue asombroso y tristísimo. Un equipo corroído, sin fútbol, sin alma, sin orgullo, como si se hubiese entregado de antemano a los designios del azar renunciando al combate por la supervivencia. Hay muchas maneras de perder, y el celtismo conoció ayer en Riazor, precisamente en Riazor, una de las más crueles.

DEPORTIVO 3 - CELTA 0

Deportivo: Munúa; Héctor, Andrade, Pablo Amo, Capdevila; Sergio, Duscher; Munitis, Valerón (Amavisca m. 46), Fran (Víctor m. 83); y Pandiani (Iván Pérez m. 67).

Celta: Cavallero; Velasco, Méndez, Berizzo, Sylvinho; Oubiña, Luccin, Giovanella (Gustavo López m. 43); Mostovoi (Ángel m. 46); Edu y Milosevic (Pinillas m. 68).

Goles: 1-0. M. 13. Centro de Fran desde la izquierda que Sylvinho, en un intento de evitar el remate de Valerón, introduce en propia meta.

2-0. M. 22. Nuevo centro de Fran que remata Pandiani, completamente libre de marcaje dentro del área.

3-0. M. 23. Pase largo de Sergio a Munitis que el cántabro convierte en gol con un trallazo cruzado.

Árbitro: Lizondo Cortés. Expulsó a Berizzo (m. 82) por una patada a Munitis y amonestó a Sylvinho y Méndez.

Unos 30.000 espectadores en el estadio de Riazor en A Coruña.

El estadio coruñés fue lo menos parecido a la encerrona que algunos se temían en Vigo y que parecía adivinarse tras las declaraciones durante la semana de algunas peñas deportivistas. Más bien al contrario, el Celta se encontró con una atmósfera casi diplomática, un público menos hostil que de costumbre en este tipo de duelos y un rival que jugó a reglamento, sin hacer nada más allá de lo que le imponían sus estrictas obligaciones profesionales. El Depor no se pareció ni de lejos al que hace un par de semanas abatió al Madrid en otro choque en el que no se jugaba nada el grupo de Irureta. Todo el interés y la intensidad que habían puesto entonces los blanquiazules, ansiosos de dañar el prestigio de su adversario, se tornó ante el vecino vigués en pura rutina laboral. Pero el Depor ganó porque su rival no le dejó otra opción. Si el Celta acaba descendiendo, como parece inexorable tras la catástrofe de Riazor, la historia recordará que su máximo rival contribuyó decisivamente. Pero lo cierto es que el Depor ejerció de simple verdugo involuntario.

Ante las suaves formas de su rival, el Celta opuso una actitud que dejó perplejo a todo el mundo. Si no fuera porque hay pruebas de que la tensión produce a veces esos efectos paralizantes, hasta resultaría sospechoso el modo en que los celestes afrontaron el partido. Mientras el Depor correteaba y trasegaba la pelota con superficialidad, sin exigir casi nada al contrario, el Celta se limitó a contemplar cómo se iba fraguando su desgracia. No robó un balón, no encadenó dos pases seguidos, nunca buscó las bandas y tardó más de media hora en rematar a puerta. Por no hacer, ni siquiera dio patadas. Todo sonaba a escenificación de un suicidio, y el Depor acabó marcando literalmente sin querer. Porque del trabajo se encargó su rival. Velasco se empeñó en salvar un fuera de banda que sólo le sirvió para regalarle la pelota a Fran. El capitán deportivista sacó brillo a su zurda y puso el balón en el corazón del área buscando la cabeza de Valerón. Pero el Celta quería acabar la faena que él mismo había iniciado. Y antes de que la pelota llegase a Valerón, Sylvinho se descerrajó un gol en propia meta.

Si hasta entonces ya se veía al Celta atenazado, lo que ocurrió a partir del primer gol resultó inenarrable, una especie de autoflagelación del equipo vigués, cuyo masoquismo alcanzó la apoteosis. En diez minutos, el Celta recreó los ocho desventurados meses de una temporada que pasará a su historia negra. Es verdad que el Depor cogió cierto impulso con el gol y apretó un poco más. Pero todo lo que ocurrió hubiese sido imposible sin la colaboración del Celta, tenazmente afanado en dar toda clase de facilidades, bien entregando la pelota al adversario o tirando el fuera de juego con una torpeza que resultaría indignante hasta en los partidos del colegio. En el lapso de dos minutos, el Celta abrió hueco a Pandiani y a Munitis para que rematasen dentro del área con esa holgura que sólo se encuentra en los entrenamientos.

La inmolación del Celta estaba consumada en sólo 23 minutos. Los celestes ni siquiera fueron capaces de esgrimir un poco de rabia, una mínima rebelión ante la fatalidad. Hasta el banquillo se quedó paralizado, igual que el millar de seguidores vigueses, abatidos sobre los asientos de la grada. Una temporada que había empezado con el sueño de la Copa de Europa acabó con su equipo cubierto de oprobio en el lugar menos indicado.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 16 de mayo de 2004