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COLUMNA

Aznarín en Georgetown

-Ve aquí, mi fiel escudero, cuán voluble es la plebe. Ayer me ensalzaba por las nubes, hoy te arrastra por el polvo.

-Esto...

-Calla, calla. No perturbes el hilo sutil de mi pensares. Pero dígote, y toma buena nota, que eres de memoria quebradiza: ha de llegar el día en que esa mesma chusma me reclame, cual caudillo que fui, a retomar el rumbo de la patria.

-Esto...

-¡Chist! Y por esa razón he de prepararme en lugar apartado del mundanal ruido, cual fizo antaño el imbatible emperador de la cristiandad, en su retiro de Yuste.

-Pero...

-¡Silencio! ¿No ves que ya me llama el monacato?... Bien sé lo que habrías de apostillar: que aquel invicto Carlos nunca regresó a la palestra. Mas fue porque tuvo un heredero ejemplar en quien se prolongó la fuerza de su brazo y la firmeza de sus inalterables principios. El cielo a mí, en cambio, no ha querido concederme esa gracia, por más empeño que puse en que las bodas de mi dilecta hija tuvieran el relumbre escurialense propio de las altas estirpes. Y no creas que no cavilo en cuál haya sido mi mayor pecado, para merecer aquesta soledad en que me abraso. No hallo en qué pude equivocarme, en cuál de mis muchas y valerosas batallas no puse fiereza bastante a defender la sacrosanta unidad de España. ¿Querrás tú ayudarme a descubrillo?

-Desde luego, mi señor.

-Era pregunta retórica, hombre. También querrás saber dó pienso retirarme. Pues mira, te seré franco, como siempre. Apenas me hice estas cábalas pensé en el Monasterio de Silos. Allí, como es bien sabido, tengo apetencias de rigurosa santidad. Pero héteme aquí que el Gran Emperador, mi amigo Jorge Bush, mandóme discreta misiva de si quería impartir mis caudalosos conocimientos sobre el gobierno del mundo, y en particular sobre los innumerables éxitos de mi política internacional y pacífica, en una institución que llaman Universidad de Jorgetaun. (Él me ha autorizado la traducción de la palabreja a nuestro recio idioma). Sabe Dios que quise resistirme, pues no me van vanidades. Tampoco me apetecía perder el tiempo entre jesuitas, dueños de ese lugarcillo, si hoy valen en el gobierno de la Iglesia menos que una higa y que cualquiera de las sectas que he de seguir pastoreando en torno mío, y de mi señora. Mas luego que informéme, aceptélo. Mayormente, por no contrariar los desvelos que Pilarín del Castillo ha volcado en la susodicha Universidad, amén de cuantiosas subvenciones. Más aún: que entre los que allí han recibido altas enseñanzas figura un tal príncipe don Felipe, que agora mesmo no caigo de qué familia sea. Y entre sus maestros, mi querido escritor de Arequipa, el formidable Vargas Llosa. Y aquí viene la razón de haberte llamado, pese a todo cuanto ha ocurrido por allá abajo... Calla, hombre, calla... Que aunque la mentada Universidad de Jorgetaun me ha solicitado dirigirme a mis discípulos en la lengua de Cervantes, bien sé que por allí el castellano que se estila está muy contaminado de esa habla morisca y graciosilla que usáis por Al Ándalus. Así que mándote me hagas somera relación de voces y modismos andalusíes con donaire, para que no se me burlen, como cuando quise imitar el acento texano. A ver si, finalmente, me haces algo a derechas, coño.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 14 de abril de 2004