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Reportaje:

La huella de Julián

Familiares de guerrilleros republicanos visitan en la sierra de Córdoba el lugar donde les mataron en la posguerra

La historia se ha repetido miles de veces tras la Guerra Civil, pero detrás de cada una de ellas hay nombres, apellidos y dramas enterrados durante décadas. Ayer fue el momento de recordar la muerte de cinco guerrilleros de la II República que perdieron la vida en la sierra de Córdoba, en el Barranco de la Huesa, en el municipio de Villaviciosa de Córdoba: Julián Caballero Vacas, Librado Pérez Díaz, Melchor Ranchal Rísquez, Ángel Moreno Cabrera y María José López Garrido.

La marcha, convocada por el Foro para la Recuperación de la Memoria Histórica en Andalucía, discurrió por las sendas por las que cruzó Julián Caballero, el jefe de la tercera agrupación. Alfonsa Caballero, de 74 años, perdió a su padre cuando tenía 15 y su marido le había animado mucho a visitar el lugar donde fue abatido por la Guardia Civil, pero no se decidía. Ayer fue la primera vez que lo pisó.

Medio centenar de guardias participaron en la emboscada cerca del río Guadiato

Fue en la madrugada del 11 de junio de 1947 cuando perecieron los cinco guerrilleros. Según relató ayer el profesor de Historia, Luis Naranjo, colaborador del Foro por la Memoria Histórica, medio centenar de guardia civiles participaron en la emboscada en aquel paraje escarpado rodeado por el río Guadiato. Las balas empujaron hacia abajo a los republicanos. Allí les esperaba la muerte.

Alfonsa conoció a su padre, pero sus cuarto hermanos apenas tuvieron tal suerte porque estalló la guerra y después la persecución del aparato del régimen de Franco. Es el caso de Dolores Caballero, cuyos padres le pusieron ese nombre por Pasionaria. Dolores no llegó a conocer a su padre, un obrero agrícola que murió un año después de que mataran a su tío.

Quizás era mejor no saber nada en esas circunstancias y bajo la amenaza que podía representar la sinceridad infantil: "Incluso llevaban a los niños al cuartel de la Guardia Civil y les daban caramelos para que dijeran quiénes entraban en sus casas", relató Dolores mientras recorría los caminos que tan bien conocía su padre. "Entonces, los republicanos ponían señales en las casas para que cuando estuviéramos durmiendo entraran los enlaces", recordó.

Los años previos a la muerte de estos cinco guerrilleros fueron de incertidumbre optimista para el bando republicano. Como recordó Luis Naranjo, se especulaba con que las tropas aliadas entrarían en España para derrocar a Franco. Nada de eso pasó y deshojada la posibilidad, los cinco guerrilleros no pudieron hacer nada contra la delación forzada -o no tan forzada-, se pasó de ser paisano, vecino o incluso amigo de toda la vida a convertirse en un feroz enemigo. Nada pudieron hacer las efectivas chozas de vegetación donde los guerrilleros tenían un escondrijo contra sus perseguidores.

Alfonsa, hija de Julián Caballero, está segura de que fue una delación: "Había uno que era a la vez enlace de los republicanos y estaba con la Guardia Civil; era conocido de Villanueva", rememoró. Le llamaban El Corchete, recordaron ayer el medio centenar de personas que llegaron a la finca de El Olivarejo para homenajear a los caídos.

Hijos, nietos y bisnietos de Julián Caballero le visitaron en el lugar en el que perdió la vida, pero Alfonsa y Dolores lamentan que todavía no saben dónde están exactamente los restos de su padre. "Sabemos que está en el cementerio de Villanueva, junto a una lista de nombres, pero en una de esas fosas", explicó Dolores.

Ernesto Caballero, otro de los cinco hijos de Julián, tenía un año cuando estalló la guerra y tampoco conoció a su padre. "No sé si él me vio alguna vez", recordó. Ernesto pasó después por el exilio, la clandestinidad y los barrotes de la cárcel. Fue detenido en Barcelona, poco después de casarse. "Es hora de que vayan despertando las conciencias, ya que los guerrilleros tenían una alta conciencia democrática y por las libertades".

También lanzó una dura crítica: "La bandera republicana es española, no se puede repudiar algo que es nuestro", dijo. Y la emoción le dejó sin habla ante el lugar donde vio la muerte su padre.

El recuerdo de los allegados fue envuelto en plena sierra de Córdoba por los versos de poetas marcados por el exilio como Luis Cernuda o Antonio Machado. Dolores Caballero no conoció a su padre y ayer vio por primera vez el lugar en el que murió. Tras aquel desenlace, ella y sus cuatro hermanos se tuvieron que separar y su madre fue detenida. Pero a pesar de no haber tenido un padre cerca, Dolores tiene claro que "mereció la pena" luchar por lo que su padre luchó, por la bandera de tres colores que durante años tuvo que esconderse.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 18 de abril de 2004