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Reportaje:GRANDES TEATROS DE ÓPERA(4)

Manaos, en el corazón de la selva

Construido con todo lujo en plena selva, la historia del teatro Amazonas de Manaos está llena de leyendas. Después de algunas épocas de abandono recupera ahora su esplendor y alberga por estas fechas un festival anual que va ganando en prestigio. Según una encuesta, la ópera está entre las principales aficiones de la juventud local.

La aureola de prestigio alrededor de los teatros de ópera se origina por motivos como la calidad de la programación, las figuras de la interpretación que han frecuentado sus temporadas, el número de estrenos que han pasado a la historia o la estética arquitectónica. La admiración que despierta el teatro Amazonas de Manaos está ligada por encima de todo a la leyenda, a la aventura humana de construir un lugar para la ópera, con todo el lujo imaginable, en el corazón de la selva. Hay un viento de locura en la aspiración a unir a esta escala la naturaleza y el arte. La clase económicamente poderosa surgida en la segunda mitad del XIX gracias a la hegemonía del caucho brasileño podía haber invertido sus riquezas en otro tipo de actividades o signos de ostentación. Sin embargo apostó por un teatro de ópera como el cielo alcanzable. La fascinación por esta decisión ha servido y continúa sirviendo de inspiración a creadores artísticos de distintas disciplinas. Ahí está por ejemplo la película Fitzcarraldo, del cineasta alemán Werner Herzog, que sirvió entre otras cosas para seguir alimentando el recuerdo del mito del belcanto a unos pasos de la jungla amazónica.

El teatro de Manaos se terminó

de construir en 1896 y la primera ópera que se representó fue La Gioconda, de Ponchielli, el 7 de enero de 1897. Atrás quedaban 16 años de trabajos intensivos y previsibles periodos de paro en la construcción desde que se aprobó la ley de edificación del teatro por el presidente regional, José Lustosa da Cunha Paranaguá, con un presupuesto de 250.000 cruceiros, cuatro veces más que la propuesta inicial del diputado provincial Antonio José Fernandes Junior, pero muy lejos de un coste final que ascendería a 20 millones de cruceiros. "Fue una noche de esplendor y pasión. La noche de apertura marcó un nuevo capítulo en la historia cultural del Amazonas", escribió el historiador Mario Ypiranga Monteiro. Manaos culminaba con este monumento al arte un periodo de esplendor que simultaneaba con importantes conquistas en las comunicaciones, los tranvías eléctricos, la iluminación por arco voltaico, los talleres fotográficos o los primeros cines brasileños. Se imprimían periódicos en francés, alemán e inglés. Manaos era, evidentemente, la vanguardia de Brasil, y su emblemático teatro suponía un cruce artístico del Viejo y el Nuevo Mundo. Se importaron para su construcción los mármoles de Carrara, las lámparas de Sèvres, la cristalería de Murano y los más variados objetos ornamentales a la última moda procedentes desde París o Alsacia hasta Glasgow o Marsella. Y a ello se unían las mejores maderas de la jungla vecina.

El artista brasileño Crispim do Amaral fue contratado para realizar la decoración, pintura e instalación del mobiliario del teatro. Era escenógrafo de la Comedia Francesa y se había formado en diferentes oficios artísticos en Italia. A él se deben entre otras obras la fachada externa del edificio y el telón con el encuentro de las aguas de los ríos Negro y Solimoes, uno de esos lugares que visitan todos los turistas en Manaos. Las compañías líricas italianas, francesas, españolas o portuguesas venían a Manaos con sus mejores espectáculos del otro lado del océano. Los pequeños teatros de la ciudad como el Edén o El Dourado se convertían en joyas del pasado. Nada era comparable a la atmósfera de arte y distinción que emanaba del nuevo teatro neoclásico inspirado en una estética muy belle epoque.

Las leyendas se multiplicaban. Que si Enrico Caruso había cantado en Rigoletto, que si Sarah Bernhardt había interpretado Fedra, de Racine, que si Anna Pavlova había bailado El lago de los cisnes. Hoy día pocos lo desmienten, pero asimismo pocos lo afirman. Las altas temperaturas y especialmente las humedades que ascienden al cien por cien empujan muchas veces a la fantasía delirante en la manera de contar historias. Existe una ambigüedad poética muy atractiva en el ejercicio narrativo. ¿El mítico realismo mágico? Posiblemente. Y no sólo alrededor de la ópera. La última vez que estuve por estos confines del planeta visité el hotel de selva Arlaú Amazon Towers, a un par de horas en barco de Manaos. Es un alojamiento insólito famoso por sus apartamentos en las copas de los árboles y en el que de cuando en cuando se dejan caer reyes, presidentes de gobierno o figuras populares como Bill Gates, Polanski o los futbolistas brasileños que triunfan por esos mundos. También los reyes de España lo visitaron hace unos años y ahora son muchos los que cuentan cómo fue su viaje, con la característica de que no hay dos versiones iguales. Lo que mayoritariamente se mantiene es que a pesar de las medidas de seguridad contra posibles picaduras de insectos o agresiones de víboras a la Reina la mordió un mono. Aquí empiezan todos los relatos y se dispara la imaginación. Nadie había previsto algo semejante. ¿Cómo combatir los efectos del mono? Se le mantuvo en observación, desde luego, y al final los equipos médicos brasileños y españoles, dicen, tuvieron que recurrir a una de las tribus indígenas cercanas donde les aconsejaron simplemente agua y jabón para combatir posibles infecciones. Escuchar, con todo lujo de detalles, los diferentes capítulos de esta historia es fastuoso porque las narraciones orales se disparan con una imaginación increíble entre el sueño y la realidad. Con todo ello la reina Sofía es en Manaos un personaje de leyenda. Como Caruso, como Sarah Bernhardt. ¿Qué importa lo demás?

Con la competencia inglesa

del caucho y con las repercusiones de la Primera Guerra Mundial, la economía de la zona entró en un proceso de decadencia y el teatro tuvo que cerrar, utilizándose para cometidos muy diferentes a aquél para el que se había construido. Incluso llegaron a pastar las vacas en su interior o sirvió de marco para exhibiciones del mundo de la moda. Cada cierto tiempo, no obstante, surgía la necesidad de una reconstrucción: 1929, 1962, 1974, 1987. Ahora el teatro está como un pincel, habiendo experimentado en los últimos años un nuevo renacimiento. La filosofía es, en cualquier caso, muy distinta a la de la época de cambio de siglo. Los objetivos corren en una doble dimensión: la proyección local y la que tiene por meta la atracción del turismo internacional. La vinculación de la población de Manaos en las actividades del teatro Amazonas ha experimentado un crecimiento, incentivada por la política de precios existente. En una encuesta realizada hace poco más de un año, la ópera se situaba en uno de los primeros lugares entre las preferencias de ocio de la juventud, con porcentajes variables según las clases sociales siendo, curiosamente, más altos en los sectores menos favorecidos económicamente. El turismo internacional de calidad también es año a año más numeroso, especialmente el de habla alemana e inglesa.

El Festival Amazonas está jugando el papel de motor del cambio. Se celebra en abril y mayo (este año entre el 21 de abril y el 28 de mayo) y está ya en la octava edición. En las primeras semanas la estrella es El ocaso de los dioses, de Wagner, que cierra el ciclo completo de El anillo del Nibelungo, un ciclo que se podrá contemplar íntegro en 2005 al menos en tres ocasiones. En la fase final de esta edición coge el turno Norma, de Bellini. A ellas hay que añadir Werther y Aida, en versiones de concierto, un programa doble dedicado a Schönberg, con Pierrot lunaire y la Noche transfigurada, en el Teatro da Instalaçao y una lectura reducida en portugués en la Plaza Pública de La flauta mágica.

Luiz Fernando Malhiero es actualmente el director musical y artístico. Bajo sus auspicios se han creado la Filarmónica y la Coral Amazonas. A la responsabilidad social se une la específicamente cultural y así la atención a los compositores brasileños como Gomes o Villalobos es notable, e incluso se han convocado concursos de nuevas óperas o se han escuchado las que tratan temas cercanos como Florencia en el Amazonas, del mexicano Daniel Catán, con libreto de Marcela Fuentes-Berain.

En las localidades se recomienda no asistir al teatro en chanclas, bermudas y camisetas. No prosperó el consejo. El aire acondicionado es tan fuerte ahora que hay que llevar algo de abrigo para no coger un resfriado. Una observación para ir concluyendo: en ningún teatro de Europa hay una media de edad tan baja de los espectadores como en este acogedor rincón exótico con vistas a la selva. En fin, otro mundo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 24 de abril de 2004